Y vuelta a la Oficina de Migración

Viajamos en un vagón sin literas y mi esposa y yo tuvimos que permanecer sentados durante la noche, dentro del radio visual del inspector en todo momento. Varias veces le preguntamos la razón por la que se nos trataba de semejante manera. Le preguntamos si nos iban a deportar y respondió clara y definitivamente que no. Declaró que sus órdenes eran las de conducirnos a Nuevo Laredo y entregarnos allí nuestra documentación para que pudiéramos cruzar la frontera solos y sin ser objeto de ninguna molestia. Le preguntamos por qué habían cobrado la fianza y él insistió en que no la habían cobrado. Entonces le mostramos el telegrama que probaba el cobro y declaró no saber nada al respecto. Por supuesto que era él quien llevaba nuestros billetes. Se sentó en un ángulo desde el que podía observar todos nuestros movimientos, pero aparte de la vergüenza y la sensación de embarazo que nos producía su presencia, no nos molestó ni maltrató en forma alguna y hasta nos permitió ir a comer solos en el carro comedor. Los meseros, el conductor y demás empleados ferroviarios pensaban, sin lugar a dudas, que nuestra situación debía ser —y nos lo hicieron sentir ampliamente— la de dos criminales.

El tren llegó a Nuevo Laredo después de la medianoche del segundo día; hubo una tormenta feroz y las luces del tren se habían apagado. Entonces volvimos a exigir nuestros documentos, como nos lo había prometido, y en respuesta comenzó a arrojar el equipaje por la ventanilla; como el tren comenzó a moverse (la escala era muy breve) nos ordenó bajar, y mi esposa que había bajado por la puerta contraria al andén, tuvo que cruzar de nuevo el tren cuando ya se había puesto en movimiento, escapando por cuestión de segundos de un accidente grave.

Después nos dirigimos en un taxi, con nuestro equipaje, a la Oficina Mexicana de Migración, situada precisamente en un extremo del puente internacional que cruza el río Grande. Allí volvimos a esperar, observando las luces de Laredo del otro lado del puente, mientras el inspector le impartía órdenes a un empleado a quien le exigió que escribiera algo en la máquina de escribir. Eran cerca de las dos de la mañana. Luego le presentaron a mi mujer el documento para que lo firmara. Al leerlo descubrió que era una orden de deportación, en la que admitía el hecho de ser deportados de México por haber violado las leyes de migración mexicanas. Como hasta entonces todos habían negado que iban a deportarnos, y en ningún momento nos presentaron razones que justificaran esa acción, salvo el comentario del inspector de que habíamos “hablado mal de México” y jamás se nos dio oportunidad de exponer correctamente nuestro caso, y como era del todo falso que hubiéramos violado alguna ley migratoria —además, según entiendo, es necesario presentar por escrito una advertencia en un plazo mínimo de veinticuatro horas para ser deportado—, mi esposa se negó a firmar. El empleado quedó muy sorprendido y le suplicó que firmase, implicando que de no hacerlo corría un grave peligro. Le dije que no firmara y anuncié que yo tampoco lo haría, ni ésa ni ninguna otra declaración. El inspector se enfadó tremendamente, nos insultó con violencia inconcebible, y como tenía un revólver y estaba amenazando a mi mujer de un modo que no dejaba lugar a dudas le pedí al fin que firmara: no había otra opción y para evitar que me separaran de ella también firmé pero ambos declaramos que repudiábamos por completo los cargos y que firmábamos bajo presión. Entonces le dijeron a ella que por ser ciudadana americana estaba en libertad de marcharse y que podía cruzar el puente a pie, pero que debido a que la Oficina Americana de Migración estaba cerrada por la noche yo no podría salir hasta la mañana siguiente cuando la abrieran. Ella se negó a marcharse sin mí y entonces, curiosamente, comenzaron a exigirle que lo hiciera; en esas circunstancias yo no podía confiar en su buena fe —¿y si se tratara de una ley fuga?— y aunque en un principio le dije que debía marcharse pensé que estaría más segura si se quedaba a mi lado. El inspector se retiró entonces, dando órdenes de que permaneciéramos en la oficina hasta la mañana siguiente. Sin embargo, el empleado, una vez que el inspector partió, se apiadó de mi esposa, ya para entonces totalmente exhausta y bajo los efectos de un shock nervioso, y nos permitió ir a un hotel, bajo custodia, para que al menos pudiésemos darnos un baño y descansar un poco. A las cinco y media de la mañana otro hombre de la Oficina de Migración llegó al hotel y nos hizo volver a la oficina.

Una vez más esperamos en la Oficina de Migración. [Etcétera].

FUENTE: MALCOLM LOWRY, EL VOLCÁN, EL MEZCAL, LOS COMISARIOS. TRADUCCIÓN DE SERGIO PITOL. UNIVERSIDAD VERACRUZANA, 2008.

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Publicado en: 2026 Marzo, Cabos sueltos