Dejar un reloj

Daniel Mastretta

Hubo un tiempo, ahora tan lejano que me parece el de alguien más, en que yo pensaba que ser feminista, ser libre y ser valiente podía equipararse con ser hombre. Si quería valerme por mí misma y aceptar que una parte del destino pasa por la propia voluntad lo acertado iba a ser copiar el modo en que vivían los hombres. Sin duda su actitud respecto de asuntos tan cruciales como el sexo.

Fue por entonces que perdí mi primer reloj en un hotel de Tlalpan. Porque había que ir a Tlalpan, como los hombres.

Ahora, si yo tuviera una sobrina dedicada a reinventar las anécdotas de unas mujeres que tenían 20 años hace más de cincuenta, quizás ella contaría el cuento como aquí sigue.

La noche de un jueves la tía Fátima perdió el reloj. Lo dejó en un hotel al que había ido a dar con alguien tan poco versado en el misterio que creía que el asunto era cosa de fuerza y ajetreo.

Es un torpe, se dijo la tía al ir despertando sin poder recordar ni su nombre.

Hago que conste su olvido no para acusarla de desmemoriada sino para que conste que ni eso importaba demasiado.

Había vuelto a su casa unas horas antes de que dieran las seis y tuviera que correr a la universidad. Estudiaba el tercer año de Sociología como quien lee la Biblia: creyendo en los milagros.

Durmió sin sueños ni reminiscencias y despertó tardísimo. Brincó de la cama a la regadera bajo la que abrió la boca para beber el agua que fue su desayuno y se echó a la calle aún abrochándose la blusa. Sólo extrañó su reloj al llegar a la esquina en que pedía con el dedo que la llevaran por todo Insurgentes hasta la Ciudad Universitaria. Una congoja le prendió el estómago. El reloj lo había comprado con su primer sueldo, y necesitar un sueldo desde que empezó la carrera demostraba su falta de padre y su falta de padre era un agujero en el centro de sus costillas.

“Un torpe él y una torpe yo”, se dijo en voz alta mientras subía al camión porque no estaba el tiempo para esperar nada mejor en qué trasladarse.

Al terminar las clases buscó a su amiga Valeria. Habían acordado ir a una fonda en la que por diez pesos les daban desde sopa hasta postre y agua de limón.

Comieron conversando sobre la diatriba feminista que la tía Fátima quería escribir. Sobre el deseo sin amor y el amor sin deseo.

—El amor es un invento —sentenció Valeria.

—Depende —le respondió la tía—. ¿Me llevas a buscar mi reloj?

Valeria asintió sin más y las dos se metieron al Volkswagen que ella manejaba de prisa, sin pensar demasiado en las dificultades agazapadas en el hecho de que Tlalpan fuera una larga serie de calles con hoteles parecidos, entre los que había que encontrar uno que tuviera dentro el reloj que la tía Fátima quiso como a una parte de su destino.

En la tarde, los edificios se alineaban sin alardes hasta llegada la nche. Cuando bajara la oscuridad todos aquellos cuartos que a la hora de comer abrían sus ventanas a la nada, ventilándose con los colchones al aire, tendrían sábanas y toallas limpias, jaboncito rosa y misterio. Pero eran las cuatro y los empleados que de noche extendían llaves a parejas anónimas, bajo la luz anterior a la puesta del sol despreciaban al par de preguntonas. Ellas aguantaron sin más sostén que su confianza en el derecho de las mujeres a ser tan impúdicas como los hombres: ¿Y usted qué andaba haciendo por aquí anoche? ¿Y cómo era el reloj? ¿Y cuánto le costó? ¿Y quién se lo compró? ¿Y no le da vergüenza? ¿Y está usted segura? ¿Y por qué no se va de aquí antes de que su padre venga a armarme un escándalo?

—Difícil va a estar eso —dijo la tía sin necesidad de espantarse la nostalgia de su papá: aquél no era uno de los sitios en los que hubiera querido encontrárselo.

Recorrieron Tlalpan de abajo hacia arriba durante casi dos horas. Más de nueve dependientes entrometidos les preguntaron hasta el color de sus matrices, sin que ellas dieran muestras de vergüenza.

Por fin, cuando ya estaban hartas, encontraron el pulguero de la noche anterior. La tía Fátima lo supo al cruzar la puerta porque ella podía olvidarlo todo menos los olores. Al pisar el azulejo de la entrada su nariz reconoció el detergente cuyo aroma le había fastidiado tanto. Le chocaba ese olor empobreciendo el aire. Preferible la mugre a secas, sin aquel perfume a pulcritud mentida. Todo eso se lo comentó a gritos a Valeria cuando entraron al hotel.

—Si tiene tantos remilgos, ¿por qué no se va al Camino Real? —dijo tras el mostrador un muchacho que usaba la corbata como quien carga un silicio. Atendía la recepción sin que pudiera saberse si era el mozo o el gerente.

—Porque no todos mis novios tienen un hotel barato que les deje para pagar uno de lujo cuando se les ofrece un mal deseo.

—¿Tú eres un mal deseo? —preguntó el muchacho.

—Yo aquí dejé mi reloj ayer en la noche —dijo la tía Fátima.

—¿Qué hacía alguien con tu tipo en un hotel de paso?

—Todos los hoteles son de paso.

—Pero no en todos dejas tu reloj.

—No voy a tantos —dijo la tía exacerbando el pliegue entre sus ojos de pájaro.

El muchacho tenía un aire tímido que disfrazaba de cinismo.

—¿Será éste? —preguntó sacando el reloj de un cajón bajo el mostrador. ¿Correa azul, carátula plateada, número romanos?

—Este mismo —contestó la tía Fátima haciendo un ademán para quitárselo a la mano en que lo sostenía el muchacho.

—Con razón no le alcanza a tu novio para el Camino Real. Si no tiene ni para regalarte un buen reloj.

—Niño pendejo. Dame mi reloj y deja de meterte con mi vida privada.

—Yo no me he metido con tu vida privada. Tú viniste a meter tu vida privada en este hotel.

—Y ¿a ti qué? Te sientes muy poderoso. Suelta mi reloj, niño de teta —dijo la tía queriendo arrebatárselo.

—Niño de teta a mucha honra. Y de buena teta —contestó el muchacho volviendo a columpiar el reloj.

—Dámelo —dijo la tía.

—Te doy lo que quieras, mamacita.

La tía Fátima lo miró de la frente a la cintura: tenía las cejas delgadas de un adolescente y el ceño con dos rayas podría haber sido el de un viejo. Tenía en la boca un juego y en el cuello la corbata mal ceñida y ladeada dándole un aire de ironía a aquel atuendo a todas luces impuesto por el tiempo que duraba su horario de trabajo. Tenía los hombros anchos y respingados hacia atrás.

—¿Qué se cree este imbécil? —Valeria la oyó como si fueran parte de una pandilla.

En un segundo le cayeron las dos encima. La tía Fátima prendió una mano a su cabeza y le jaló un puño de rizos. Valeria le desbarajustó la camisa y mientras ambas lo apretaban, la tía Fátima le arrancó el reloj de entre los dedos.

Dándose por vencido el muchacho abrió una sonrisa.

—Oye —le preguntó a la fiera que había defendido su reloj como si fuera un Cartier—. ¿Tú estás en Ciencias Políticas? ¿Esto de venir aquí lo haces gratis?

—Sí –dijo la tía—. Sí estoy en Ciencias Políticas y sí vine aquí por el gusto. ¿A ti no te encontré hace dos semanas en un mitin frente a Gobernación?

—No me preguntes qué hacía entonces —dijo él.

—Ni que me interesara. Cambien de detergente si no quieren perder clientela —le contestó la tía girando la cintura hacia la puerta en que la esperaba su amiga.

—¿Y se puede ser cliente tuyo?

—Salgo carísima.

—No que gratis. ¿Como en cuánto?

—No te alcanza, me tendrías que gustar.

—¿Y qué hago para gustarte?

—Adivina —dijo la tía Fátima echándole una última mirada al ceño que él fruncía como si tratara de guardarse algo entre los ojos.

—Dame una pista —pidió él.

—Lunes y miércoles salgo a las doce y media del salón Uno. Tú también, ¿verdad?

—Verdad —dijo él. Y no se habló más.

Así eran esos tiempos anteriores al sida y después de la píldora. Tiempos en que el deseo era omnipotente y la palabra condón parecía un aforismo.

Ángeles Mastretta

Escritora. Autora de Yo misma. Antología, El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores y Mujeres de ojos grandes, entre otros títulos.

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Publicado en: 2026 Marzo, Puerto libre

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