En el embarazo me obsesioné con las tradwives (abreviación, en inglés, de “esposas tradicionales”): esas mujeres hegemónicamente hermosas que se dedican al cuidado de sus críos, cuyos días transcurren sin prisa, que existen fuera de los tiempos y las lógicas de la producción capitalista. Si no necesitara un sueldo y pudiera retomar mis intereses intelectuales y profesionales libremente cuando quisiera y como quisiera, hubiera sido una tradwife.
Antes de que naciera mi hija leí mucho sobre las labores de cuidados. Incluso respondía los simuladores en línea que calculan la cantidad de horas que las mujeres pasamos haciendo trabajo doméstico no remunerado. Sé que los cuidados recaen de manera desproporcionada en las mujeres. Supe de estadísticas, como la Encuesta Nacional de Cuidados, que establecen que en México 31 millones de personas brindan cuidados, de las cuales casi tres cuartas partes son mujeres. Las cifras, el discurso público y la manera en que había recibido siempre esa información pintaban a los cuidados en una luz indeseable. Los malditos cuidados. Los costosos cuidados. Los cuidados, culpables de la brecha salarial de género.
Resulta que me gusta mucho cuidar a mi hija. Un buen día sin otras obligaciones, en el que no estoy agotada, disfruto de seguir la incipiente rutina que he creado para nosotras: despertar, amamantarla, escuchar el sonido de su succión y verla comer hasta que la leche se le escurre por las comisuras de la boca, jugar por 45 minutos, hacernos el desayuno y ver cómo coge entre su pulgar y su índice —diminutos ambos— pedacitos de huevo hasta saciarse; subirla a dormir la siesta y volverla a amamantar; despertarla, jugar, salir a pasear, comer el almuerzo; otra siesta y volver a empezar hasta la hora de cenar, relajarnos, bañarla y llevarla a dormir. Disfruto, sobre todo, cuando siento su cuerpo relajarse por saberse segura conmigo. Me emociona cuando, en sus ojos, se percibe un momento donde algo conecta en su mente y voltea, sorprendida, a corroborar conmigo si, en efecto, ha entendido lo que está sucediendo.
Le tengo pánico al sobrecansancio, esa cosa que pasa cuando su ventana de vigilia se extiende más de lo que su pequeño cuerpo puede soportar y empieza un llanto inconsolable que es difícil de regular. Pero amo compartir el terror al sobrecansancio con mi esposo; preguntarnos quién actualizó la aplicación del celular que nos calcula la hora exacta de la próxima siesta. Odio cuando, después de un día cansado, mi bebé se despierta a la hora de haberse quedado dormida… pero me encanta cuando subimos juntos para tranquilizarla, la llevamos a la cama y nos acurrucamos los dos con ella al centro, manitas extendidas tocándonos a ambos —cada uno en un extremo—, carita apacible. Detesto la cantidad de platos (biberones, cucharas, vasitos, recipientes) que hay que lavar desde que nació, aunque es verdad que mi esposo se ocupa más de eso que yo, y aborrezco las montañas de ropa que requieren lavado constante (por manchas de comida, por embarrones de caca) desde que existe.
La licencia de paternidad de mi esposo duró dos semanas que se recortaron a una y un par de días por bomberazos en su trabajo. Mientras tanto, yo me dediqué exclusivamente a cuidar a nuestra bebé durante los primeros seis meses de su vida, trabajando a ritmos muy suaves durante el largo periodo de cierre de la organización sin fines de lucro que dirigía antes de embarazarme (misma que no me ofrecía prestaciones de ley y no hubiera podido sostener una licencia de maternidad pagada). A los seis meses del nacimiento de nuestra hija empecé a estudiar el doctorado, algo con lo que siempre había soñado, pensando que —además— sería una buena manera de tener un ingreso (aunque no es bajo ningún criterio onerosa, la beca para posgrados nacionales de 20 000 pesos al mes de la SECIHTI es un pago constante) y me ofrecería un horario flexible para cuidar a mi bebé.
Últimamente repito dos escenas de este año en mi mente como si se tratara de una película que rebobino y vuelvo a reproducir una infinidad de veces. La primera es la noche del 17 de noviembre de 2025 empezando semana de exámenes finales y mi esposo de viaje. A pesar de mis mejores esfuerzos, mi hija no logra dormirse en su cuna. Terminamos, ambas, conciliando el sueño con dificultad: ella agotada, yo angustiada; ambas llorando hasta quedarnos dormidas.
La segunda escena es una noche de los primeros días de enero de este año. Es fin de semana y estamos de vacaciones. La bebé se acaba de despertar. Mi esposo y yo ponemos pausa a la película que estamos viendo. Él sube por la bebé, la carga y la empieza a arrullar. Para acompañarlos, subo también y los tres nos empezamos a mecer juntos al ritmo de la canción que ha empezado a tararear. En silencio, nos sonreímos mientras la bebé vuelve a conciliar el sueño.
Tengo que hacer un adendum a mi declaración de las tradwives. Es cierto que si no necesitara un sueldo y pudiera retomar mis intereses intelectuales y profesionales libremente cuando quisiera y como quisiera, hubiera sido tradwife. También es cierto que en cuanto mi esposo empezó a retomar sus actividades profesionales, empecé a sentir una envidia profunda. Él que sí podía disponer de su tiempo, que podía salir de la casa de noche, que podía y tenía que viajar; él, cuya mente no tenía que estar dividida a la mitad a cada minuto de cada día, corriendo, junto con sus ideas fuera de la paternidad, las necesidades de cuidado de la bebé en paralelo. El adendum es éste: si pudiera ser tradwife, lo sería, pero sólo si mi esposo también lo fuera.

A diferencia de otras mamás que orbitan en mi círculo de conocidos, nosotros no contratamos enfermeras de noche ni niñeras ni nanas durante el primer año de la vida de nuestra hija. En vez de hacer eso, decidí dedicarme a cuidar a la bebé y combinar cuidarla con mi doctorado.
El primer semestre del doctorado me enteré de que tenía que asistir a seis clases presenciales (yo sabía de cuatro), cada una de dos horas, de lunes a jueves; además, me enteré de que no se permitían las ausencias. Mientras iba a mis cursos (en una institución que no ofrece sistema de guarderías), mi hija se quedaba con mi mamá, quien trabaja, pero me ayuda a cuidarla tres días a la semana. Los miércoles, nuestra bebé se quedaba con mi esposo (quien apartaba las mañanas para estar con ella), siempre que su agenda laboral no se lo impidiera. Al regresar de clases, empezaba mi segunda jornada: cuidar a la bebé (siestas, inicio de sólidos, baño, estimulación) y, cuando la acostaba para dormir por la noche, arrancaba mi tercera jornada. Empezaba a leer a las 19:00 para las clases del día siguiente y terminaba con su primer despertar, alrededor de las 2:00 de la mañana, para iniciar el día a las 6:00. Aunque no pagué los cuidados de mi hija contratando a alguien, los pagué con tiempo robado de mi propio día.
En su conversación con Ezra Klein para su pódcast en The New York Times, la autora Sheila Lyming lo explica mejor cuando dice que, en un extremo del estrato socioeconómico están las clases trabajadoras que viven, por lo general, con miembros extendidos de su familia o cerca de ellos. La proximidad permite que se distribuyan y dividan las labores de cuidados. En el otro extremo, están las clases más privilegiadas, que logran satisfacer sus necesidades de cuidados pagando por ellas: personal para los bebés, personal de limpieza y otras personas que sustituyen a la unidad familiar para que el sistema funcione. Sin embargo, en el medio de ambas, atrapada por las expectativas de cómo se supone que debe verse una familia, pero sin tener los recursos para comprar esa ayuda adicional, está la clase media.
Una guardería privada en el sur de Ciudad de México en horario corrido (de 8:00 a 14:00 horas) cuesta, en promedio, 9000 pesos al mes, más cuota anual de inscripción (otros 7000), cuota de materiales didácticos (3500) y cuota de alimentos (ésta última es opcional). La versión más asequible de la guardería privada es el daycare, cuyo costo se calcula por hora y ronda, en promedio, los 150 pesos (más la cuota de inscripción, de ésa nadie se salva). Una niñera de agencia que cuide a tu bebé en casa cobra 160 pesos la hora. Mientras que una nana recomendada por otras nanas cobra 100 pesos la hora (aunque una jornada completa —de más de seis horas y de hasta ocho— se redondea en 600 pesos). En el caso de las trabajadoras del hogar de planta, que habitan la misma casa de quienes las emplean y pueden echarle un ojo al bebé mientras realizan labores de limpieza a lo largo del día, tienen honorarios promedio mensuales de 9000 pesos. Estudiantes universitarias sin capacitación para el cuidado de infantes, que ocasionalmente cuidan a bebés para generar ingresos adicionales, llegan a cobrar 65 pesos la hora.
Para acceder a las opciones sin costo, como las guarderías del Instituto Mexicano del Seguro Social, es necesario estar dada de alta y cotizando por medio del empleo. Para una población de 132 millones, sólo 80 millones de personas son derechohabientes y nosotros (un papá milénial que trabaja desde casa para una organización internacional y una doctorante de institución pública nacional) no estamos entre ellos. Un gestor externo te puede garantizar acceso a las guarderías del IMSS sin estar afiliado al seguro por 1200 pesos al mes. Por otro lado, para inscribir a un bebé en una de las estancias infantiles del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (de las cuales hay 217 en todo el país y que tampoco tienen costo), es necesario ser trabajador del Estado y derechohabiente con prestaciones de servicios sociales y culturales (que no son todos los empleados del gobierno) y tener registrado al bebé en la clínica correspondiente como dependiente (ser becaria SECIHTI no da acceso a esas prestaciones). El espacio de cuidados dentro de las Utopías, que no es una guardería y, por lo tanto, no está sujeta a los reglamentos y lineamientos del IMSS o ISSSTE, será supuestamente gratuita, pero los espacios físicos siguen en construcción.
El costo del cuidado también se puede absorber personalmente, el valor económico del trabajo no remunerado en hogares mexicanos en 2024 se estimó en casi 8 000 millones de pesos, lo que equivale al 23.9 % del PIB nacional, del cual las mujeres ponen el 71.5 % del valor total con un estimado de 82 000 pesos al año. Si ese trabajo de 35.4 horas a la semana (lo que, prácticamente, es un empleo de tiempo completo) fuera remunerado, sería un sueldo de casi 7000 pesos al mes. Ese salario, en general, para quien cuida a sus propios críos, no se percibe. Por otro lado, si se dejó de realizar otro trabajo para cuidar, el costo del salario que se sacrifica puede ser mucho más elevado.
Los últimos seis meses aprendí a funcionar con poco sueño, a dividir la atención entre lecturas de la guerra civil estadunidense y las mejores maneras de introducir alimentos sólidos a bebés y a sostener una rutina que no permitía pausas. Mientras escribo esto, mi hija tiene 11 meses y medio. La velocidad viscosa que toma el tiempo en la maternidad convirtió las semanas en meses y, cuando me di cuenta, estábamos en las vísperas de su primer cumpleaños. El saldo del sistema de cuidados que elegí —aún a pesar de que mi esposo está involucrado de una manera considerable en los cuidados de nuestra hija— ha sido 10 kilos de sobrepeso (causa de la falta de tiempo para cocinar y comer saludable junto con un abandono total del ejercicio y un agotamiento crónico), una infección molar, posible periodontitis y una abuela agotada.
Durante mucho tiempo pensé que nuestro esquema de cuidados había sido una elección. Elegía quedarme, cuidar, aplazar —o pausar para invertir en— mi carrera. La palabra elección me daba una ilusión de control y me ayudaba a disminuir la culpa por no haber previsto la necesidad de tener un empleo bien remunerado con prestaciones generosas (una licencia de maternidad pagada, por ejemplo) antes de embarazarme. Me ha tomado meses entender que condicionar el acceso a los cuidados a tener el tipo correcto de empleo equivale a castigar a quienes trabajan en esquemas que no tienen un claro acceso al sistema de protección social.
Mi hija se va a despertar en cualquier momento y, mientras termino de teclear las últimas palabras de este ensayo, pienso que el cuidado no debería de ser un bien que se compra. Aun así, me digo que este semestre será distinto. No es sólo un deseo; la semana pasada contratamos a una cuidadora para que se quede con nuestra bebé mientras voy a clase todas la mañanas. Mientras mi esposo absorbe la mayor parte de los gastos familiares, yo destinaré una cuarta parte de mi ingreso mensual a pagar los sevicios de la cuidadora. Me digo que es una inversión. En mi carrera. En mi salud. En mi tranquilidad. Pero también, en el fondo, me pregunto si es sostenible.
Alejandra Ibarra Chaoul
Es periodista, narradora y ensayista. Cursa el doctorado en Historia en El Colegio de México. Su libro más reciente es Causa de muerte: Cuestionar al poder (Aguilar Ideas, 2023).