El hijo pródigo

La casa de mis padres quedaba convenientemente lejos para no ser anfitrión y, en cambio, pulirme como invitado. Candil de la calle y oscuridad de su casa: candil de la literatura y oscuridad de mi existencia, no por trágica sino por ignota.

Recién a mis 45 descubro (o, más bien, acepto) que soy de mi casa. Pita Amor, más enfática, afirmó: “Yo soy mi casa”. Nunca podría jactarme de algo parecido. Para serlo, debemos llevar nuestra casa a cuestas. Y cada individuo que rozamos en el metro; cada compañero que nos da un abrazo en la oficina; cada amigo que citamos para la intriga o la catarsis; cada interacción en redes sociales con otras casas nómadas, nos obliga a que la nuestra se mantenga abierta. Todo mundo puede entrar y salir de ese museo donde somos piezas, recintos, guías y guardias a la vez.

Cuando Montaigne decidió jubilarse a los 38 años, lo hizo en una torre del castillo familiar “con pocos pero doctos libros juntos”, a fin de conversar con sus difuntos autores. De haber prosperado como consejero o alcalde, su obra se reduciría a una sabrosa curiosidad: los Diarios de viaje que llevó en Alemania, Austria, Suiza, Italia y Francia, mientras buscaba remedios y balnearios donde curar el “mal de piedra”. Los Ensayos, que animan la charla entre vivos y muertos, entre el pensamiento ajeno y el propio, serían impensables. Esas “quimeras y fantásticos monstruos”, como los definió el mismo Montaigne, necesitaban una casa propia; no para recluirlas sino para que crecieran en silenciosa y solitaria libertad.

Izak Peón

Resulta difícil entender la deriva pública y publicitaria del ensayo —y, en particular, del ensayo personal—. El problema no es la intimidad expuesta. (Montaigne asegura que, de vivir “bajo la dulce libertad de las primitivas leyes de la naturaleza”, se habría encuerado en sus páginas). El problema, de hecho, es la falta de intimidad. La anécdota pretende cubrir la ausencia de lo más íntimo del ensayo: su reflexión. Abundan los narradores metidos a ensayistas, tan aferrados a sus historias que se olvidan de pensar, así sea tangencialmente. No buscan la desnudez de Montaigne sino su visibilidad de cortesano, la misma que le impedía posar “sin máscara como un hombre desnudo / en medio de una calle de miradas”. Esa “calle de miradas”, según la comparación de Villaurrutia, son los siempre morbosos lectores y algún exhibicionista falto de argumentos.

Sin capricho ni error, sin gratuidad ni amateurismo, el ensayo deviene pornografía ejemplar. Lo que nos gratifica debió seducirnos, desconocernos, incluso obsesionarnos. Para ello había que desnudarse a espaldas del espectador; la tentación de posar para él, sabiéndose mirado, resulta irresistible. “Nadie sabe”, en palabras de Spinoza, “lo que puede un cuerpo”. Frente a su espejo, el ensayista logra intuir esa verdad; en cambio, si está en escena, sólo puede actuarla.

María Zambrano vio en la escritura una defensa, y no un escape, de “la soledad en que se está”. Quizá el ensayo sea su más urgente apología. La duda pública pertenece al debate; la íntima, al secreto que somos. Un secreto inagotable que, para Zambrano, “ya no es el secreto mismo conocido (…), puesto que necesita[mos] comunicarle”. Como el poema, el ensayo desconfía de la comunicación y no persigue la eficacia sino la indolencia. De ahí que llegue tarde a cualquier punto.

Tampoco quiere ser propositivo sino provocativo —“la personificación del yo secreto”, según define Cynthia Ozick—. La voz del ensayo no se confiesa: se revela. Necesita un cuarto oscuro, abandonarse a aquella noche fugaz donde nadie tiene yo sino deseo. El cuerpo, ahí, se transforma en su sombra, en un contorno, en una serie de rasgos que mutan conforme vislumbramos el cuerpo que también nos vislumbra. El ensayo es lo que meditamos al salir de esa experiencia anónima, la conjetura doblemente singular de un deseo en busca de otros deseantes.

Su llamado es sutil y la invitación, informal. Quien la envía nos espera en su casa, donde tantas cabezas piensan como una sola y tantos cuerpos reunidos saben lo que pueden y quieren.

Hernán Bravo Varela

Poeta, ensayista, traductor, editor. Entre sus libros, Oficios de ciega pertenencia e Historia de mi hígado y otros ensayos. Su más reciente libro de poemas es Ejercicios de respiración / El Estado empresario mexicano (Era, 2024).


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.