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El 16 de septiembre de 1967, veintisiete años antes de que su hijo colocara dos marcas extrañas en un calendario, Rubén Aburto Cortés se adentró en la zona de tolerancia de Zacapu, Michoacán, e hizo dos disparos. La primera bala se alojó en el cuerpo de su propio hermano.

La segunda, en el de un hombre llamado Cruz Ventura, que aturdidamente murió entre el aullido de las rocolas y el humo cargado y blanco de los cigarrillos. Aburto Cortés tenía entonces 23 años. La misma edad a la que su vástago decidió convertirse en “un hijo mallor de la patria”.

Las cosas se habían dado de manera intempestiva, como corresponde a una noche de colores septembrinos. Rubén Aburto había llegado a la zona roja en compañía de su hermano Raúl, y del propio Ventura. En el lugar encontró, bebiendo, a su cuñado Juan Cabrera Servín, con quien de tiempo atrás sostenía lo que la Biblia ha llamado “obras de la carne”: enemistades, arrebatos y contiendas. En cuanto se encontraron los ojos, los cuñados se hicieron de palabras. No tardaron en pasar a los golpes. Entonces Cruz Ventura tomó partido en contra de los Aburto y estrelló una botella en la cabeza de Raúl. La lluvia de cristales que rodó por el suelo fue el preámbulo de lo que vino después. Maltrechos y ensangrentados, los Aburto se alejaron. Pero volvieron al poco tiempo; Rubén, con el cañón de una pistola encajado en el cinto. Hubo jaloneos, gritos, empujones. Rubén Aburto desenfundó. La pistola escupió el primer disparo justo cuando Ventura se escudaba tras el cuerpo de Raúl. Mientras éste se doblaba con la camisa sucia de sangre, Cruz intentó correr. La segunda bala lo alcanzó unos pasos más adelante.

Cruz Ventura murió de manera instantánea; Raúl Aburto, camino del hospital. Sobre Rubén cayó la maldición de Caín. A partir de entonces la tierra no respondería a su cultivo. Prófugo de la justicia, se vio obligado a desterrarse al este del Paraíso: una ranchería llamada La Rinconada, cerca de la ciudad de Zamora, en donde tres años más tarde, el 3 de octubre de 1970, Mario Aburto Martínez abrió los ojos por primera vez a las miserias del mundo.

La Rinconada es un antiguo ejido que sabe hacer honor a su nombre: prácticamente conurbado con la ciudad de Zamora, no comparte ninguno de los beneficios de esta cabecera municipal. Compuesto por casas de adobe y tabique, se halla como amortajado entre un clima seco y una vegetación mustia, coloreada de vez en cuando por amplios campos de fresa y papa. Los servicios médicos pueden considerarse nulos. La mayor parte de los niños viaja diariamente a la ciudad de Zamora para cursar la secundaria. Se trata de un pueblo católico, un pueblo de mujeres y ancianos: los hombres cruzan la frontera en pos de un verdor que aquí son incapaces de arrancar a la tierra, regresan cada fin de año trayendo camionetas y antenas parabólicas. La gente les llama Los Micas, una alusión a las codiciadas tarjetas de residencia que les permiten realizar trabajos infames en los sótanos del Primer Mundo.

Rubén Aburto vivió en La Rinconada —y por épocas en el poblado de Rayón— con la seguridad de que nunca sería detenido. Lo consiguió: en febrero de 1981 su orden de aprehensión obtuvo auto de sobreseimiento. Antes de seguir él mismo el camino de los dólares —su hijo Mario lo criticaría más tarde “porque no había regresado”— se dio tiempo para casarse con María Luisa Martínez Piñones, mujer con la que procreó seis hijos. Mario Aburto fue el segundo. Nació dos años después que su hermano Rafael, un apasionado por las armas de fuego que ronda actualmente los 29 años. La familia se completó con Rubén —detenido alguna vez en Los Angeles por robo—, José Luis —detenido en una ocasión por lesiones y portación de arma prohibida, y en otra por fraude y abuso de confianza. Al final llegaron dos mujeres: Elizabeth y Karina.

Además del asesinato de su tío Raúl, cometido por su padre, en la línea familiar de Aburto hay otra muerte violenta: la de su abuelo materno. Se trata de una familia a la que siempre le gustaron las armas: entre las 495 fotografías que Aburto conservaba en un baúl, la mayor parte de ellas de “ambiente familiar”, hay varias en las que sus hermanos, e incluso algunos niños, posan con metralletas y pistolas de diversos calibres. (Tras el remolino del 23 de marzo la familia argumentaría que estas armas eran de juguete. Un dictamen pericial estableció, sin embargo, “que lo importante es la implicación”: el mensaje de violencia, “de aceptación de las armas como símbolos de destrucción y poder”, del cual abrevó Mario en la infancia, y con el que inició lo que los sicólogos denominan “el aprendizaje de observación”.)

En 1977 Aburto fue inscrito en la primaria Lázaro Cárdenas, de la que salió seis años más tarde con un promedio de 8.1. Cursó la secundaria en la escuela Profesor Palomares Quiroz. Tres lustros más tarde, trece compañeros de clase y cinco maestros lo recordarían como un adolescente reservado, casi introvertido, que sin embargo “alzaba la barbilla cuando se sentía objeto de una injusticia o cuando se le contrariaba”. Para otros, fue un adolescente francamente rebelde: tuvo problemas con varios profesores e incluso en alguna ocasión hizo llorar a su maestra de inglés. Solía asumir aires de liderazgo, sobre todo cuando se trataba “de confrontar a la autoridad”. Esta circunstancia provocó que saliera reprobado en dos materias: matemáticas e inglés. Su promedio general fue de 7.6.

“Mi meta era estudiar economía y obtener el doctorado”, recordaría años después. A principios de 1987, sin embargo, la vida se encargó de echar por tierra estos deseos. En su primera declaración ministerial, Aburtó afirmó que ese mismo año abandonó su casa, “toda vez que tenía ideas pacifistas”. Los reportes de la subprocuraduría especial señalan, en cambio, que fue enviado por su padre a Lázaro Cárdenas, Michoacán, ciudad en la que quedó bajo el cuidado de unos tíos. Aunque nadie podía imaginarlo, aquel joven de 16 años estaba iniciando un largo y oscuro peregrinaje, una historia de derrotas sucesivas que culminaría siete años más tarde, a miles de kilómetros de distancia, en aquella barranca de Lomas Taurinas en la que un equipo de sonido reproducía a todo volumen una canción llena de imágenes perturbadoras: “La culebra”.

A poco de su llegada a Lázaro Cárdenas, el segundo de los Aburto tomó un curso de Seguridad e Higiene en el Trabajo. Le llevó cuatro meses obtener el diploma correspondiente. Una vecina lo definiría después como “una persona rara, que escribía cosas de guerra y luego de paz”. No se ha establecido hasta el momento cuándo adquirió Aburto estas preocupaciones. Lo cierto es que entre julio y agosto de 1987 trabajaba como almacenista y auxiliar de mecánico en una agencia Chevrolet de la ciudad de Zamora. Ahí le comentó a uno de sus compañeros, Martín López Jaimes:

—Yo voy a ser grande.

Semanas después, en conversación con un vecino de sus tíos —Oscar Daniel Pérez Fernández—, confió “que le gustaba leer libros y que él había escrito uno que contenía lo que pensaba que estaba mal sobre la sociedad”. De acuerdo con la declaración rendida por Pérez Fernández a la fiscalía especial, Aburto habría agregado “que los del PRI eran unos rateros y abusaban de la ignorancia del pueblo, haciendo hincapié en que eran sus ideas las que plasmó en el libro, el cual no lo tenía en Lázaro Cárdenas”. El vecino tuvo la impresión de que Mario “se sentía muy importante y muy inteligente”. Especialmente cuando le dijo:

—Algún día voy a hacer algo para cambiar todo eso que está mal.

Aburto tenía entonces 17 años y ningún amigo cercano.

Por lo demás, probablemente había dicho la verdad: el 23 de marzo de 1994, a las diez y media de la noche, luego de que Jorge Liébano Sáenz hubiera confirmado ante la prensa el fallecimiento de Luis Donaldo Colosio, una de las hermanas de Aburto golpeó la puerta de un vecino de la ciudad de Tijuana. Le dijo algo como esto:

—Dice mi mamá que venga a la casa porque necesita hablar con usted. Es algo muy urgente.

El hombre, un sujeto de apellido Herrera Cruz, subió a su automóvil y condujo hasta el número 20850 de la avenida Mexicali. Al entrevistarse con María Luisa Martínez Piñones, la madre de Mario, ésta “le pidió que le guardara unos papeles de su hijo muy importantes”. Herrera aceptó. Entonces, “la madre de Aburto sacó un baúl, lo subió al vehículo y el declarante regresó a su casa. Al poco rato María Luisa llegó con un libro de color gris con franjas rojas y con la leyenda central ‘actas’. Abrió el candado del baúl y lo introdujo en él”.

—Me tengo que ir —dijo— porque mi hijo cometió una barbaridad, le metió un balazo a una persona, lo están pasando por televisión en estos momentos…

Cuando Herrera Cruz encendió el televisor y supo a qué barbaridad se había referido la mujer, se sintió aterrorizado. Llamó inmediatamente a la policía.

El encargado de abrir el baúl fue José Federico Benítez López, director de Seguridad Pública Municipal —quien poco después moriría brutalmente acribillado—. De acuerdo con el parte correspondiente, en el baúl se encontró un manual de marxismo, así como varios “documentos personales y familiares”. También, el Libro de Actas que la madre de Mario acababa de esconder. No se trataba del mismo libro en el que Aburto dijo haber plasmado sus ideas siete años antes —todo parece indicar que el Libro de Actas fue redactado al filo del 23 de marzo—, pero contenía algo semejante a lo que Oscar Daniel Pérez Fernández había escuchado aquella noche de 1987: una declaración “suscrita por un hijo de la patria” que colocaba, bajo su firma, la leyenda “Caballero Aguila”:

Aquellos que esten encontra de las decisiones del Pueblo,
que se consideren traidores a la Patria.
Se abre un capítulo mas en la istoria de estos
estados heroicos y de la nación entera,
dando paso a los ideales de un hombre que preocupado
por el futuro de su país deside constribuir
para seguir construllendo un país mejor cada día, acosta
de su propia vida, renunciando a todo, asta su propia familia.
“Por que los verdaderos hijos de la Patria lo demuestran con hechos no con palabras”.
El país ha ido cambiando gracias a todos aquellos valientes que han ofrendado su vida por los ideales de un pueblo que sufre las injusticias de sus gobernantes y luchando por una verdadera justicia y democracia.
Que no sea henbano el sacrificio de aquellos valientes que isieron baler los derechos del pueblo oprimido y engañado, ellos que contanto sacrificio quisieron damos un país cada día mejor.
Esto es solo el principio de un gran y verdadero cambio, y el cambio se vera desde donde empiesa la Patria.
Hagace responsable de los hechos atodos aquellos gobernantes que siempre quisieron tomar decisiones que solo le correspondían al Pueblo.
Los gobernantes que no cumplan con el pueblo con una verdadera justicia y democracia que pagen las consecuencias.

En noviembre de 1987, Aburto Martínez hizo un largo viaje para reunirse en Tijuana con su madre y sus hermanos. Encontró la ciudad convulsionada por el ascenso del panismo, que desde la alcaldía de Ensenada acaudillaba Ernesto Ruffo Appel; las arcas del estado vacías debido a los excesos que costaron el puesto al gobernador Xicoténcatl Leyva Mortera, y a su familia viviendo en un local que formaba parte de la maderería Los Balancines.

Durante el año siguiente —de abril de 1988 a diciembre de 1989—, además de cumplir con el Servicio Militar Nacional, trabajó como obrero general en Muebles para Niños, S.A. de C.V., donde escaló posiciones: informes de la Policía Judicial Federal indican que fungió como supervisor de calidad, y poco después como supervisor de personal. Esos veinte meses inaugurales constituyeron el periodo más estable de su vida laboral. Porque a partir de entonces comenzó el desfile: en los años siguientes, algo, una creciente insatisfacción, le haría saltar de uno a otro empleo. En ninguno logró estacionarse más de un año.

Una ficha de antecedentes laborales redactada por la subprocuraduría especial en tiempos de Olga Islas señala que de febrero a marzo de 1989 trabajó “como ayudante de reclinables”, en Industrias Cokin, S.A. Y que siete meses más tarde, de octubre a noviembre, se enroló como ensamblador en Video Tec de México. Los informes no rinden constancia de lo que pudo ocurrir en esos siete meses de oscuridad. Aunque no encajan los tiempos, apuntan, sin embargo, que de marzo de 1989 a junio de 1990 Aburto cruzó la frontera y fungió como obrero lijador en una fábrica de Torrance, California. Aducen también que, de acuerdo con evidencias documentales, éste había comenzado a mostrar “ideas fijas y obsesivas, de carácter reivindicativo”.

En todo caso, siguieron otros siete meses de penumbra laboral en los que Aburto anduvo rodando por tres poblados californianos: San Pedro, Covina y Escondido. Isaura Heredia Constantino, una joven que lo conoció en 1990, durante una de las vueltas de Aburto a Tijuana, relató que alguna vez visitaron juntos el museo de cera y que. “al ver la figura del Caballero Aguila. Mario le manifestó que admiraba mucho a este personaje por ser un un gran guerrero (y) que a él le hubiera gustado ser como él, (porque) es un personaje que admira mucho”.

En enero de 1991 Aburto se encontraba de regreso en casa de su madre trabajando como surtidor de abarrotes para la empresa Central Detallista. Un cuaderno de pastas negras hallado tiempo después en casa de unos familiares demostraría que en las semanas siguientes —particularmente en las de abril de 1991— Mario practicó con frecuencia el dibujo e incluso cedió a los arrebatos líricos de la poesía. Escribió, por ejemplo:

La mejor de las amigas me engaña sin mentiras, y eso yo lo se, mas que mas, mas que mas? puedo hacer.

Junto a un dibujo que acaso representa a Jesús (un hombre con barba y una cruz en la frente), Aburto apuntó:

Pensando en ti Puedo ver lo que nunca vi, lo que nunca creí y y lo que siempre oí.

También parece ser de aquella época el célebre dibujo que representa la imagen de un hombre joven, de rasgos semejantes a los del propio Aburto, que lleva cruzado el pecho por una bandera nacional. A un costado de la figura se encuentra la representación de un caballero águila; al otro, un apunte que comienza con la misma frase que luego aparecería en el Libro de Actas:

Aquellos que estén en
contra de las deciciones del pueblo, que se
consideren traidores
ala patria.
Por que los verdaderos hijos de la patria lo
demuestran con hechos
no con palabras. Por que el que hace, que se
respete la democracia en donde no se respeta
es mas balioso que mil
políticos juntos.
Las fuerzas de la paz
son más grandes que las de la guerra.

A mediados de 1991 Aburto abandonó la poesía para fungir como representante del PRI en una casilla electoral de la colonia Buenos Aires. También consiguió otro empleo; esta vez, como auxiliar de materiales en Industria Electromecánica de Ensamble. No duró más de tres meses. Salió de ahí para inscribirse como ensamblador troquelador en ERTL de México. En medio de jornadas desquiciantes, uno de sus compañeros, Mario Alberto Portilla Angel, “se comenzó a dar cuenta” de que el recién llegado “era una persona muy grillera y poco trabajador”. Al rendir años después su declaración, Portilla Angel recordaría:

—Era una persona problemática. En cuestiones laborales siempre quería ver por los trabajadores y decía que la empresa les debería dar más dinero por lo que estaban haciendo; deseaba que existiera sindicato en la empresa. Un día convenció a todos los trabajadores del área de máquinas para que no entraran a trabajar y de esta manera presionar a la empresa y solicitar más salario, lo que motivó que la empresa lo liquidara…

El obrero Rubén Solorio Arzate, que definió a Aburto como “una persona muy reservada y seria (que) no acostumbraba reunirse con los demás compañeros”, apuntó por su parte que Mario había comentado “que el aumento había sido poco, proponiéndoles que hablaran con la licenciada de Recursos Humanos”. Estas circunstancias llevaron a los peritos a señalar, en un Dictamen de Psicología firmado el 27 de junio de 1994, que la columna vertebral en la personalidad de Aburto estaba constituida por dos fuerzas en constante contradicción: “lo que desea ser y lo que realmente es”. Añade el informe: “(Aburto) pertenece a una clase social baja con expectativas de pertenecer a la clase media, aceptando aparentemente las normas sociales, las cuales posteriormente transgrede ante su frustración al no obtener lo deseado”.

Lo cierto es que en agosto de 1992, derrotadas sus convicciones sindicalistas, regresó al desempleo. Esto no impidió que al mes siguiente iniciara un noviazgo con Alma Beatriz Acosta, empleada de ERTL, y que en noviembre de ese mismo año la llevara a vivir consigo en unión libre. Aburto, sin embargo, no tardó en demostrar que en cuestiones sentimentales era tan exigente como en materias laborales: cuando Alma Beatriz intentó arrastrarlo al matrimonio, Aburto le respondió que no podía tener hijos “por un problema de sangre”. Y como ella siguió insistiendo, Mario le suplicó un día:

—Por favor, me desocupas la casa porque la va a ocupar mi hermana.

Informa el Dictamen de Psicología: “(Aburto) establece relaciones superficiales con el propósito de reafirmar su virilidad y egocentrismo, sin llegar a involucrarse afectivamente” (el propio Aburto declaró en una ocasión que “ya había perdido la cuenta” de las novias que tuvo y su fama de conquistador era bien conocida entre sus familiares). Por lo demás, el reporte apunta también que en las relaciones personales de Mario predominaron rasgos narcisistas —”tiene la necesidad de admirarse a sí mismo y espera ser considerado algo especial”— y que siempre presentó lo que los sicólogos llaman “transtomo histriónico”: “Es sexualmente seductor, se encuentra incómodo cuando no es centro de atención (…), sus acciones van dirigidas a obtener satisfacción inmediata, no tolera la frustración ni la demora en lo que quiere conseguir, y tiene un bajo concepto de sí mismo, un gran sentimiento de inferioridad (…). Suele aparecer frío e indiferente, es competitivo, dominante, ambivalente, con dependencia afectiva profunda, suspicaz y resentido”.

Durante el tiempo de su relación con Alma Beatriz, casi cinco meses, Aburto, al parecer, continuó desempleado. Pese a esas semanas de inactividad, la joven no observó en él ninguna conducta particularmente extraña. Cuando sobrevino la ruptura, Mario se quedó cruzado de brazos seis meses más. Los informes proporcionados por la fiscalía a fines de 1994 no llenaron este paréntesis. Al fin, acaso agobiado por sus desastres laborales, tomó la determinación de inscribirse en un curso de soldadura eléctrica en acero. Las clases duraron tres meses en los cuales, relataría un testigo, Aburto “siempre repetía su inconformidad en las fábricas donde había trabajado, ya que decía que pagaban poco y que no había un equipo de seguridad para los trabajadores”.

Aburto recibió un diploma. Después quiso aprovechar sus nuevos conocimientos en soldadura y aceptó un empleo como ayudante de herrería en el taller Jaulilandia. Le llevó dos días descubrir que aquello tampoco era como lo había imaginado. Así que probó fortuna como trabajador general no especializado en una nueva empresa: Hyundai de México. Sólo checó tarjeta durante siete días.

Durante los seis meses siguientes, y hasta principios de febrero de 1994, Aburto se desempeñó como ensamblador en Juegos California. Entonces una recomendación, tal vez un anuncio en el periódico, lo llevó a la empresa en la que, a cambio de un jornal miserable —302 nuevos pesos a la semana— trabajaría hasta el 23 de febrero de 1994: Camero Magnéticos, S.A. de C.V.

Aunque su madre afirmó en una entrevista que una noche lo encontró “llorando y asustado”, y que Aburto le había dicho: “Me están siguiendo y no sé quiénes son; cuando salgo de la casa están vigilándome en un carro y cuando salgo de la fábrica también me están esperando”, durante los veinte días en que trabajó en Camero Magnéticos sus compañeros de trabajo debieron encontrarlo más bien hablantín. A Olivia Moreno, por ejemplo, le dijo “que estaba escribiendo un libro”. A otro trabajador, Daniel Pineda Vázquez, “le platicó que se encontraba elaborando un proyecto muy importante y que era un libro de actas”. Fue precisamente este testigo quien lo vio marcar con una cruz los días 23 y 24 de marzo en un calendario. Días más tarde, Aburto le confesó “que había trabajado en el ejército y que tenía un proyecto muy confidencial”. Una persona le oyó decir que había leído libros sobre el socialismo y escrito dos obras “en donde trataba sus inquietudes personales respecto a las desigualdades económicas que prevalecían en el país”. Al supervisor de la empresa le dijo que tenía conocidos en la política y platicó con él “cosas de Carlos Marx”. A alguien más le pidió “si le podía conseguir una pistola en Los Angeles”. A otro le aseguró “que el reparto de la riqueza debía ser en partes iguales entre el obrero y los directivos”, y le hizo saber que la situación del estado de Chiapas era muy problemática, “diciendo que había gente rica y pobre y mucha desigualdad, y que había que hacer algo”.

También se consiguió una novia, o algo parecido a una novia. Fue ella —Graciela González Díaz—, quien a principios de marzo, mientras paseaba con Aburto por el Parque de la Amistad, lo vio saludar a un hombre —al que luego en la cámara de Gessel reconocería como Tranquilino Sánchez Venegas— y enviarle “un mensaje consistente en levantar tres dedos de su mano izquierda”. Gabriela recordaría que por esos días Mario la llevó al museo de cera, y le mostró la figura del Caballero Aguila, “diciéndole que cuando pasara el tiempo lo iba a ver en ese lugar, ya que en el grupo político al cual pertenecía le llamaban Caballero Aguila, ya que en el mismo se nombraban con nombres de animales”. (Meses más tarde, el 9 de septiembre de 1994, mientras Aburto rompía a llorar detrás de la reja de careos, la muchacha exclamó: “No, él no me lo dijo”, refiriéndose a que no le había dicho nada relacionado con “lo de su partido político”.)

Tal vez por esos días, después de visitar el museo de cera y dejar correr pensamientos que no podremos conocer jamás, Aburto daba los toques finales a su Libro de Actas:

En una ocacion que me encontraba en el campo, en mi infancia, seme hacerco un señor de avanzada edad; todo un revolucionario: alto, ojos de color, cabello blanco de la esperiencia y de la sabiduría, con una enerjía envidiable; y me dijo:
—Hijo, dame fuego de la fogata, y le conteste:
—Suelen ofenderme de esa manera, mas no saben que yo tan solo soy la mecha, y un día la pluma sera mi arma, pero mi arma mas peligrosa serán mis ideales y mi filosofía reconstructiva, y cada vez más mis filas irán asiendose cada vez mas numerosas, por que todos apollaran ala justicia.
El me dijo:
—Estas seguro de lo que dises y de tus ideales, por que yo estoy de acuerdo con ellos. Yo le conteste que si.
El dijo:
—Que sea para bien de la patria, y en nombre del Pueblo yo te nombro Caballero Aguila.
Alo que yo conteste:
—Rindo protesta sin reserva alguna, guardar y hacer
valer la Constitución y las desiciones del pueblo
que es nuestro país, con sus reformas a las leyes y
desempeñar patrioticamente mi nombramiento,
mirando por el bien y prosperidad de nuestro pais.
Alo que el dijo:
—Si asi lo hicieres, que la nación os lo premie, y si no os lo demande.

Tal vez por esos días pensó que

Mis declaraciones recorrerán el mundo en vusca de apollo y comprenciones por parte de los países hermanos de América entera y de los demás continentes Asiéndoles saber que en este país un partido aformado un imperio que a tenido al pueblo engañado desde hace muchos años, y que utilizan los términos equivocados y que no les corresponden, escudándose también tras las grandes figuras de grandes Heroes de la Revolución.

…Y dejó caer, entonces, la primera señal:

(…) Su propio candidato a la presidencia alguna vez asepto que su partido había fallado y siempre ablo con demagojia al higual que algunos mandatarios que dejaron el pais siempre con mas problemas… Aunque ustedes no lo crean, pueblos del mundo entero y Naciones, en este pais existen todavía dictadores apollados por el imperio formado por un partido político.

(…) Hermanos, es preciso saber lo que se quiere; cuando se quiere, hay que tener el valor de decirlo; y cuando se dice, es menester tener el coraje de realizarlo…

Eran los días finales. Los previos al proyecto. Esos días en los que declaró haberse estado preparando en un campo de tiro de la ciudad de Tijuana y en los que, nervioso, mostró a dos de sus primos un revólver 38 que tenía bajo el colchón: el mismo, un Taurus con cachas de madera color café que, según uno de sus hermanos, Aburto había comprado dos años antes “a un capo cara de perro”.

—Tengo planeado un negocio —les dijo.

Lo traicionaba la excitación. Una de sus compañeras de trabajo le habría oído decir “que iba a venir a Tijuana una persona muy importante, que muy pronto iba a salir en televisión y que se iba a convertir en una persona muy importante, y que no sabía si iba a salir con vida de la acción que iba a llevar a cabo pero que dejaría a su familia mucho dinero”. A otra de las empleadas, María Elena Lugo Valdés, le confesó “que se dedicaba a la política para ayudar a los trabajadores y a todo el mundo”. A esta misma testigo, una noche de frío, le prestó una chamarra. La misma, por cierto, con que se cubriría el 23 de marzo. Dentro de una de las bolsas había dos balas. La joven las descubrió con extrañeza. “Entonces Aburto las tomó y se las echó en la bolsa del pantalón”. También a ella le dijo “que un trabajo que iba a desempeñar le haría ganar mucho dinero”, sólo que iba a arriesgar su propia vida, y “que ya se enteraría por un medio de la televisión”.

Así llegaban las noches. Tal vez antes de dormirse Aburto anotaba las frases finales en el Libro de Actas, y lo guardaba en aquel baúl en el que había 495 fotografías, un acta de nacimiento expedida en Campeche a nombre de María Cruz Zendejas, un acta de nacimiento girada en Sinaloa a nombre de Jesús Angel López, un acta de nacimiento a nombre de Mayra Guadalupe González Villa, una credencial de elector a nombre de Alfredo Ochoa Maravilla, un gafete expedido por la empresa Geron Furniture a nombre de Antonio Almaraz, un certificado de nacimiento del estado de California a nombre de Maridam Alarcón Ríos e Irvin Beltrán, diez credenciales diversas a nombre de un sujeto llamado Niels Francis (que declaró haberlas perdido), una credencial a nombre de Salvador Manzo Serrano (de quien nunca se encontró el rastro), unas arras de matrimonio, una carta expedida en 1990 por el Department of Army de los Estados Unidos, a través de la cual se invitaba a Aburto a enrolarse “dándole cuenta de las cantidades de dinero que recibiría por participar”, una forma con el logotipo United States Marín Corps, en donde Aburto “acepta participar en el Army”, una credencial expedida por la Asociación de Comités del Pueblo a nombre de Mario Aburto Martínez, una constancia de prestación de servicios en el Club Britania en 1993, una carta con el logotipo Our Lady of Victory Church firmada por el padre Carlos S.T. en 1989, una hoja de cuaderno con recibo de venta de un mustang blanco modelo 79 cuyo comprador fue Mario Aburto, un recibo de pago “de un lote ubicado en el ejido Chilpancingo, por la cantidad de cuatro millones y medio de viejos pesos” (1989), los resultados de un examen de sangre que Aburto se practicó en el laboratorio Análisis Clínicos Médicos, y también un objeto de plástico que representaba una garra, y contenía una figura: la figura de un águila.

(Tenía también una agenda. Estaba rotulada “Adresses” y contenía sólo 14 nombres. Entre ellos figuraban el de José Luis Pérez Canchóla —¿el procurador de los Derechos Humanos en Baja California?— y el de un sujeto que declaró no tener la menor idea de por qué su nombre aparecía ahí: Blas Manrique Arrevillaga. En una de las páginas aparecía la anotación “Palacio Azteca”: un hotel de la localidad. en cuyo Salón Jacarandas se reunían una vez a la semana varios militantes del PRD. Los encargados del hotel, sin embargo, aseguraron no haber visto jamás en aquellas reuniones, ni en otras, a nadie que se pareciera a Mario Aburto Martínez.)

El 23 de marzo de 1994, Aburto se puso una camisa negra, un pantalón claro y una chamarra de piel. Guardó la cartera en la bolsa trasera del pantalón y se ajustó el reloj en la muñeca izquierda. No se ha determinado si salió de su casa llevando la pistola marca Taurus —que paradójicamente emplearía en Lomas Taurinas, una colonia cuyas calles llevan nombre de matadores—, pero sí que llegó puntual a Camero Magnéticos. Por aquellos días se le estaba entrenando como operador de una máquina cortadora de cinta magnética: cumplió con su trabajo sin manifestar ningún comportamiento irregular, comió con varios compañeros, y habló de deportes. La jornada terminó a las dos de la tarde. En la puerta, le preguntó al encargado de control de acceso y salida por la ubicación de la colonia Lomas Taurinas. El encargado diría después que, como mucha gente estaba saliendo, se confundió y le dio unas señas equivocadas. Aburto le dio las gracias y se encaminó al vehículo que transportaba a los trabajadores hacia el centro de Tijuana. Encontró asiento al lado de una compañera de turno, Olivia Moreno López. En el camino hablaron “de una supuesta novia de Mario”. Al fin, Aburto le dijo que “iría a un mandado”, que por eso bajaría en el centro y no donde siempre acostumbraba hacerlo.

El chofer lo vio pensativo. Notó que abandonaba el camión en un lugar inusual y que al bajar de la unidad había empujado a una mujer. Aburto cruzó corriendo la calle Constitución y siguió de largo hacia Niños Héroes. A partir de entonces, y hasta su llegada al mitin, no existen más testimonios que los del propio Aburto:

El transporte pasó por el centro de la ciudad y ahí me bajé para comprar una torta (…) entonces pensé ir al mitin porque jamás había estado en uno y no sabía ni cómo era… de buen rato encontré otro camión azul con franja blanca que decía L. Taurinas y llegué a pensar que esa colonia de Lomas Taurinas estaría más o menos por el toreo de Tijuana… cuando iba ya en el camión se subió una persona y me preguntó si iba para la colonia Lomas Taurinas y le contesté que tal vez si. pero no estaba seguro de si iba a ese lugar, o a llegar hasta dicha colonia o seguiría de paso porque era la primera vez que iba a esa colonia… llegó el camión hasta un lugar donde habían muchos carros y ahí nos bajó…

Esa tarde, en la barranca de Lomas Taurinas, se arremolinaban cerca de 3,500 personas. Un cantante local. El Cachanilla, entonaba a capela un par de canciones. Después, el encargado del equipo de sonido hizo sonar varias “quebraditas”. Aunque en su declaración inicial Aburto afirmó que había llegado tarde al mitin —”el señor Colosio dijo unas cuantas palabras y se bajó del lugar donde estaba y empezó a caminar”—. una fotografía en la que se le ve haciendo valla a la llegada de Colosio se encargó de destruir la coartada. Una testigo. Yolanda Lázaro Caratachea. lideresa del PRI en Lomas Taurinas, aseguró más tarde que antes de la llegada del candidato pudo ver a Aburto en dos ocasiones: una. haciendo señas a los ocho estudiantes del Tecnológico de Tijuana que portaban la manta que decía: “NO MAS PRI-GOBIERNO, DI NO A TELEVISA”, y “OJO COLOSIO, CAMACHO Y MARCOS TE VIGILAN” —los cuales fueron desalojados por el equipo de seguridad—, y otra, detenido junto al templete desde el que Colosio pronunciaría su discurso.

Eran las cuatro y media cuando la caravana del candidato apareció en la barranca y las cuatro treinta y cinco cuando tomó la palabra el primero de los oradores. Aburto se movía entre la multitud. Según asienta el informe rendido por Olga Islas, un video tomado cinco minutos antes del fin del acto lo muestra cruzar algunas palabras con Tranquilino Sánchez Venegas, el agente del grupo Tucán contratado por José Rodolfo Rivapalacio Tinajero. Resulta imposible saber de qué hablaron: Tranquilino aceptaría haber platicado con Mario, “pero sin recordar sobre qué”.

Poco después de las cinco, Colosio concluyó su discurso:

—Cada uno de nosotros tenemos una responsabilidad que cumplir, cada uno de nosotros habrá de darle rostro y presencia a nuestro partido, en el centro de convivencia, y este partido nuestro, este partido movilizado, habrá de llegar, el 21 de agosto, al triunfo de Baja California y de México. ¡Vamos a ganar!

Abajo se habían roto las vallas. Eran las 17:08 cuando Colosio dijo “¡Vámonos, vámonos!” y descendió del templete. A sólo 13.5 metros se encontraba el lugar donde Mario Aburto lo encontraría. Los separaban sólo dos minutos, y un remolino compuesto por cientos de personas. Aburto comenzó a desplazarse. En las bocinas, el equipo de sonido hacía sonar, a todo volumen, “La culebra”.

Yolanda Lázaro, que caminaba a la derecha del candidato, lo vio acercarse. Oyó que alguien le decía:

—¡Quítate, cabrón!

Aburto respondió:

—¡Oooh!, es que quiero saludarlo.

Y entonces extendió el brazo para escribir su nombre en uno de los renglones más confusos de la historia. Quizá la verdadera conspiración empezó la tarde del 23 de marzo de 1994.  n

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Autor del libro La perfecta espiral y coeditor de la sección cultural del periódico La Crónica.

 

Nota. Este artículo fue realizado, fundamentalmente, a partir del Informe rendido por la subprocuraduría especial en noviembre de 1994. y otros documentos de la misma dependencia. Entre otras fuentes, se tomaron también los libros de Gustavo Hirales (El complot de Aburto, Diana, 1995), Eduardo Muriel (Crónica y análisis de un magnicidio, Diana. 1995), José Luis Trueba Lara (Magnicidio. La muerte de un candidato, Editorial Posada. 1994), José Luis Mang Palacios (El poder y la muerte. Magnicidios mexicanos del siglo XX, Diana, 1994) y Gabriel Alós (Eclipse de sangre, Planeta. 1994).

 

Un comentario en “Mario Aburto. La Biografía