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En noviembre de 1997 falleció Isaiah Berlin. Pocos meses antes de su muerte se había publicado una selección de sus mejores ensayos bajo el título El estudio apropiado de la humanidad. La selección estuvo a cargo de Henry Hardy, el editor de siempre de Berlin, e incluyó esta presentación de Annan, que toca aspectos particularmente atractivos del pensamiento de uno de los grandes liberales de este siglo: el pluralismo, la importancia del lenguaje en el debate filosofico, los peligros de la libertad positiva, y los excesos del determinismo y del positivismo lógico.

Isaiah Berlin inició su carrera académica como filósofo en Oxford y se hizo famoso como historiador de las ideas. Para él la filosofía de Oxford es importante. Lo arraigó en la tradición lingüístico-analítica inglesa que desciende de Hume, Mills y Russell. Esto explica el que al escribir su ensayo sobre los dos conceptos de libertad fuera particularmente cuidadoso con lo que frecuentemente se denomina “libertad positiva”. Cuando lo escribió, en 1958, estaba de moda exponer las falacias de Mills en Sobre la libertad y alabar la concepción de libertad que T. H. Green, influido por Hegel y otros filósofos continentales, había popularizado. Green había sostenido que cuando el Estado interfería y aprobaba leyes prohibiendo la contaminación o limitando el uso de las máquinas en las fábricas con el fin de salvaguardar la vida de los obreros, no estaba limitando la libertad sino permitiendo que un mayor número de gente disfrutara de ella para hacer cosas que antes no podía hacer. La suma de libertad se incrementaría. “La libertad para un don de Oxford,” afirmaba Green, “es una cosa muy distinta a la libertad para un campesino egipcio”. Aceptar la libertad positiva era la marca de autenticidad del social-demócrata inteligente.

Berlin denunció esto como un barato artificio. Si la libertad positiva es un ideal válido, entonces ¿qué defensa puede haber en contra del argumento marxista según el cual el Estado tiene el derecho de imponer castigos terribles a quienes se oponen a su poder para obligar a los individuos a actuar en contra de su voluntad bajo el supuesto de que se está contribuyendo al bienestar de las masas? Para Berlin, la interpretación inglesa clásica de libertad es la correcta. Significa no ser coercionado, encarcelado o aterrorizado. Es cierto, el campesino egipcio necesita alimento y medicina, “pero el mínimo de libertad que necesita hoy y el mayor grado de libertad que puede necesitar mañana no es cierta especie de libertad propia, sino una libertad idéntica a la de los profesores, artistas y millonarios”. Es posible que tengamos que sacrificar libertad para prevenir la miseria, pero es un sacrificio, y declarar que en realidad soy más libre constituye una perversión de las palabras. Es posible que la sociedad sea más justa o más próspera y que todo tipo de gente pobre esté hoy en mejores condiciones de disfrutar de vacaciones en el extranjero o de un hogar decente. Son libres de gozar de estas cosas pero no tienen dinero. Es una perversión del lenguaje decir que ahora, por vez primera, son libres.

La perversión del lenguaje no es una moda de los filósofos. Es algo que importa. Importa si decimos que somos más libres cuando se aprueban leyes que nos obligan a utilizar cinturones de seguridad en los automóviles. Podemos estar más seguros y la ley puede ser admirable. pero somos menos libres. Supongamos que, siguiendo a Rousseau, argüimos que nadie en su sano juicio desearía ser esclavo de pasiones innobles. Supóngase que soy un alcohólico, un esclavo de la botella. ¿Acaso no recibiría con gusto el que se me librara de mi esclavitud? Por supuesto que a mi yo iluminado le gustaría renunciar a esa parte de mi libertad que me esclaviza a la botella. Pero muy pocos de nosotros somos santos. Los santos afirman: “en vuestro servicio está la libertad perfecta”, renuncia a los vicios terrenales y vive de acuerdo con las reglas del espíritu. Pero ¿qué vamos a hacer con la mayor parte de la humanidad que es incapaz de dominar sus pasiones pecaminosas? Aquí, dice Berlin, se desdobla el verdadero horror de las perspectivas puramente racionales. Ya que si se puede demostrar que hay una sola manera correcta de ver la vida, la gente que es incapaz de seguir esa vía debe ser forzada a hacerlo. La libertad positiva abre el camino de la servidumbre.

Pero hay otra manera de negar que los seres humanos son agentes libres. ¿Acaso no son juguetes del destino, atrapados irremediablemente por las fuerzas impersonales de la historia? Los procesos históricos son inevitables, y aunque los hombres de Estado creen que pueden controlar los eventos, la verdad es que los seres humanos no tienen el poder para hacerlo. El clima, la demografía, las excentricidades de la economía, la estructura de las clases y las fuerzas políticas los abruman. Es la misión de los historiadores, según esta escuela de pensamiento, desenmascarar estas fuerzas impersonales. La historia no es un arte, es un ciencia, “ni más ni menos”, afirmaba el historiador de Cambridge J. B. Bury. Uno de los más largos y densos artículos de Berlin fue escrito en contra de esta postura, y en la justa contra E.H. Carr, un apologista del régimen de Stalin, se dictaminó que había derribado del caballo a su oponente. Creer en el determinismo supondría estar dispuesto a sufrir pérdidas en conceptos con los cuales discutimos la moralidad —aprobación, culpa, pena, perdón, por ejemplo.

Arraigado como estaba en la tradición filosófica inglesa, rechazaba mucho de lo que le resultaba atractivo a sus contemporáneos. El pensaba que el positivismo lógico no era menos desastroso que el determinismo. La ciencias naturales no son el paradigma del conocimiento. Mucho de lo que conocemos y valoramos en la vida está excluido de esta forma de categorización del pensamiento. Lo que resulta admirable de su obra es que reconoce lo valioso, lo retador, lo original de las contribuciones de los filósofos alemanes de los siglos XVIII y XIX. Se trataba de hombres que se estaban revelando en contra de las ideas mecánicas y desalmadas de la Ilustración francesa. Berlin le suplicaba a sus contemporáneos que dejaran de verlos, a ellos y a sus contrapartes en Rusia o Italia —Vico, Herder. Hamann. Herzen y Moses Hess—, como oscuros románticos.

Los apreciaba por haber reconocido la pasión que los hombres y mujeres sienten por su lugar de origen, por su cultura, por su nación o su comunidad —un poblado minero, por ejemplo—. Era esto lo que les daba un cierto sentido de identidad. Marx lo ignoraba. Berlin sabía lo alienados que los judíos de Europa del Este se sintieron en la sociedad en la que vivían, y a través de esta comprensión reconoció la alienación de los alemanes del siglo XVIII en una Europa dominada por la cultura y la sofisticación francesas. Así también los países del Tercer Mundo se sienten hoy en día alienados por el sentido de superioridad de Occidente.

Berlin no estuvo de acuerdo con las voces más poderosas de la filosofía porque hizo algo que no era muy común entre los filósofos de antes y después de la Guerra. Leyó los escritos de los filósofos muertos mucho tiempo atrás, incluso los escritos de algunos pensadores que no hubiesen sido considerados filósofos en Oxford. No los acusó de error ni los contrastó con la verdad como se conoce en la actualidad.

Ni los dividió en aquellos que nos muestran el camino hacia tiempos más sanos y aquellos que los tiranos han utilizado para justificar su crueldad. Lo que hizo fue evocar su visión de la vida y la contrastó con otras visiones de la vida. Pero eso no fue todo. Él niega que exista alguna manera de probar que una visión es más válida o más justificable que cualquier otra. Uno podría considerar el análisis de la sociedad de Joseph de Maistre como odioso, pero haríamos mal en no reconocer que contiene algunas verdades terribles, aunque los liberales podrían estremecerse con sus conclusiones. Pensemos en Nietzsche. En sus trabajos se encuentran conclusiones que los nazis trataron de traducir a acciones políticas. Pero estaríamos amputando parte de nuestra sensibilidad si nos negáramos a aceptar la sorprendente comprensión de Nietzsche de un mundo que se resiste a aceptar las sanciones de la religión como válidas. O pensemos en Carlyle. Puesto junto a sus contemporáneos Marx y Tolstoi, parece una figura mal recortada. Pero se acercó mas a la verdad que ellos cuando nos recordó que las naciones y las sociedades necesitan líderes. No tenemos que estar de acuerdo con Carlyle cuando alaba a Federico el Grande y a Cromwell por su dureza y su falta de humanidad en sus decisiones. Marx y Tolstoi se equivocaron al afirmar que los hombres de Estado son tan insignificantes que no influyen en el curso de los eventos. Churchill, Roosevelt y Ben- Gurion tuvieron una influencia en el destino de sus países.

Esta manera de acercarse a la filosofía es lo que sostiene la creencia de Berlin en el pluralismo. El “pluralismo” es una palabra engañosa. La mayor parte de la gente acepta que hay muchos grupos e intereses en la sociedad, y una buena sociedad se las arregla para que esos grupos se toleren: de hecho, la institución más poderosa de la sociedad, el Estado, debe hacer un esfuerzo especial por darle a los intereses de las minorías un espacio tan amplio como sea posible. La mayoría de la gente piensa que el pluralismo constituye un compromiso pragmático. No nos obliga a abandonar nuestra creencia en el socialismo o en los beneficios de las desigualdades producidas por la economía de mercado o la idea de que hay reglas que deberíamos seguir y que gobiernan nuestras vidas. Pero Berlin se refiere a algo más inquietante. El asume la perspectiva menos de moda en el sentido de que los buenos fines están en pugna. La igualdad y la libertad frecuentemente entran en conflicto y para tener más de uno es necesario sacrificar parte del otro. Nadie puede dudar de la creencia de Berlin en la importancia de la libertad. Pero Hayek no le entusiasma demasiado. La libertad es sólo una de las buenas cosas de la vida y para él la igualdad es también un valor sagrado. De hecho no tiende a ver con buenos ojos a quienes rechazan la igualdad como un mal sueño. Está convencido de que si la libertad del poderoso e inteligente supone la explotación del débil y menos poderoso, entonces la libertad de aquel debe limitarse. Publicar un libro en Inglaterra en el que se dice algo ofensivo contra los musulmanes es una cosa. Pero vender el mismo libro en la antigua ciudad de Jerusalem con el máximo de publicidad y hacer llamados al desorden es otra. La necesidad de hacer distinciones de este tipo es la justificación del pluralismo.

O considérese la trama de Antígona. Sófocles pensaba que ella tenía el derecho de anteponer el respeto por los cuerpos de sus adorados hermanos a sus obligaciones frente a la ley (“Mi naturaleza es amar, no odiar”). Sartre opinaba lo contrario. O considérese la espontaneidad. Es una virtud, pero no esperemos encontrarla en su máxima expresión en el gabinete de un jefe de gobierno. De hecho uno podría argüir que la espontaneidad es la última de las cualidades que uno querría que exhibieran dichos funcionarios. Los valores colisionan y en ocasiones no es posible hacerlos correr en paralelo. Y no solo los valores, las propuestas también. La verdad no es una unidad.

Fue en este tema en el que Berlin se alejó de los filósofos analíticos ingleses. La cumbre de su ambición como joven había sido convencer al grupo que se organizó alrededor de Austin y Ayer de aceptar algo planteado por él como original o importante. Hacer eso hubiera significado establecer algo que era verdadero. Verdadero porque las discusiones del círculo —aunque la mayor parte de las discusiones giraban alrededor de distinciones insignificantes en lógica y percepción— se sustentaban en un gran supuesto: que todas las soluciones a los grandes problemas podrían encontrarse si se trabaja lo suficientemente duro. Los filósofos aceptaban como axiomático el hecho de que podría haber una sola respuesta a una pregunta: las demás eran errores. Aún más. todas las respuestas verdaderas deben ser compatibles con otras respuestas verdaderas. La verdad es una unidad. La buena vida debe conformarse a estas verdades que los filósofos descubrieron: de otra manera no sería buena. Al final nosotros o nuestros sucesores descubrirán estas verdades. Y entonces seremos capaces de reorganizar a la sociedad sobre líneas racionales, libres de superstición, dogmas y opresión. Berlín no estaba de acuerdo con esto y admiraba a Maquiavelo por haber sido el primer gran pensador en negarlo. Un político no puede operar de acuerdo con la moralidad estricta de la vida personal.

¿Es Berlin un relativista? ¿Está afirmando que no hay disputas sobre los gustos o que no podemos entender a otras culturas porque no podemos penetrar en ellas? Por supuesto que no. Por más diferentes que seamos de los polinesios o de los antiguos atenienses, el sólo hecho de que podamos imaginar lo que sería ser uno de ellos significa que las comparaciones entre culturas son posibles. Nuestra habilidad para reconocer valores virtualmente universales informa toda discusión sobre la naturaleza del hombre, sobre la cordura o sobre la razón. ¿Es entonces un antirracionalista? Imposible para cualquiera que haya sido educado en Oxford. El se opone a Oakeshott porque cree que la razón puede aplicarse a diversos problemas sociales y producir resultados. La razón puede disminuir los rispidos conflictos entre fines buenos. Los intercambios pacíficos son posibles, no siempre son embustes. La razón es necesaria para atenuar los conflictos de la justicia, la misericordia, la privación y la libertad personal. Es cierto que cada solución crea nuevos problemas, nuevas necesidades y demandas. Si los niños tienen más libertad porque sus padres pelearon por ella, estos mismos niños pueden hacer reclamos urgentes por una sociedad más justa al grado de poner en peligro la libertad por la cual lucharon sus padres. Las ideas que liberaron a una generación pueden constituirse en los grilletes de las siguientes. Al decirnos esto Berlin nos está recordando que los filósofos por sí solos no pueden explicar la naturaleza del ser: el historiador también nos puede iluminar. Lo necesitamos para recordarnos que la gente no es una masa indiferenciada que debe ser organizada tan eficientemente como sea posible. La eficiencia y la organización no deben ser vistas como los fines últimos de la vida. Son medios, medios limitados, que le permiten a los hombres y a las mujeres vivir vidas mejores y más felices.

Nadie le ha dado más vida a las ideas que Isaiah Berlin. Y no debe extrañarnos, porque él las personifica. Viven porque son la progenie de los seres humanos, y Berlin es un conocedor de los hombres y de las mujeres individuales. Nada le agrada más que enaltecer a hombres famosos como Churchill o Roosevelt, porque acrecentaron la vida y mostraron que las fuerzas impersonales de la historia o que las llamadas leyes que gobiernan a la sociedad pueden ser deificadas. Los hombres y mujeres de genio cambian el mundo. Incluso los oscuros académicos, que por supuesto no cambiarán al mundo, pueden agregar algo a la suma total de comedia, idiosincrasia o tal vez tragedia cuando su singularidad se revela. Berlin quiere que entendamos la inmensa variedad de emociones e ideales que existen en el mundo que habitamos.

Es por esto Berlin insiste, que es absurdo esperar que los hombres y mujeres, aún más. sus ideas, se conformen a una serie de principios. Le gusta jugar juegos para llevar esto a nuestros hogares. En uno de sus mejores ensayos, dedicado a Tolstoi, divide a los pensadores en erizos y zorros —el erizo, que “sabe sobre una gran cosa”, como Dostoievski o De Aquino, y los zorros, que “saben muchas cosas”, como Turgenev o Hume—. Tolstoi, siendo un zorro de nacimiento, trató de convertirse en erizo. Así también divide a los hombres de Estado en aquellos con un principio único y que tratan de forzar los eventos a voluntad, como Hitler, Trotsky y De Gaulle. y aquellos que sienten cómo se suceden los eventos y cómo los sienten sus conciudadanos, y que encuentran la manera de darle cauce a esos sentimientos, como Lincoln, Bismarck, Lloyd George y Roosevelt. Se regocija en la diferencia entre los seres humanos. Admira a los remotos y austeros académicos, pero también disfruta de los académicos ruidosos y efervescentes que prefieren la vehemencia a la reticencia, el placer a la autoridad, que desinflan a los ególatras y pomposos. Los altos espíritus tienen su lugar tanto en la universidad como en gravitas. No es ciego a los yerros humanos y le desagradan los inhumanos e insensibles. De hecho, algunos de los que pelean por el poder y las posiciones son malos y siniestros. Como Hamlet. se sorprende de la “clase de obra que es el ser humano” pero, a diferencia de Hamlet también se deleita.

Berlin es entonces hostil a las pretensiones de los tecnócratas y los revolucionarios. Los tecnócratas —que imponen sus planes en contra de cualquiera, sublimes en su indiferencia a la ignorante oposición de aquellos para los cuales, ellos están seguros, existe un futuro mejor— lo aterran por su falta de humildad. Los revolucionarios, desinteresados por el sufrimiento lo mismo. En ocasiones puede ser necesario ir a la guerra, asesinar a un tirano, desobedecer la ley o el orden. Pero existe la posibilidad de que todo esto no sirva para nada. Una de sus citas preferidas, que utiliza una y otra vez. proviene de Kant: “Con el tronco torcido de la humanidad nada derecho puede construirse”. El sabe que los jóvenes pueden ignorarlo. Con frecuencia se manifiestan dispuestos a pelear y sufrir con tal de crear una sociedad más noble. Pero incluso cuando lo comparo con los socialistas más dedicados y puros de mi tiempo, sigo pensando que escribió las interpretaciones de la vida más verdaderas y conmovedoras de mi generación.

 

Noel Annan

Filósofo.

Traducción de Octavio Gómez Dantés