Escrito desde la perspectiva de quien nació afínales de los sesentas, este texto valora pero a la vez cuestiona al movimiento estudiantil de 68. ¿Qué fue lo que cambio y cómo? ¿Los avances positivos de los últimos treinta años se lo deben todo a él?

México es un país de conmemoraciones donde la historia brinca de una fecha fundacional a otra para enlazarse en una cadena de gestas heroicas. A menudo, esta organización de la memoria impide el uso constructivo del pasado. Algunas conmemoraciones tienen fecha de caducidad: al cabo de cierto tiempo pierden sus atributos simbólicos. La culpa la tienen, en parte, el tiempo y la desmemoria generacional. Los monumentos que languidecen olvidados por doquier atestiguan este fenómeno. En ocasiones la conmemoración es el producto de una peculiar metamorfosis por medio de la cual el recuerdo personal se convierte en memoria colectiva. Así, las luchas de una generación se transforman en una gran gesta nacional. La dimensión del mito es dual. No sólo se conmemora un evento en el pasado, también se afirman sus implicaciones presentes.

Con frecuencia creemos que las experiencias vitales que nos marcaron como individuos también cambiaron significativamente a esa comunidad imaginada que llamamos nación. Así nuestros relatos íntimos se entrelazan con la épica nacional que es transmitida a las generaciones que nos suceden. Al principio, la osmosis simbólica funciona bastante bien: por un tiempo los herederos de las gestas heroicas las reverencian con devoción. Honran un recuerdo que es a la vez propio y ajeno. Sin embargo, la memoria colectiva no es intemporal. Con el paso de los días y las noches el mito comienza a desgastarse. Lo primero que se agrieta es su contundencia. Esa es la primera señal de decadencia: las fechas sacras no se cuestionan, se guardan. Paradójicamente, la pérdida del aura de inobjetabilidad expone estas gestas a la acción corrosiva de la memoria. La consecuencia inevitable es que comienzan los cuestionamientos y las dudas. Se trata de regresar a la historia. Y la vuelta es dolorosa.

Cuando un mito goza de cabal salud y alguien atenta contra su integridad simbólica se produce una reacción que puede ser virulenta. Eso fue exactamente lo que ocurrió cuando Daniel Cosío Villegas, en su famoso ensayo de 1947. “La crisis de México”, puso en duda la vigencia de la Revolución mexicana. Entonces Cosío Villegas fue acusado de “sepulturero” de la Revolución. No que la Revolución estuviese viva; estaba más tiesa que un palo. La crítica hirió las susceptibilidades no sólo de los satisfechos cachorros de la Revolución, sino también la de testigos y actores que aún estaban vivos. Hacer el corte de caja de ese acontecimiento histórico atentaba contra la memoria íntima de personas de carne y hueso que no podían concebir que la Revolución no fuera la fuente de redención definitiva que ellos creían. En buena medida sólo así tenían sentido el pasado y el presente, por no mencionar el futuro. El agravio era. hay que entenderlo, íntimo. La hazaña de Cosío consistió en desafiar a la autoridad moral y simbólica del mito: lo llamó a cuentas. Luchaba también contra una falacia de composición que entonces era un lugar común y que todavía está con nosotros. La falacia aducía que todos los logros que disfrutaba el país —la paz. el crecimiento económico, el petróleo, los héroes del escuadrón 201. Pedro Infante, etc.— se debían en primera y última instancia a la Revolución. Era absurdo preguntarse qué exactamente le debían los mexicanos al movimiento de 1910. porque era obvio que le debían todo. Cuestionar si se habían cumplido cabalmente las promesas de redención social también era ocioso. Hoy, nadie se rasga las vestiduras por la muerte de la Revolución mexicana: con ella se fue —o está a punto de irse— una generación entera de mexicanos. Ahora, los mitos son otros.

La historia y sus deudos

El movimiento del 68 fue contestatario al igual que la Revolución en su origen. Ambos desafiaron a un Estado autoritario en nombre de ideales libertarios. En ambos casos su consagración simbólica definitiva ocurrió cuando sus protagonistas ya no eran rebeldes sino regidores de los destinos del país. El 68 tiene muchas deudas con la historia. Y, tal vez, las más evidentes no sean las más importantes. Hay archivos cerrados que deberían abrirse sin más dilación. Ahí se encuentran las respuestas a treinta años de preguntas. Esos archivos ofrecerían sin duda nombres y apellidos pero, sobre todo, confirmaciones. Probablemente habría pocas sorpresas de peso. Al país le constaría lo que ya sabe: que el gobierno encabezado por Díaz Ordaz y su secretario de Gobernación planearon y ordenaron con alevosía la masacre de estudiantes del 2 de octubre. Sabríamos, a ciencia cierta, cuál de todos los argumentos del gobierno justificó el crimen de Estado. Echeverría y los verdugos que sobreviven pasarían bastante mal sus últimos años. Ello ciertamente es importante. Sin embargo, hay muchas otras tareas pendientes. Posiblemente la principal de ellas sea una evaluación mesurada y rigurosa —no intimista, testimonial, autocelebratoria o nostálgica— sobre el significado del 68 para la historia contemporánea del país. Ese balance está aún por hacerse.

Es necesario abrir un espacio de reflexión y no sólo de conmemoración. Los qués y los cómos abundan. ¿Qué exactamente fue lo que el movimiento estudiantil cambió y cómo? La simple constatación de que el país que existe hoy es muy distinto al de hace treinta años es claramente insuficiente. ¿Podemos, en efecto, rastrear todos los cambios positivos —libertad ampliada de expresión, aparición de partidos competitivos, elecciones en proceso de normalización, creciente pluralidad política en el congreso y los estados— hasta el movimiento estudiantil? Para muchos no hay duda de ello. Con todo, hay algo impúdico en el ánimo autocelebratorio en boga. México ha cambiado, es cierto, pero sigue siendo un país pobre, injusto y cada vez más violento. El autoritarismo no ha desaparecido aún.

Pocas generaciones han llegado a la vida pública en un clima de tanta efervescencia ideológica y cultural como la de los sesenta. El movimiento no auguraba nada menos que el surgimiento de una importante generación que catalizara la energía creativa de la protesta estudiantil. Por lo menos se esperaba una generación a la altura del Ateneo o los Contemporáneos. ¿Dónde está esa generación y dónde están sus libros clásicos? ¿Cumplió esas expectativas? ¿Estuvo a la altura de las circunstancias? También era de esperarse que ante el anquilosamiento del régimen postrevolucionario el movimiento del 68 con el tiempo hubiera dado origen a un nuevo partido socialdemócrata artífice de la transición democrática. ¿Dónde está —estuvo— ese partido? Por el contrario, la democracia se demoró en llegar casi tres décadas. El 68 produjo no una anónima fuerza de cambio y renovación, sino varias corrientes políticas con nombre. Algunas contribuyeron —y contribuyen aún— a la construcción democrática mientras que otras la retrasaron. Hijos del 68 son algunos de los actuales miembros de PRD, del gobierno, así como los guerrilleros de ayer y hoy. La generación del 68, ¿ayudó a liquidar el quebrado sistema político o prolongó su vida? ¿Diseccionó sus entrañas cuidadosamente? ¿Explicó por qué logró sobrevivir veintiséis años cuando supuestamente se encontraba agotado? Estas son algunas de las deudas que tenemos con la historia. Sin embargo, es muy probable que la apretada agenda de conmemoraciones no deje espacio, ni ánimo, para estas preguntas.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Politólogo, investigador del CIDE. Su último libro es La sombra de Ulises (ensayos sobre intelectuales mexicanos y norteamericanos).