Hasta qué punto resultan valiosas la democracia y la justicia
queda patente en cuanto empiezan a desaparecer.
—Uwe Wittstock
El comienzo de esta historia se encuentra en el Salón de la Prensa en Berlín que cada año ofrece un baile que reúne a celebridades de la música, el teatro, el cine, el periodismo, la ciencia y el arte, la poesía y la literatura. Pero el de febrero de 1933 parece especial: la llegada de los nazis al poder hace apenas cuatro días ha conmocionado a lo que podría llamarse la inteligencia alemana. Se especula, circula por las calles y sus cafés y salas de conferencia el rumor de que Hitler ha iniciado una cruzada contra todo indicio de oposición. Cuando la sala se encuentra atestada de personas, aparecen figuras muy singulares como la de Josef von Sternberg, director de El ángel azul, rodeado de jovencitas estrellas de cine, entre las que no viene Marlene Dietrich, que se ha quedado en Hollywood. También se encuentra entre la multitud Heinrich Mann, el autor de El profesor Unrat, la novela en la que se basa la película, tan aclamada en sus dos versiones, la muda y la del cine sonoro.
Joseph Roth suele ir a esa fiesta, pero ahora no se encuentra con ánimo. No concede al nuevo gobierno ni un gramo de confianza, así es que abandona la ciudad a la que jamás volverá. “Gobierna el infierno”, escribe. Con esa frase Joseph Roth se despidió en febrero de 1933 de Berlín y se fue a la estación de tren donde tomó el primero que salía con destino a París. La frase no era una puntada que se lanza a la calle y con unos tragos encima, sino la evidencia de que una vez que los nazis estaban en el poder, un intelectual, un judío, escritor, dramaturgo, editor de periódico o revista disidente, corría el riesgo de ser arrestado por los grupos de asalto —SA o las SS, organización paramilitar— apaleado, luego hecho prisionero en una cárcel de mierda y muerto a patadas o de un tiro en la cabeza. Ese año también podía llamarse “el invierno de la literatura”.
Roth trabaja desde hace años como reportero del Frankfurter Zeintung y hace mucho vive en hoteles y pensiones, “creo que no podría escribir si tuviera una residencia fija”; todavía está fresca su novela La marcha de Radetzky, magistral historia que narra la decadencia de una familia, que ha sido leída en Alemania de una manera intensa y masiva. Pero con la llegada de los nazis al poder, no juega ni quiere perder un instante en una ciudad azotada por una fuerza inmensa contra la que es imposible luchar; desde París le escribe a Stefan Zweig: “A estas alturas le habrá quedado claro que nos enfrentamos a grandes catástrofes. (…) Hemos logrado que gobierne la barbarie. No se haga ilusiones. Gobierna el infierno”.
Ese año, la cultura alemana que se concentraba en Berlín, recibió un duro golpe a sus principios, a su producción artística y, por supuesto, puso en riesgo la vida de cientos de escritores. Cuando Egon Erwin Kisch regresó de su viaje a China como un reportero inquieto y comprometido que registró el curso de la historia de la revolución en el país asiático, se afilió al Partido Comunista y, contrario a Roth, a Brecht y a los Mann, decidió quedarse para dar la batalla contra los nazis que una vez expulsados del gobierno verían ondear la bandera de la hoz y el martillo en el Reichtag. Pero es judío, de Praga, ha escrito libros, agudos reportajes sobre las convulsiones del mundo en los años veinte, cree saber sin equivocarse, que el camino que va a tomar Alemania es el de la sociedad proletaria. Es autor de éxito.
En la noche del incendio del Reichastag (la noche del 27 al 28 de febrero de 1933), Kisch fue aprehendido en Berlín y llevado a la prisión de Spandau y, posteriormente, deportado como ciudadano checoslovaco. Es un escritor excepcional, que pudo huir a Estados Unidos, inclusive se exilió en México a finales de 1940, poco después regresaría a Praga. Sus libros son una clara y prematura lección de periodismo imparcial y libre de ataduras lingüísticas, preciso y envuelto en escenarios y actores como en las narraciones de más relieve.
La transformación que Hitler tenía en la cabeza para colocar a Alemania en la antesala del progreso industrial, militar, tecnológico, social y en una nueva dimensión del arte y de la ciencia, de la música, el arte escénico y la poesía, partía de una premisa: nadie debía vivir en el país si no era capaz de aceptar las reglas recién salidas de las oficinas que el Tercer Reich había decidido implantar. Comunistas, judíos, socialdemócratas, periodistas críticos, actores, directores de teatro, opuestos al régimen tenían un nuevo nombre a partir de este febrero frío y en llamas: traidores a la patria. La carta que recibe Klaus Mann es inequívoca en ese aspecto, la firma Gottfried Benn y le dice que quienes han emigrado no han entendido que la llegada al poder de los nazis “no supone un cambio de forma de gobierno, sino una nueva visión del nacimiento del hombre, tal vez una antigua, quizá la última gran concepción de la raza blanca, probablemente una de las más grandiosas realizaciones del espíritu que haya existido jamás en el mundo”. Fue la respuesta que dio Benn a la idea de Mann de que no recibiría ningún reconocimiento de los nazis sino ingratitud, “burla y persecución”.

El ambiente artístico, social, se fue nublando en toda Alemania y cada escritor fue recibiendo una línea de terror, miedo e incertidumbre, ante la violencia que los SA y los SS han desatado por órdenes directas de los asesores de Hitler. Para las autoridades recientes había que exterminar todo signo de oposición, toda actitud que pusiera en duda los objetivos y las grandezas que de ahora en adelante se llevarían a cabo para reivindicar la historia del pueblo alemán. Y los artistas eran los principales obstáculos para cumplir esa tarea. Algunos pudieron salir del país, otros sucumbieron en los campos de concentración, pero la herida que el terror nazi abrió en la conciencia de los individuos, hombres y mujeres que vieron venir la catástrofe, no siempre fue posible cerrarla. Muchos, ya en el exilio en Estados Unidos o en Europa, no soportaron vivir con ese recuerdo encima y pusieron fin a sus vidas mediante el suicidio. Brecht se refugia en California y trabaja para la industria cinematográfica de Hollywood; Thomas Mann encontró un buen sitio en Santa Mónica, pero regresa a Europa después de la guerra. Cuando un gobierno totalitario, popular, toma las riendas de una nación, la actividad cultural y artística sufre un colapso; a ella van dirigidas todas las amenazas, en las que se incluye responsabilizarla de desviación del paradigma ideológico que se dibuja en el horizonte. Eso fue lo que estremeció en febrero de 1933 a los alemanes. Fue el final de un proceso de asedio que comenzó en los años veinte. El arte, el teatro, la literatura fueron colocados en la mesa de los acusados si no servían a la visión nazi. Y el cine, un espectáculo ya consagrado en ese año, también.
En 1930 llegó a las grandes pantallas alemanas la versión cinematográfica de Sin novedad en el frente; casi de inmediato, Goebbels “envió a las salas de Berlín y de otras ciudades a sus matones de las SA” a lanzar bombas fétidas, golpear a los espectadores y las funciones se suspendieron. ¿La razón? Muy sencilla y directa: “Porque ponía en peligro la reputación de Alemania”. Para cada acto violento gratuito, ajeno a la razón Goebbels, Göring y otros miembros destacados del régimen nazi tuvieron una excusa, una explicación con semblante patriótico. A Gabriele Tergit, una mujer pequeña de unos 30 años, periodista excepcional que lee mucha gente, ya que sus artículos son mordaces y divertidos, Goebbels la insulta de manera pública con la frase “miserable judía”.
La fase institucional del Tercer Reich comenzó a escribir sus leyes para imponer prohibiciones a diarios y revistas, editoriales, empresarios teatrales, escritores, creando la Liga Militante para la Cultura Alemana que, por ejemplo, prohibió la lectura del escritor satírico Alexander Roda Roda, ya que es un autor judío y “supuestamente contribuye a la decadencia de la cultura alemana”. Se suspende también el estreno de La medida, de Brecht, el 28 de enero porque es una “representación comunista-revolucionaria de la lucha de clases”. Era una “literatura de asfalto”, frase con la que los nazis condenaron toda producción artística incondicional a ellos.
Ésta es una breve nota de la larga historia que vivieron los opositores al régimen nazi y de la que da cuenta Uwe Wittstock, en Febrero de 1933. El invierno de la literatura (Ladera Norte, Madrid, 2025); a través de un relato ameno, intenso, basado en una investigación bibliográfica y de trabajo de campo, amén de la revisión hemerográfica, aparece la verdad de la catástrofe que arrasó Alemania de 1933 a 1945.
Álvaro Ruiz Abreu
Escritor y profesor universitario. Sus últimos libros: Viajeros en los andenes y El arte del engaño.