Minucias y misterio

Amaneció nublado cuando el día estaba esperándome con su colección de minucias por resolver. Todo y nada. Entré al agua caliente y agradecí tenerla y sentir en la cabeza las gotas aliviándome. “Todavía tengo tiempo”, me dije mirando mi cuerpo estremecido y vigilante. Escribir es un modo de gritar lo que sabemos como un secreto guardado bajo el agua: “Una cosa es no tener pelos en la lengua y otra no tener pelos en el pubis. O se es niña o se es vieja, lo demás es misterio”.

Esto quiero escribir me dije y salí a resolver el asunto del yeso que había caído desde el techo por todo el cuarto que ahora llamamos de juegos porque los nietos han ido dejando los juguetes que olvidan. Los vigila un librero al que nunca acudimos, porque ahí están nuestros personales juguetes abandonados. Los libros que ya no vamos a leer, las copias de algunos que escribimos hace años.

Jaque Jours

Como una serpentina, la memoria vuela, estremece, viaja. Y nos ayuda a vivir acompañando el misterio ¿Por qué se cae una parte del techo de mi casa? Pues porque es vieja, porque llovió de más, porque la humedad hizo su trabajo. Pero también porque así lo resolvió el azar, como si quisiera convertir el cuarto en una metáfora: hace rato que ya no soy joven. Esta casa, construida por quién sabe quién en el año de 1912, la compramos en ruinas, como terreno, en el año de 1985. Y durante dos años le fuimos poniendo tiempo y salarios hasta que pudimos meternos con todo y niños a vivir entre sus paredes de tepetate. “Pues ahora, a tirar esto y a construir la nueva, atrás, fuera del ruido”, me dijo con audacia quien me la vendió. Todavía se permitía, como sucedió con las dos de al lado, tirar lo que se consideraba viejo. Pero yo si algo había comprado era la promesa escondida en las ruinas y la entereza altiva de la fachada intacta. Vivíamos en el sur de la ciudad de México y nunca quisimos sino regresar a quedarnos cerca del bosque de Chapultepec, en la colonia Condesa, que entonces no estaba de moda, pero en la que vivía, como una brújula frente al Parque México, la sabia y vehemente doña Emma. Una mujer que en medio del trajín que fue su vida sabía seguir cantando como cuando era niña. Entre más pasa el tiempo, más la extraño. Nos sucede a las hijas con las madres, no siempre a las nueras con las suegras. A mí me sucedió con ella, como un milagro, querer tanto a la mamá de mi largo cómplice en el mundo, mi suegra.

Doña Emma tenía los dedos largos y diestros y como nadie una pasión por las historias y las palabras que aún me hace falta todos los domingos y muchas tardes. Me gustaba llamarla, sólo para saber cómo estaba y oír su voz. Y siempre estaba bien ella, aunque no todo a su alrededor. Ahora que me despiertan las penas de otros, la entiendo como nunca. Así como estuvo, tres cuartos de sus noches, cosiendo los más sofisticados vestidos de novia y los más audaces vestidos de actrices cuyos pechos deslumbraban a los habitantes de su casa de huéspedes espiando por los visillos mientras ella prendía los alfileres que ajustaban la seda a la cintura de Isela Vega o de la novia de un político ausente; así, con esa misma dedicación estaba en su primera vejez prendiendo los alfileres que ajustaban la mañana de sus más queridos. De repente a sus sobrinos se les estaban muriendo unos pollos en el ardiente aeropuerto de Chetumal, porque en la aduana no los dejaban entrar alegando no sé qué detalle mientras los pollos se cocinaban antes de tiempo. Y ella, sentada en su sillón con la costura en las piernas, se organizaba para pedirle a quien debiera que los ayudara. Siempre conseguía el auxilio. Sus hijos, que escriben como ella bordaba, la han contado como nadie, pero yo no quiero quedarme con las ganas de nombrarla desde mi memoria y mi reverencia.

Me da tristeza no haberle dado el gusto de casarme a tiempo con el papá de sus nietos, porque pasamos treinta años durmiendo y queriéndonos sin más lazo jurídico o religioso y a ella le hacía ilusión que firmáramos un pacto frente a un juez, en la sala de su casa.

Como si hubiera sido un mandato caído desde la estrella en que ella ha de estar, el mismo año de su muerte nos casamos en una calle de Chetumal, justo frente a la fachada de madera de la que había sido su casa, ahí donde vivió enamorada de un esposo con el que hizo cinco hijos. Hombre que en su cama no generó un reproche pero que al desaparecer dejó en el aire un silogismo que sólo pudo resolverse cuando sus hijos empezaron a escribir, justo como se escribe, para gritar lo que sabían de una historia cuyo remedio sólo estaba en sí mismos y en la fe con que sus hermanas confiaban en las luces de su madre. Mi suegra era una sabia sencilla y generosa, dispuesta a prodigar la música que acompañaba la vida de otros y al mismo tiempo tan metida en el suyo que no le daba tiempo de meterse a tergiversar las vidas en pareja de sus hijos. “Yo quiero a mis nueras porque quieren a mis hijos”, decía. Y ése era su modo de agradecer en público nuestra presencia. Pero yo sé bien que más amor nos tuvo, que nunca acudí a ella sin recibir la cauda de ese cometa que era su alma. Por eso la extraño cada vez más. Me urgen sus consejos incluso para luego contradecirlos. Podía imaginarse que un catarro se curaba con aceite de ricino, y lo decía con gran contundencia, pero nunca me dijo: “Hija, tienes que hacer algo útil para quitarle la tos a ese niño”.

¿Qué diría ella del techo que se cayó en el único cuarto de esta casa que aún tenía techo cuando la compré? Puse nuevos en todos menos en ése, porque había sido el único construido con vigas de acero y ladrillos firmes. Los demás estuvieron cubiertos con tejas sobre vigas de madera y la lluvia los había desbaratado sin clemencia durante los cincuenta y tantos años que vivió vacía. Adriana, mi buena amiga, la práctica y pródiga en consejos, cuando oye las anécdotas que me va dando el empeño de corregirle los achaques a esta casa en que hemos vivido ya casi cuarenta años, me dice que la venda y me compre un departamento nuevo en un lugar con calles mejor vestidas que las del barrio de Tacubaya. Y yo que casi siempre aprovecho sus consejos le digo que esta sugerencia me suena como una aberración que podría convertir mi primera vejez en una muerte súbita.

Atada a esa certeza caminé contemplando lo bien que habían quedado los vidrios nuevos con que enmendé el lío que era la vejez de los antiguos perforada por la lluvia que entraba hasta el comedor mermando a diario la madera del piso hasta dejarlo lleno de chipotes y duelas levantadas. Eso estaba resuelto justo el día anterior al ayer en que la mitad de un techo viejo se desmoronó cayendo sobre los juguetes y los libros del primer cuarto de esta casa, justo el que está detrás del viejo balcón cuyos herrajes acabo de pintar, abierto a la calle en mitad de la invencible fachada. Empujé la puerta y toda yo, sin pelos en la lengua, insulté al techo, al piso y a la metáfora de este país lleno de muertos al que no hemos podido enmendar, por más que hemos estado en el intento desde antes de meternos en esta casa hasta 2025 en que acabó de caerse el techo de lo que era nuestra incipiente democracia. ¿Qué consejo me podría dar doña Emma? “Levántalo, hija, y no dejes de acompañar a quienes creen que todo lo construido está en el suelo. Levántalo y no hagas drama, deja de renegar y acompaña el desfalco, porque también es deber de los viejos volver a construir lo caído. En las casas, en el país de sus hijos y en el innegable 2026. No te alejes del misterio que es vivir. Todavía hay tiempo”.

Ángeles Mastretta

Escritora. Autora de Yo misma. Antología, El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores y Mujeres de ojos grandes, entre otros títulos

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: 2026 Enero, Puerto libre