Las flatulencias del Mesías y las licencias del humor político ante las faldas

Hoy los periodistas vivimos con miedo a reír de más, a usar una metáfora que hiera. Hace apenas unos meses introduje en ChatGPT un artículo crítico contra una funcionaria y añadí el marco normativo que castiga la violencia política de género. Con esos dos elementos, pedí que identificara las frases que un juez parcial, malintencionado podría usar en mi contra. Encontró una. Era una metáfora: el vedettismo político. Para evitar conflictos con un juez afín al poder, ChatGPT me sugirió añadir entre paréntesis la frase: “Estoy usando una metáfora”.

Cuando la gobernadora de Campeche logró que un juez silenciara a un periodista y a un medio con el argumento de daño moral, violencia política de género e incitación al odio, se me pararon los pelos de punta. El poder no debe apropiarse de herramientas diseñadas para los sectores vulnerables a fin de defenderse de la prensa; y la prensa, a su vez, necesita un capelo especial de protección que garantice su función crítica.

He documentado once casos similares entre 2018 y 2025. Casos judicializados, multas y persecución en tribunales contra periodistas que no tuvieron el cuidado de usar el paréntesis que me sugirió la inteligencia artificial y que enfrentaron —o aún enfrentan— juicios por violencia política de género contra funcionarias, legisladoras o gobernantes.

Si nosotros, los periodistas, sentimos miedo, no quiero imaginar cómo se sienten los caricaturistas.

Hace un año me topé con una revista alemana cuya portada mostraba a un político sodomizando a otro político, en caricatura. Mi sensibilidad de mexicana del Bajío hizo que me pareciera de pésimo gusto, pero sigo creyendo que representaciones así de extremas no deben ser juzgadas en beneficio del poder. Trataré de argumentarlo.

En la historia de las libertades modernas, pocas formas de expresión resultan tan incómodas como la sátira. No porque revele verdades profundas, sino porque desarma ficciones. La imagen de un político sodomizando a otro no explica su gestión ni registra la verdad; la deforma y ridiculiza. Los aludidos pueden decir que la revista miente y sí, pero en la sátira la verdad fáctica es irrelevante y la mentira no engaña a nadie.

Recuerdo a un funcionario capitalino que me llamó enfadado porque en una calaverita del Día de Muertos lo puse a decir una tontería sobre las ciclopistas en un diálogo con la Muerte. “Eso es falso”, me reclamó. ¡Pues claro! Y Claudia Sheinbaum no tiene la nariz que le dibuja Ele ni Andrés Manuel López Obrador el meteorismo con el que siempre lo caricaturizó Falcón. Los cartonistas desplazan la crítica política hacia lo grotesco y lo corporal. Y, por supuesto, es falso.

Además, para mí es evidente la diferencia entre burlarse de una niña con sobrepeso y usar ese mismo rasgo para señalar la contradicción entre el discurso y el comportamiento de una senadora. Todo depende del contexto, de la intención, de quién se burla y de quién es el blanco. Si es un poderoso, no es víctima y si es un periodista, no es victimario. No hay simetría entre quien ejerce el poder y quien lo observa críticamente.

¿Puede la burla ser destructiva? Sí. ¿Puede reproducir estereotipos, racismo o clasismo? También. Pero la vida pública no puede regirse por las mismas normas que las relaciones privadas. La crítica se dirige hacia quien tiene poder, no hay que olvidarlo.1

La burla sirve para recordarnos que el monarca no está hecho de mármol sino de carne, de la que se arruga y se pudre. La sátira le arrebata al poder sus símbolos de veneración y, con ello, su aura de inviolabilidad. Atención, ¡ésa es una función política crucial! Si un presidente tiene flatulencias, no puede ser el Mesías. Si una gobernadora tiene bigote, es tan humana como cualquiera.

Los cartonistas lo saben. Los del siglo XIX, los del XX y también los actuales, pero muchos ya no se atreven a ciertos gestos visuales. Aunque entiendo el contexto de violencia contra las mujeres, hoy las caricaturas de Claudia Sheinbaum me parecen muy mesuradas, muy respetuosas. En Inglaterra, Nicola Jennings dibujó a Theresa May colgando de un cuchillo llamado Brexit. En Francia, Charlie Hebdo retrató al papa con una mancha fecal en la sotana. Aquí corremos el riesgo de divinizar a una de las gobernantes más poderosas de los últimos cincuenta años. ¿Cuál es el umbral? Yo diría que no hay.

La burla no destruye la democracia: la ventila. Nos recuerda que el Estado no es sagrado.

Sostengo que los periodistas pueden burlarse del poder, aunque éste use falda. Los caricaturistas pueden deformar a las gobernantes, aunque usen falda. Si me preguntan si la sátira debe tener límites, responderé que no. Si el blanco es el poder, todo se vale.

Ivabelle Arroyo

Es ensayista, analista política, periodista.

1 Para éstas y otras cavilaciones a favor de la libertad en el humor puede consultarse: Passard, C., y Ramond, D. (eds.). De quoi se moque-t-on? Satire et liberté d’expression, CNRS Éditions, París, 2021 y para contrastar con ideas sobre los posibles efectos negativos del humor, puede consultarse Contreras, J. C. A. “Explorando las fronteras del humor negro”, Cuaderno 250, Centro de Estudios en Diseño y Comunicación, Universidad de Palermo, 2025, pp. 119-144.