En los últimos diez años la sociedad mexicana ha perdido el sentido del humor. No me refiero a los profesionales, sino al pueblo llano, al que vive en este país.
Si algo nos había salvado de caer en una depresión colectiva, fue contar chistes que, ante la cerrazón autoritaria, solían divertir hasta a los poderosos.
Pero eso no sucede más, mucho menos desde que Andrés Manuel López Obrador arribó al poder en 2018. El humor político menguó en toda la sociedad. El pueblo bueno y sabio, de pronto, se calló, sólo unos locos siguen creyendo que el humor es necesario.
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