Durante el largo régimen posrevolucionario, la censura no funcionaba como un muro sino como un sistema de esclusas. Había líneas infranqueables —los ataques directos contra el presidente, las Fuerzas Armadas o ciertos tabúes del poder— pero también existían diversas zonas o momentos de tolerancia, márgenes donde cabían la ironía, la insinuación o la crítica a veces más y a veces menos moderada. El impulso censor no embestía tanto mediante la fuerza, solía ejercerse apelando a la conveniencia: los periodistas probaban hasta dónde podían llegar y los funcionarios les indicaban cuándo era demasiado. Era un juego tácito de múltiples iteraciones, sostenido por cercanías políticas, presiones económicas y un sentido común compartido sobre la viabilidad y los riesgos de desafiar al poder.
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