Con frecuencia suele considerarse que el objetivo de la caricatura política es ridiculizar al referente que alude y provocar la risa. Es así en buena medida, pero no debe perderse de vista que también neutraliza aquello que representa al tiempo que invita a la reflexión de quien la observa. En el caso mexicano, durante la Revolución de 1910 proliferó y se consolidó en la prensa periódica un tipo de caricatura que por sus rasgos y características he definido como intimidatoria —Caricatura e historia. Reflexión teórica y propuesta metodológica (IIH-UNAM, 2023)— y cuyo uso se puede rastrear hasta la actualidad.
La caricatura intimidatoria no sólo exhibe, critica y se burla sino que demoniza y destruye valiéndose del recurso de la violencia, apelando en ocasiones al horror. No busca hacer reír sino amedrentar el ánimo de quien la recibe, sembrar miedo y volver a quien mira la imagen en contra de lo que o de quien se representa. El caso icónico es la representación de Emiliano Zapata que hizo la prensa contrarrevolucionaria en publicaciones como La Risa, El Ahuizote e Ypiranga, sobre todo en Multicolor, donde lo representaron como un ser despiadado, un antropófago, un carnicero que en lugar de reses destaja cuerpos humanos, un terrible asesino.
La caricatura intimidatoria fue y ha sido utilizada para promover el temor y la desconfianza de la población en contra de lo que en ella se representa y que quienes la realizan consideran una especie de amenaza. Al mismo tiempo, esa forma de caricatura dejaba y deja traslucir las preocupaciones, las fobias y los miedos de quienes las producían y las producen —impresos y realizadores— y la de los sectores que representaban y representan. Así, por ejemplo, el feminismo, las madres buscadoras, la infancia sin medicamentos para tratar el cáncer o la violencia de género, entre otros, son constantemente desacreditados por un sector de caricaturistas. Alguno hay que desde la oposición reivindicaba el feminismo y desde el gobierno lo denostaba, presentándolo como una amenaza social.
La caricatura política, la invectiva —oposicionista y denostadora—, la híbrida —apologética y denostativa a la vez—, la ambigua —que se mueve entre la exaltación y la descalificación, sin dejar en claro su objetivo—, la violenta —esa que usa elementos para atemorizar pero que aún permite la risa— o intimidatoria se genera desde las diversas posiciones periodísticas: independiente, crítica y la francamente opositora, tanto como del lado de la prensa progobiernista y la oficialista. Y es así ya sea porque compartan intereses o por convicción ideológica. Dicho de otra forma: ninguna caricatura es inocente. No sólo expresa la opinión de quien la realiza o del medio en que se inserta, sino que persigue un fin concreto: influir en el ánimo y la posición política-ideológica de sus receptoras y receptores.
En 2018, uno de los espacios donde el arribo del nuevo partido al gobierno supuso un reacomodo sustancial fue el de la caricatura política en medios impresos y digitales. Para el caso del siglo XX y lo que corre del XXI, aclaro que entiendo como caricatura política aquélla elaborada y firmada por una persona que la concibe y realiza. Esto es, dejo fuera de esta reflexión otras formas de burlarse de la política a través del humor.
A partir del triunfo presidencial del “primero los pobres”, publicaciones y lápices que durante varias décadas se asociaron a la crítica política en la esfera pública dejaron al descubierto que lo suyo era en realidad oposición partidista revestida de conciencia ciudadana y periodística. Caricaturistas de fino sentido del humor y agudo sentido crítico que, salvo excepciones quizá, contaban con el respeto de “tirios y troyanos”, que eran la crítica y la oposición de los regímenes anteriores trasmutaron en apologistas del nuevo grupo en el poder, en humoristas al servicio de una facción personalista dentro del partido —que pretenden movimiento— y hasta en detractores de causas sociales y políticas que antes abanderaban.
La caricatura como ejercicio de crítica al poder cambió de bando. Con el paso de los meses y los años, alguna/os caricaturistas que, en un principio apoyaban al partido de “izquierda”, empezaron a tomar distancia y a elaborar su propia censura al régimen, al tiempo que nuevos lápices se sumaban a la necesaria supervisión y evaluación de las actuaciones de representantes y funcionariado. En tanto, del otro lado, quienes habían sido opciones críticas, velada o abiertamente, han optado por una caricatura que busca dividir a la sociedad, polarizar a la población e intimidar el ánimo popular.
La política de quienes hoy gobiernan y dibujan para el régimen convirtió los principios ideológicos y éticos de la izquierda en una caricatura; una caricatura en la que los derechosos de ropero se travisten en zurdos para echar abajo logros de décadas de lucha ciudadana —con todas sus limitaciones pero logros—: instituciones autónomas, acceso a la información pública gubernamental, elecciones reguladas por un órgano independiente, equilibrio de poderes y poderes ajenos a las causas partidistas, funcionariado de carrera; y que en lugar de votar para cancelar la prisión preventiva, la reafirmaron; en lugar de otorgar mayores garantías mediante el amparo, lo debilitaron…, en fin, la lista es larga. Una auténtica izquierda defiende y amplía derechos, no los limita.
Fausta Gantús
Profesora e investigadora del Instituto Mora. Es integrante del SNII. Entre sus libros más recientes: Caricatura e historia. Reflexión teórica y propuesta metodológica (2023); Herencias. Habitar la mirada / Miradas habitadas (2020) y Dos Tiempos (2022).