Mickey Mouse y Bob Esponja no son caricaturas (son dibujos animados) como tampoco Garfield o Mafalda (tiras cómicas), Superman y Batman (superhéroes de cómic), Astérix y Tintin (bandes dessinées, o sea, cómics pero franco-belgas), el Maus de Art Spiegelman o la Valentina de Guido Crepax (novelas gráficas), La Familia Burrón y Memín Pinguín (historietas, constructo mexicano equivalente al castizo tebeo de, digamos, Mortadelo y Filemón).
Bien lo teoriza el historiador literario Alain Vaillant en su ensayo sobre la estética de la risa incluido en el volumen coral francés L’Empire du rire: una caricatura es un retrato “que concilia imitación y deformación” —que remeda con más o menos mala leche— y que mueve a risa a partir de “la comparación cuasiinepta y acaso inaceptable entre un ser y su representación”: algo de frenológico —aun si chacotero— habrá en ese universo en que la atrofia física es a menudo indicador de extravío moral.
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