Mi exilio no fue una elección fácil. Fue una consecuencia de decir lo que pensaba, de dibujar lo que veía. Durante casi dos décadas mis caricaturas fueron una ventana abierta en medio de la oscuridad informativa de Venezuela. A través del humor y la ironía, retraté el deterioro del país, la corrupción, la censura y el dolor de una sociedad herida. Cuando un dibujo sobre la muerte simbólica del sistema de salud provocó mi despido y persecución, comprendí que mi lápiz se había vuelto un arma demasiado poderosa para el poder. Entonces supe que debía marcharme, no para callar, sino para seguir diciendo.
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