El ejemplar de Balún-Canán que tengo en mi biblioteca personal es uno de mis libros favoritos. En la primera página tiene un sello que dice “Sala de lectura Gregorio Samsa”, un espacio que mi mamá formó junto con sus alumnos en la Universidad Veracruzana. La portada del libro está rota y del apellido “Castellanos” sólo sobrevive la “C”; la contraportada está llena de puntitos negros que, yo espero, no sean hongos. Es uno de los objetos que más atesoro por su rareza: jamás he encontrado la misma edición en ningún lugar, aunque confieso que tampoco lo he buscado con ahínco. Quizás para que conserve ese halo de originalidad.
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