Vuelvo a La señal trece años después. Nuestro primer encuentro fue escolar, marcado por el pasmo que causa el descubrimiento de un estilo de escritura; una aproximación desde adjetivos mil veces repetidos en las introducciones de antologías y artículos académicos; notas de lectura rebosantes de entusiasmo juvenil para la materia de Literatura mexicana del siglo XX. Conocí la obra de la cuentista, ensayista y crítica Inés Arredondo (Culiacán, Sinaloa, 1928-Ciudad de México, 1989) desde la otra orilla de la juventud, en mis veintes, cuando los temas de la infidelidad, el duelo, la maternidad, la culpa, la frustración se empezaban a manifestar en mi vida como una posibilidad, tal vez como una premonición.
En ese ensayo, mi fascinación ante Arredondo se originaba en el lenguaje, en su vigor para evocar emociones mediante frases justas, donde nada sobra ni queda fuera.
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