“El mes de enero hace que me sienta un burócrata del tiempo”, me confesó mi respetable amigo. Un burócrata del tiempo: uno de aquellos que suponen la infancia como la época de oro por antonomasia y el tiempo presente como una carga que debe ser transportada hacia un futuro siempre misterioso. “Vivimos en comunidad y debemos fingir cierto amor al calendario y a las tradiciones; digamos que aceptar esa responsabilidad es lo menos que podemos hacer si los demás creen que un año comienza y no es tan sólo un momento de la duración”.
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