Extiendo el brazo hacia la regadera, pongo la mano sobre la llave, la muevo lentamente haciéndola jalar a la izquierda.
Justo acabo de despertarme, aún tengo los ojos llenos de sueño, pero soy del todo consciente de que el gesto con que inauguro el día es un acto decisivo y solemne, que me pone en contacto a un tiempo con la cultura y con la naturaleza, con milenios de civilización humana y con el trabajo de las eras geológicas que han dado forma al planeta. Lo que le pido ante todo a la regadera es que me confirme como señor del agua, perteneciente a esa parte de la humanidad que gracias a los esfuerzos de muchas generaciones ha heredado el derecho a convocar al agua con la simple rotación de un grifo, detentador del privilegio de vivir en un siglo y en un lugar en el que casi en cualquier momento puede disfrutarse de la más generosa profusión de aguas límpidas. Y sé que para que este milagro se repita a diario deben darse una serie de condiciones complejas, por lo que la apertura de un grifo no puede ser un gesto distraído y automático, sino que exige una concentración, una participación interna.
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