Romance de la ninia maya

En la bahía de Chetumal puede leerse el calendario. El viento Norte le riza la cabellera y la convierte en una piscina con oleaje; las espumas se desmadejan contra el malecón y el terraplén del muelle.

Los pescadores conocen los ocultos vericuetos por los que puede transitarse esquivando los bajos para llegar temprano con su carga nutritiva al atracadero, donde los vecinos madrugadores acuden para la compra del pescado. El río Hondo se clava en la bahía como un dardo azul.

Cordilleras de chicle salieron en tiempos mejores por la ruta del canal de Bacalar Chico y de allí a la libertad encrespada del Caribe con rumbo a la Wrigley’s de Chicago.

En ciertas épocas la superficie verde azul de la bahía se torna ocre, castaña, como si el pueblo maya hubiera acudido de improviso a bañarse en el estero del Chac y pigmentara con su piel multiplicada los colores del océano; hay quien dice que la nueva tonalidad obedece a que están bajando troncos por el río; es la sangre de las caobas que se revuelcan como tiburones arponeados en las aguas.

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