La esencia de Yū Miri

En las biografías escritas en las solapas de sus libros, se informa que  Miri nació en Japón en 1968. Eso es cierto, pero ella siempre aclara a quienes la conocen por primera vez: “No soy japonesa. Nací en Japón, pero mi nacionalidad es coreana”. Con ese detalle en mente algunos aspectos de las historias que narra adquieren un significado más personal. El no sentirse parte de un lugar o no tener en dónde estar y que esa extrañeza provoque la indiferencia o los ataques de otras personas; el rescate de voces y tradiciones locales; el que una sociedad te ponga en el escalón más bajo.

De ésos y otros asuntos conversó Yū Miri a finales de febrero de este año, en su primera visita a México. La tarde de un miércoles se reunió durante tres horas con alumnos de El Colegio de México y la tarde de un jueves estuvo en la Antigua Capilla como invitada a la FIL de Minería. El hilo conductor de esos dos encuentros fue su libro Tokio, estación de Ueno (Impedimenta), pero todo derivó en una biografía breve narrada por ella misma.

La infancia de Yū Miri fue complicada y solitaria. En casa, cuenta, se preservaban las costumbres coreanas, aunque afuera tuvieran que comportarse como japoneses. Su familia tuvo que empezar de cero en Japón, luego de la invasión a su país. Para integrarse adoptaron nombres japoneses. En la escuela, Yū Miri padeció el rechazo de sus compañeros; de tan silenciosa, un día le preguntaron: “¿Eres coreana y por eso no puedes hablar japonés?”. Desde entonces no es ajena a lo que viven los migrantes, los excluidos o los reprimidos.

Como no tenía amigos, encajó muy bien en la biblioteca. Ahí, entre muchos otros autores, se familiarizó con Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Recuerda que leyó Cien años de soledad y que transcribió Crimen y castigo.

Lo que vivió más adelante no lo detalla tanto, pero puede reconstruirse con fragmentos de reseñas y entrevistas. Fue expulsada en su primer año de la preparatoria. Cuando tenía 16 la seleccionaron como actriz en una audición para integrarse a la compañía teatral Tokyo Kid Brothers, donde también fue asistente de dirección. Al tiempo formó su propia compañía, Seishun Gogetsuto, y empezó a escribir obras de teatro. El paso oficial de la dramaturgia a la narrativa fue la novela breve Ishi ni Oyogu Sakana (El pez nadando en la piedra), publicada en la revista mensual Sincho en el número de septiembre de 1994. Esta historia desató otra historia que llegó hasta los tribunales. El 16 de febrero de 2001, The Japan Times informó que un día antes el Tribunal Superior de Tokio confirmó el fallo de un tribunal inferior que pedía a Yū Miri y a la editorial Shinchosha Co. suspender la publicación de esa novela y pagar 1.3 millones de yenes a una amiga de la autora, quien presentó una demanda por difamación. El argumento fue que la escritora inspiró en ella uno de los personajes.  Miri aceptó que sí había retomado algunos detalles de la mujer, pero no al punto de que los lectores pensaran que su personaje ficticio provenía de un personaje real. Según la sentencia, se había violado la privacidad de la demandante.

En 1996 publicó Furu Hausu (Casa llena), que obtuvo el Premio Noma como mejor novela de jóvenes escritores. Al año siguiente recibió otro prestigioso premio literario, el Akutagawa, por Kazoku Shinema (Cine familiar). Este libro tuvo un gran recibimiento en Japón y se volvió un superventas, pero hubo críticas en la prensa que revelaron cómo, a pesar de que es una autora que escribe su obra en japonés, no era aceptada por completo.

Ese rechazo provocó circunstancias complicadas para Yū Miri: recibió amenazas de muerte, la increparon en eventos públicos hasta el punto de que fuera complicado que presentara sus libros. Todo por personas que no aceptaban que una escritora descendiente de coreanos narrara la vida de los japoneses.

Detrás de Tokio, estación de Ueno hay una historia muy particular, cuyos detalles  Miri compartió a lo largo de aquellos dos encuentros en Ciudad de México. El 11 de marzo de 2011 hubo un accidente en la central nuclear número 1 de la Compañía Eléctrica de Tokio en Fukushima, por el tsunami que provocó el terremoto en Tohoku. Ante el desastre que debían enfrentar quienes habitaban en la zona cero, Yū Miri comenzó a visitar esa área el 21 de marzo y se inscribió como voluntaria en la radio provisional que daba servicio a la comunidad. Ahí se divulgaban avisos para que la gente supiera dónde encontrar agua, alimentos o un sitio para bañarse. Cuenta la autora que percibía tanta tristeza contenida que se le ocurrió hacer un programa: Dos contra uno. Ella invitaba a dos personas originarias de Soma (familiares, amigos o con cierta cercanía) para que contaran cosas más allá de esa tragedia que habían vivido. El programa se transmitía cada viernes. Para llegar desde Kamakura, donde vivía entonces, hasta la zona de los albergues, viajaba cinco o seis horas porque las líneas del tren no daban servicio de manera regular. Entre esas idas y vueltas, comenzó a escribir Tokio, estación de Ueno. Usó su teléfono y como cuaderno una cuenta de Twitter: le servía acotarse a los pocos caracteres de un tuit.

En casos de emergencia, explica, esas radiodifusoras funcionan durante seis meses, más o menos. Para sorpresa de muchos, ésta duró un año. Sin embargo, Dos contra uno estuvo al aire siete años. En total entrevistó a 600 personas y viajó a distintos lugares para encontrarlas. En medio de ese tiempo, Yū Miri se mudó a Minami Soma.

El programa número cien está ligado a un cambio importante en la vida personal de Yū Miri. En aquella ocasión entrevistó a un profesor de una escuela técnica de Minami Soma donde se formaban jóvenes ingenieros que después encontrarían trabajo en la compañía de luz cercana. Él le propuso que diera clases ahí. Ella debía enseñarles a escribir para que fueran capaces de presentar el ensayo que les ayudaría a graduarse.

Miri cuenta que la mayoría de la matrícula eran hombres y “tremendos”. Casi no leían y ella tenía que encargarse de quitarles el miedo a la escritura. Sus viajes a la escuela eran en bicicleta y eso le sirvió para reconocer lo que había en los alrededores. Una escena común en la estación JR Odaka eran grupos de jóvenes sufriendo por el frío intenso mientras esperaban el tren que pasaba cada dos horas. Eso la motivó a abrir en 2018 una librería que era más un refugio. Sabía que su clientela no contaba con mucho dinero así que dispuso libros y alimentos a precios muy bajos. En aquel tiempo, los encargados de Full House eran dos hermanos de 21 y 23 años que perdieron su casa en el tsunami.

Patricio Betteo

En algún momento de esas dos conversaciones,  Miri mencionó que sentirse excluida la llevó a poner la mirada en las personas que no tienen un lugar, que no aparecerán en los libros de Historia. Eso explica por qué se interesó en quienes vivían en el Parque del Obsequio Imperial-Ueno, cercano a la estación de tren. Por qué fue a entrevistarlos y observó cómo era su día a día. Lo que al principio iba a ser una novela corta sobre un día en la vida de un vagabundo se convirtió en algo más largo, en un mosaico de vidas tocadas por el desinterés de la sociedad japonesa, que primero las explota y luego las desecha.

En Tokio, estación de Ueno conviven el dolor que Yū Miri observó en las personas evacuadas que vivían en la zona que después del terremoto de 2011 fue declarada como de alta radiactividad, las historias que escuchó en los asilos de ancianos que durante años visitó en el distrito de Kashima, en Minami Soma y, por supuesto, lo que investigó sobre quienes por alguna razón terminaron lejos de su casa, viviendo en el parque.

En una breve entrevista, hecha minutos después de su participación en la FIL de Minería, Yū Miri desgrana la esencia de este libro.

¿Eligió que Kazu, el personaje principal, fuera un fantasma como metáfora de lo invisible que llegan a ser las personas que viven en la calle?

En el libro no hay una mención literal de que Kazu sea un fantasma, pero sí tiene un sentido de por qué es transparente. Es invisible porque es un sujeto desechado por la sociedad, nadie se molesta en escucharlo ni siquiera en verlo. Por eso es transparente o es invisible para la gente, por eso es un fantasma.

Una reflexión constante de Kazu es que vivir significa un gran esfuerzo, que lo único que se busca es poder descansar. Parece que ahora ese sentimiento es una constante en la humanidad.

Al año en Japón se suicidan unas 25 000 personas. Hay mucha gente que no puede descansar o no tiene un lugar en donde se sienta tranquila. Eso es lo que las orilla a buscar la muerte como espacio de descanso.

Algo que también destaca en el libro es el empeño por cumplir en el trabajo y la imposibilidad de adaptarse a la vida personal.

Cuando cumplí 18 años escogí escribir. Ahora llevo más de cuarenta años en esta actividad. Cuando debuté como escritora, un reportero me preguntó: “¿Usted para quién escribe estas novelas?”. Esto está dedicado para toda la gente que no tiene un lugar, para la gente sin lugar. Esa actitud, esa forma de pensar, cuarenta años después la sigo manteniendo. Así también explico por qué soy así. Como hace rato mencioné yo ni soy coreana ni soy japonesa, no soy nada y no tengo un lugar, nunca tuve un lugar, porque cuando era niña en mi casa mis papás no se llevaban muy bien y terminaron en un divorcio. En ese contexto familiar bastante hostil y conflictivo yo no tenía lugar en la casa. Por otro lado, en la escuela, me hacían bullying por las mismas características que tengo, así que tampoco tenía un lugar en la escuela. Por eso, el único lugar que tenía para mí eran los libros. En la lectura yo encontré un lugar. Y por eso ser escritora es, finalmente, ofrecer un lugar a todos aquellos que no tienen lugar.

La incertidumbre ante la muerte es otro asunto del libro.

Yo soy de la idea de que para las preguntas más importantes no hay una respuesta. Las preguntas “¿Para qué vive uno?” o “¿Para qué muere?” son preguntas que no tienen respuesta, pero justamente al momento de vivir son preguntas que uno las tiene que seguir cargando mientras exista. Este libro no ofrece respuestas, sólo la incertidumbre. Al contrario, lanza un cuestionamiento al lector. Y eso es lo que valoro mucho. Que cada lector saque sus conclusiones.

En este libro usted se ocupa de recuperar lo local: tradiciones, rituales, los trabajos que han desaparecido.

Cuando se habla sobre Japón desde el extranjero siempre nos vamos con los lugares conocidos o esa imagen casi casi cliché que tenemos; ya sean lugares como Tokio, Kioto, Osaka; las grandes ciudades y las partes bonitas de las ciudades. Pero Japón no es sólo eso. Tiene muchísimos lugares que son desconocidos y que son ignorados. Yo quiero dar voz a esa gente que no es escuchada. Mostrar esos lugares que todos ignoran o no conocen.

Otro aspecto del libro es la importancia de las conversaciones al paso y la vida cotidiana. Eso hace que todo lo que sucede alrededor y al margen de Kazu se sienta más cercano.

Yo considero que toda novela o escritura empieza de esta forma, ya sea como una narración o como una historia. Todo empieza con la voz. En este caso quiero que esas voces se plasmen y que retumben dentro de las letras. No es sólo estimular la parte visual de los lectores; también quiero sacudir el tímpano de los lectores.

Esta historia está llena de contrastes. Por ejemplo, enumera varios de los monumentos que hay en el parque y a lo que se le rinde homenaje, pero también muestra cómo las personas son indiferentes a los deseos y las desgracias de quienes viven ahí.

Podría decirse que como coreana o japonesa he conocido el lado oscuro de Japón. He vivido en esta parte de hasta abajo de la escala social. Por eso también quiero rescatar esos aspectos. Describo también para que la luz brille en la oscuridad. Pero al mismo tiempo al estar dentro de la oscuridad, mis ojos ya están acostumbrados a ver más cosas.

Kathya Millares

Editora en nexos