Las canciones de la ballena azul son estremecedoras: tonos muy bajos, profundos, que se componen de dos segmentos A-B, como si uno lanzara la pregunta y el otro la respuesta, un rosario marino antiquísimo que puede durar hasta una hora. Los biólogos las llaman canciones para diferenciarlas de los llamados aislados, que no forman parte de una composición compleja. Escuchar las grabaciones es como sumergirte por un instante en un mundo enorme, ajeno, previo a todo lo que conocemos y donde la vida desde hace millones de años transcurre indiferente a la existencia humana. Quizás lo más cercano que he experimentado fue escuchar por primera vez el latido de mi hija en el cuarto de ultrasonidos.
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