Jorge Luis Borges habría tenido material de sobra para sus ficciones en nuestro tiempo. Podría haber fabulado un cuento en el cual los habitantes de Uqbar inventan un pequeño artefacto, capaz de ser sostenido en la palma de una mano, provisto de luz propia. En ese diminuto artificio estaba contenida en su totalidad la célebre biblioteca de Alejandría. Con sólo tocar su pantalla aparecían los volúmenes de su acervo para que el poseedor del aquel ingenio pudiera leerlos de cabo a rabo. Aquel artilugio no era el más valioso de los tesoros de ningún rey, reservado a sabios o augures: estaba a la disposición de cualquiera que quisiera aportar una modesta suma de dinero.
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