A la hora de la invasión lanzada por Vladimir Putin, en febrero de 2022, Serguei Loznitsa (1964), director de fama internacional, premiado en muchos festivales, renunció a la Academia Europea de Cine porque estimaba que su mensaje de apoyo a Ucrania era insuficiente. Luego, en Cannes habló a favor de sus colegas rusos eliminados del Festival y se definió como cineasta ucraniano de cultura rusa, sin mencionar que la cultura ucraniana, Ucrania misma, estaban amenazadas existencialmente por el ejército ruso. Su toma de posición sorprendió a los pocos conocedores que recordaban que, en 2014, a la hora de la anexión de Crimea, del inicio de la guerra en el Dombás, él había lanzado un boicot contra los medios rusos.
A menos de un mes de su toma de posición prorrusa en Cannes, la Academia Ucraniana de Cine lo expulsó de sus filas, invocando su “falta de lealtad a la identidad nacional” y su “cosmopolitismo”. Él reaccionó con una denuncia violenta de ese “discurso nacionalista”, “regalo para los propagandistas del Kremlin” y acusó a sus colegas de “nazismo”: eso sí era un regalo para Putin que prometía “desnazificar a Ucrania”.
Los cinéfilos del mundo, asombrados, interpretaron la condena de Loznitsa como una manifestación de chovinismo ucraniano y aplaudieron al director, sin conocer el contexto del enfrentamiento. Para ellos, Serguei Loznitsa era un ucraniano que, a lo largo de su obra documental, había criticado a Rusia.
En ese momento la Academia ucraniana pidió a los medios de comunicación que dejaran de considerar a S. Loznitsa como “el representante de la cultura ucraniana”, a lo cual replicó que él no había nunca representado nada, que su obra era suya y que seguiría “siendo siempre un cineasta ucraniano”.
Ahora bien: ¿quién es Serguei Loznitsa, además de ser un gran cineasta? Amigo de Arturo Ripstein, por cierto. Nació en 1964 en Bielorrusia, entonces república socialista soviética, pero vivió los primeros 27 años de su vida en Kyiv, ciudad que considera su verdadera patria. En 1991 se fue a Moscú a estudiar cine, poco antes de la disolución de la URSS y de la independencia de Ucrania. En 1998 empieza una larga serie de nueve documentales sobre Rusia, pero reside en Alemania a partir de 2001.
En 2010 se da a conocer en Cannes con su primera ficción: My Joy; en 2012 gana la Palma de Oro en Cannes con En la niebla, película basada en la novela de guerra del bielorruso greco-católico Vasyl Bykau (Bykov en ruso). En 2014 filma, en su estilo muy personal, el largo documental en vivo Maidán sobre las tumultuosas semanas de resistencia cívica en Kyiv que llevaron a la caída del presidente prorruso, Viktor Yanúkovich. Curiosamente, cuando invita a boicotear los medios rusos, al periodista que le pregunta si se considera ucraniano le contesta: “Soy una persona de cultura rusa; los países no cuentan para mí”. En 2015 y 2016, dos documentales sobre Rusia: El último imperio y Austerlitz; en 2017, la hermosa y terrible ficción Kritkaya (Une femme douce), a partir de La Sumisa deFeodorDostoyevski. En 2018 dos documentales rusos, El proceso y Día de la Victoria en Berlín, y una larga docuficción titulada Donbass (la doble s final es rusa; en ucraniano se escribe Donbas). En 2019, a partir de los archivos fílmicos soviéticos, presenta el documental Funeral de Estado sobre el duelo universal a la muerte de Stalin: no tiene un solo comentario sobre el terror estaliniano. Siguen dos largos documentales, Babi Yar. Contexto en 2021 y El juicio de Kiev. De nuevo adopta la grafía rusa: en ucraniano, Babyn Yar y Kyiv. En 2022, Invasión: un largo documental en vivo con producción europeasobre la vida cotidiana en Ucrania después del 24 de febrero de 2022. En 2025 sale su película Dos fiscales a partir de la novela del ruso Georgy Demidov (1909-1986), que pasó catorce años en el infierno de la Kolyma: en 1937-1938,un fiscal soviético honesto cae víctimadel Gran Terror.

Obviamente, Rusia, la Rusia soviética y la actual, pesan mucho más en la obra de Serguei Loznitsa que Ucrania, país en el que no reside desde que ha sido independiente (1991). Su visión de Rusia no tiene nada de idílica; de nostálgica, tampoco. En 2017 declaró al periodista que lo entrevistaba a propósito de La Sumisa: “¡Qué horrible es Rusia! ¿Por qué? ¿Y por qué tan pasivo el pueblo ruso? La revolución: hubo tanta efusión de sangre en esta ingeniería social que hoy sentimos todavía sus efectos”. Dijo también: “La cultura rusa tiene en su seno una atracción profunda por el infierno”.
Más pesimista, no hay. En aquel tercer largometraje, yo, como espectador, me quedé asfixiado bajo la amargura, porque el viaje que propone Loznitsa es la exploración de un país decrépito, el estudio patológico de un gran cuerpo enfermo; es la conclusión de los documentales que empezó a trabajar justo a la hora del derrumbe de la URSS. Humillada y ofendida en el infierno postsoviético, la pobre y dulce mujer sumisa encarna la humillación inmemorial del pueblo ruso, tal como la ve Loznitsa.
El Día de la Victoria, celebrado por los rusos de Berlín, prolonga esa visión del “mundo ruso”, concepto que Vladimir Putin tomó del Patriarca; un imperialismo absurdo, sin ideología, hundido en un lodazal de símbolos: Stalin, íconos, banderas de los separatistas del Dombás. En el mismo 2018, el autor termina Donbass, su cuarta ficción. Cuando empecé a verlo, gracias a Serguei Loznitsa, por conducto de su amigo Arturo Ripstein, pensé que era un documental, porque está armado para engañar al espectador un buen rato. No es para nada una alabanza de los separatistas de la zona que Loznitsa llama justamente “territorio ocupado de Ucrania oriental”. Nos enseña el “mundo ruso” gobernado por fantasmas de la era soviética, en la espiral infernal del putinismo, con manifestaciones grotescas de una sociedad en caída libre. Todos son malos.
De su película, el autor dice a Film Comment en Cannes: “Es la peli más maligna que he hecho hasta ahora. La más malvada. Se puede decir que es una película corajuda. Más bien se debe a mi reacción frente a esa guerra”. La que Putin emprendió en el Dombás, en abril de 2014, después de anexar Crimea.
La confusión deliberada entre documental y ficción engendra un malestar terrible. ¿Cómo olvidar al soldado ucraniano amarrado a un poste, insultado, linchado por la turba enardecida? El horror crece cuando, en la secuencia siguiente, la de la boda grotesca del “patriota” prorruso, los comensales se alegran al vivir de nuevo el linchamiento que uno de ellos ha filmado con su celular. Estamos en 2018 pero, de manera profética, Loznitsa anuncia los verdaderos videos, con semejante contenido, tomados por los invasores en Ucrania y difundidos en las redes rusas a partir de 2022. La “República Popular del Donetsk”, hoy anexada por Putin, como parodia abominable del régimen totalitario. El filme empieza y termina con el mismo grupo de figurantes locales que, para ganar unos centavos, asumen el papel de víctimas del ejército ucraniano, en falsos reportajes filmados por los separatistas.
No cabe duda, es una obra de rabia y desesperación que anuncia lo peor, lo que vendrá a partir de febrero de 2022.
Donbass, con la doble s rusa, es más ruso que ucraniano. Ucrania ocupa un lugar muy marginal en la amplia obra de Loznitsa. Casi todo está en ruso, las palabras escritas y habladas, la ortografía. Ruso es el imaginario; rusos, los códigos. Ucrania, cuando aparece, lo hace en contraste o complemento de Rusia y siempre en relación con un destino incierto. Su única obra en ucraniano es Maidán,donde por primera vez trata de la historia en movimiento.
Maidán es la vida, Donbass es la muerte.
El discurso de Loznitsa en Cannes, en 2022, agravó el conflicto que había empezado en el mismo lugar, en 2021, cuando presentó Babi Yar. Context, financiado, en gran parte, por oligarcas rusos. En el debate que se armó entre Serguei Loznitsa y el crítico Lukian Galkin, el cineasta manifestó su poco conocimiento de la historia de Ucrania y cayó en el peor uso posible de la retórica putinesca, en un “contexto” de guerra en el Dombás, y de guerra de memorias, precisamente a propósito de Babyn Yar (grafía ucraniana).
Babyn Yar es el nombre de lo que era una barranca arenosa, a la puerta de Kyiv, donde, en dos días de septiembre de 1941, los alemanes masacraron a más de 33 000 ucranianos judíos. Durante la ocupación nazi la barranca sirvió también de fosa común para decenas de miles de prisioneros de guerras, resistentes, gitanos, polacos, armenios y más judíos.1 El documental de Loznitsa presenta dos horas de material fílmico de los archivos alemanes y soviéticos. Como en todos sus documentales —con la sola excepción de Maidán—, Loznitsa abandona al espectador frente a las imágenes. He visto el documental tres veces, antes de entender por qué había molestado tanto a los ucranianos en Cannes.
Mi malestar, como historiador preparado para criticar los documentos escritos y los testimonios orales, pero mal preparado para criticar las imágenes, necesitó la ayuda del historiador Yohanan Petrovsky-Shtern, nacido en 1962 en Kyiv, ahora catedrático en el Departamento de Historia de la Northwestern University, Chicago. Especialista en estudios judíos, fue entrevistado por la historiadora ucraniana Anna Medvedovska, quien trabaja la historia de los judíos ucranianos y conoce, como él, Babyn Yar en su contexto.2 Cuando el documental fue presentado en la selección oficial de Cannes, el epígrafe de Serguei Loznitsa decía: “Sólo la memoria y la búsqueda de la verdad pueden protegernos de nuestros errores pasados”. Yohanan Petrovsky-Shtern (Iván Petrovskii, cuando publicaba en ruso, en Rusia) observa enseguida que en efecto todo es documento en la obra pero que no es la realidad, sino cierta visión de la realidad, resultado de un trabajo creativo. A la selección conceptual de las imágenes de archivos se suma la selección en el montaje. El resultado es una realidad construida. “Serguei Loznitsa escoge sus ladrillos para construir un todo artístico”. Es normal, pero uno debe preguntarse qué ESTÁ y qué NO ESTÁ en el documental. El autor pudo citar veinte veces más fuentes. No lo hizo. ¿Por qué? ¿Cuál concepto resulta de sus elecciones, tanto positivas como negativas? ¿Cuál mensaje transmite? ¿Por qué insiste sobre tal y tal punto?
El documental presenta dos capítulos de la ocupación nazi: antes y después de la masacre. Va de junio de 1941, inicio de la guerra germano-soviética, a 1952, cuando la barranca fue transformada en basurero; en realidad termina en 1946 con las larguísimas escenas finales del proceso y castigo de los principales criminales alemanes.
No hay una sola alusión a la destrucción, en los años 1930 de las instituciones nacionales ucranianas, polacas y judías. Nada sobre la persecución de los ucranianos en la Gran Polonia de 1919-1939, en las provincias de Galizia y Volynia; nada sobre el pacto germano-soviético, la anexión soviética de esas dos provincias con mayoría ucraniana y numerosas minorías polaca y judía. Nada sobre la destrucción del nacionalismo comunista ucraniano a partir de 1929, el exterminio de sus intelectuales, la deportación de los kulaki, la hambruna de 1932-1933, genocidio por hambre, el Holodomor… El subtítulo del documental es “Contexto”. Pero faltan los elementos esenciales del contexto, tan bien presentados por Timothy Snyder en sus Tierras de sangre (2010, 2016 en Galaxia Gutenberg).

Loznitsa respeta y repite la narrativa soviética clásica: los nazis llegaron y mataron a nuestros judíos que vivían en paz y libertad. Y añade: “En esta empresa de destrucción de los civiles de origen judío, los alemanes han sido ayudados o inspirados (subrayo yo) por los ucranianos”. Posiblemente esa frase le ha sido soplada por sus asesores, Makzym Yakov e Ilya Khrzhanovsky, descritos por Y. Petrovsky-Shtern como “profesionales de la fabricación y de la ignorancia pagados por el Kremlin”. Así, el director cuenta la tragedia de tal manera que absuelve al gobierno soviético de toda responsabilidad, y presenta al Ejército Rojo y a los jueces soviéticos como la encarnación de la Justicia Suprema.
¿Por qué son tan largas las escenas finales del proceso de 1946? Precisamente para demostrar que jueces y militares soviéticos buscan la verdad, para establecer una justicia definitiva. ¿Cuál verdad? El historiador sabe lo que empezó en 1947, a la hora de la paranoia antisemita de Stalin, que duró hasta su muerte en marzo de 1953. En el proceso, Loznitsa cita a Vasili Grossman y su Libro Negro, sobre el genocidio, que iba a entrar a la imprenta y fue suspendido por Stalin. Hubo que esperar la perestroika para su publicación en 1988. Pero hay un silencio sobre todo esto, porque el documental presenta a la URSS y su justicia como instancias que protegen a los judíos.
“¡Mentira llana y sencilla!”, exclama Petrovsky-Shtern. El silencio “refuerza la mentira como para afirmar que el KGB no persiguió a los activistas judíos que conmemoraban Babyn Yar; que no fueron golpeados y arrestados en Babyn Yar; que no existió el discurso de Iván Dziuba y Viktor Nekrassov, en el aniversario 25 de Babyn Yar. Lo que existió fue el buen gobierno soviético”, que juzgó y colgó a los verdugos nazis.
El espectador no puede saber por el documental de Loznitsa que existió una república socialista soviética ucraniana ni una cultura ucraniana. Sólo ve una tierra, los paisajes filmados por la Wehrmacht, recorridos por sus columnas de tanques y las interminables columnas de presos soviéticos. No se ve ni un pueblo ucraniano ni un ucraniano. ¿Por qué? ¿Quién vive aquí? De repente aparecen los ucranianos, pero como oportunistas cínicos, sin dignidad ni honor, que aplauden a los amos sucesivos. Primero al gauleiter nazi de Galitzia, Hans Frank; luego al “libertador” soviético. En ambos casos, los ucranianos festejan con bailes folclóricos, etcétera. El espectador mexicano recordará el documental armado por Carmen Toscano, Memorias de un mexicano (1950), donde las multitudes aplauden la entrada de Madero, luego la de Carranza, luego la de Villa y Zapata, y el regreso de Carranza…
Para Serguei Loznitsa no hubo resistencia, ni cultural ni social ni militar. Pero la hubo, de mil maneras, con decenas de miles de guerrilleros, sin contar los millones de ucranianos que combatieron en el Ejército Rojo, los que entraron en Auschwitz, el fotógrafo ucraniano que tomó la famosa foto del soldado soviético que levanta la bandera roja sobre el Reichstag, Yevgeny Khaldeyi. Sólo queda para el espectador no informado, en los primeros planos de la película, cuando los nazis entran en Lviv, capital de Galitzia, la enorme inscripción que nos traducen: “Gloria a Hitler libertador, gloria a Melnik”. Melnik está escrito en ruso, en lugar de Melnyk. La imagen es real, como las palabras escritas, pero presentarla sin aclaración significa que nazismo y lucha nacional ucraniana son un mismo combate “fascista” (palabra soviética para nazi).
Andriy Melnyk (1890-1964) nació en Galitzia, luchó por la independencia de la primera república de Ucrania, entre 1917 y 1921, luego contra los polacos dueños de Galitzia y Volinia; preso por “terrorismo”, entre 1924 y 1928, fue jefe político y militar de la Organización de los Nacionalistas Ucranianos, de su rama moderada, opuesta a la radical de Stepan Bandera. Católico conservador, no compartía el antisemitismo de los “banderistas”.
La narrativa de Loznitsa sigue el esquema clásico de la manipulación histórica que corre de Stalin a Putin: los ucranianos son “fascistas” y, desde 2004, “neonazis”. En el filme, es la única aparición del pueblo ucraniano. Por cierto, todos los topónimos son en ruso: Lvov por Lviv, Kiev por Kyiv, Babi Yar por Babyn Yar.
Loznitsa escogió dos ciudades para el “contexto”: Kyiv y Lviv, pero la segunda está mucho más presente porque los documentales nazis muestran a los ucranianos recibiendo a los nazis. ¿Por qué califican a Hitler de libertador? De haber empezado el “contexto” en septiembre de 1939, Loznitsa habría tenido que mencionar la terrible ocupación soviética de 1939-1941, cuando SS y NKVD trabajaron de la mano contra polacos, ucranianos y bielorrusos. 1940 es el año de la masacre de Katyn. Loznitsa conoce la admirable película de Wajda.
Maestro del cine, justamente admirado, a Loznitsa le sobra talento pero, como él mismo lo dijo, es culturalmente ruso.
Después de Cannes 2022 sus antiguos colaboradores le dieron la espalda, hasta su director de fotografía Serhii Stetsenko.
Loznitsa pudo seguir el sendero de Kira Murátova (1934-2018) u Oleh Sentsov. Kira Murátova, nacida en Rumania de padre ruso y madre judía, rusófona nacida fuera de Ucrania, como Loznitsa, después de estudiar en Rusia se instaló en Odessa en 1961 por toda la vida. Totalmente proucraniana, recibió en 1989 el título de “Artista del pueblo ucraniano” y coleccionó los prestigiosos premios Shevchenko, Dovjenko.3
En cuanto a Oleh Sentsov (1976), nacido en Crimea, conocido por su película Gaamer (2011), fue arrestado en mayo de 2014 por el FSB ruso como “terrorista”, en realidad por su participación en Maidán (filmado por Loznitsa) y por negarse a tomar la nacionalidad rusa. Fue condenado a veinte años de reclusión; cineastas del mundo entero intervinieron vanamente a su favor: Almodóvar, Costa-Gavras, Cronenberg, Dardenne, Amat Escalante, Godard, Ken Loach, Mike Leigh, Wim Wenders. Fue liberado en 2019 y volvió al cine. En 2022 se alistó a sus 46 años en las Fuerzas Especiales de Ucrania y ha participado en varias batallas. En 2024, cuando Oleh Sentsov termina Real, Serguei Loznitsa finaliza Dos fiscales, película rusa sobre un tema ruso-soviético sobre lo que él mismo califica de “infierno ruso”. No he visto la película, pero no dudoque sea de gran calidad y le deseo sinceramente al director que siga en su vena rusa, sin acercarse a Ucrania antes de que termine la guerra. Es que pertenece a la categoría de los ucranianos que los imperialistas rusos llaman con desdén y conmiseración “los pequeños rusos”, o sea los “buenos” ucranianos. Los otros son “fascistas” y “neonazis” y el “pueblo ruso”, el 2 de junio de este 2025, se manifestaba en Moscú al grito de “¡Putin! ¡Lanza una bomba nuclear sobre Kiev!”. Serguei Loznitsa es de cultura rusa y para los rusos, según la doxa oficial, los ucranianos no representan un pueblo diferente. Resulta que son diferentes, tienen otra manera de pensar y de vivir. Por lo tanto la guerra contra ellos es una “guerra santa” contra los herejes, satánicos, nazis. Cuando Loznitsa trata de la nueva Ucrania que conoce mal, se expone a ser visto como un “jenízaro”, palabra que designa a un ucraniano rusificado en referencia al cuerpo militar otomano, formado por niños cristianos arrancados en tierna edad a sus familias.
Jean Meyer
Historiador en el CIDE
1 Littel, J., y D’Agata, A. (fotos). Un lugar inconveniente, Galaxia Gutenberg, 2024; Nakhmanovych, V. (encargado de la conmemoración de las víctimas de Babyn Yar), y Magocsi, P. R. (eds.), Babyn Yar. History and Memory, Ibidem Verlag, RFA, 2024.
2 “Babyn Yar: un contexte déformé”, Desk Russie, 15 de abril 2023, en línea.
3 La excelente revista semestral, publicada en Montreal, 24Images, dedicó su número 204, septiembre 2022, al cine ucraniano: “Après la Révolution.Le cinéma ukrainien 2014-2022”.