Una madre avanza por el monte con una varilla y una pala. Pincha la tierra, la huele, escarba. No busca oro ni agua: busca a su hijo. No tiene un laboratorio forense ni una procuraduría ni una comisión gubernamental detrás. Mientras las instituciones se hacen de la vista gorda, ella actúa. Porque alguien tiene que hacerlo. Porque todo el mundo tiene una cuchara.
En México, la desaparición de personas no es un fenómeno aislado ni reciente: es un patrón estructural que se agravó desde mediados de la década de 2000, sobre todo a partir de la llamada “guerra contra el narcotráfico” de 2006. Sin embargo, ya desde 1977 existían movimientos de madres, como el Comité ¡Eureka!, fundado por Rosario Ibarra de Piedra durante la Guerra Sucia.
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