Decálogo de la comesola

“¿Para cuántas personas?”, pregunta con ingenuidad la anfitriona que me recibe en la entrada del restaurante. No sé cómo decirle que vengo sola; creí que era suficiente cargar con mi bolsa, traer mi chamarra en la mano y mirar obsesivamente la pantalla del celular para que no pronunciara esa pregunta. “Soy sólo yo”, le digo, sintiéndome tonta, avergonzada por mis inadecuadas habilidades sociales. Por supuesto que me van a aventar en la barra, pienso enseguida, en el peor lugar posible; no, en el segundo peor, sólo por debajo de aquella esquina, a un lado de la puerta del baño. “Ahorita alguien viene a tomarte la orden”, contesta medio enojada, medio cínica, sin dejarme siquiera un menú para husmear.

Ser una comesola no es fácil: es la labor de alguien que quiere conquistar el imperio de las mesas para cuatro personas, aunque tres de esos asientos se queden irremediablemente vacíos. Pero más allá de las bondades de comer sola, convertidas en un sinfín de frases que rayan en la autoayuda (“No hay nada como la compañía de uno mismo”, ugh), hay un manual de comportamiento aceptable para quienes comemos en soledad —y no llevamos, por ejemplo, la computadora o un libro para distraernos—.

1.

Toda persona tiene dos nacimientos: el que piensa y adopta como suyo, aunque no sea más que una casualidad, y el día que se convierte en una comesola. Ese día hay una suerte de liberación. A diferencia de hordas de gente hambrienta que se pasea en grupos de diez o más personas, las comesolas podemos llegar sin previo aviso a cualquier restaurante y guardar una esperanza real en obtener un lugar dentro; eso sí, aceptamos cualquier rincón que se nos dé: puede ser la tan anhelada mesa para dos o cuatro personas, en la que quizá la lástima sea peor, o puede ser un banquito a un lado de la caja registradora, un espacio habilitado a medias para no perder el dinero de ningún solitario comensal.

2.

La lectura del menú para una comesola es tiempo de reflexión. A pesar de que los meseros suelen ser prejuiciosos contra el comensal que tarda más de quince minutos en elegir, a las comesolas no les preocupa. En primer lugar, porque los meseros tienden a no prestar tanta atención a aquellas personas que acuden a comer en solitario; en segundo, porque sin la engorrosa plática inicial a la que nos sometemos —a menudo condensada en tres grandes tópicos: clima, tráfico y los temblores de la ciudad—, saboreamos con mayor facilidad leer cada línea del menú. Hay algunas cartas que bastan con un vistazo, pero hay otras que requieren la precisión con la que se lee una novela de Faulkner: barrocos, complejos y experimentales, ésos son los menús que la comesola debe aprovechar con la certeza de que el momento pasará tan pronto como se presente.

3.

Hay cierto grado de ansiedad que siente la comesola cuando tiene que ir al baño: no sólo debe recorrer el salón del restaurante en cuestión y someterse al escrutinio de la mirada ajena, sino preguntarse: “¿Qué hago con mis cosas?, ¿las dejo, me las llevo conmigo?”. A reserva de que se trate más de un búnker que de un restaurante abierto, es posible que si dejamos una mochila o una bolsa sin supervisión, alguien la tome y salga corriendo hacia la calle, atraviese una avenida y doble justo en la esquina donde será la última vez que le veamos. Por el contrario, si entramos al baño con la bolsa tendremos que dejarla sobre un piso que ha visto demasiado.

4.

A menudo la comesola puede controlar mejor el casi inevitable peligro de tomar uno, dos y hasta tres tragos de más. Sin la presión social que la lleva a decir que sí a la siguiente botella de tinto, es probable que la comesola tenga un margen mucho mayor para probar más de un coctel como aperitivo, si así lo desea; una copa de vino blanco especial con el plato principal, y un digestivo tan dulce como el postre que elija. La comesola no tiene prisa, disfruta del alcohol en su sangre en cada trago.

5.

Pero a falta de compañía, la comesola puede empezar a tomar demasiado rápido, a sabiendas de, por ejemplo, que un martini sucio con aceitunas tiene efectos embriagantes como pocas bebidas; esto la lleva a pedir quizá tres, quizá cuatro. Empieza a voltear a su alrededor para detectar quién comparte su misma solitaria naturaleza. La comesola puede traicionarse a sí misma y entablar conversación con aquel prójimo perdido, transformando la tarde de uno en una reunión innecesaria, una charla destinada a morir en cuanto ambas personas dejen la mesa a la que tuvieron que pasarse por súplica de los meseros. Lo que estaba pensado como una comida de dos horas y media, se convierte en una cita de cinco, en la que el riesgo de irse a otro lugar es demasiado alto.

6.

Sin embargo, hay algo peor para una comesola: al no encontrar a nadie en el restaurante como ella, tiene que recurrir al nauseabundo método de la llamada telefónica. Ya estamos condenados a escuchar las peripecias sexuales de un cierto grupo de mujeres en cualquier bar, pero cuando una comesola se aventura a salir, por ejemplo, a cenar mientras habla por teléfono y se llena la boca de sus pensamientos, decisiones y opiniones, la experiencia se convierte en una odisea del terror. Meseros y cantineros se preguntarán quién será la valiente persona que soporta tal monólogo a estas horas, sin saber que tal vez la única persona disponible para la comesola es su mamá.

Kathia Recio

7.

Si nada de lo anterior ocurre, la comesola tendrá que reservar su amabilidad y coqueteo ocasional para el mesero que la atiende con indiferencia. La comesola sonríe con formalidad y aprovecha la visita obligada del mesero para preguntar cualquier obviedad: “¿Ustedes mineralizan el agua?”, “Les ha ido bien, ¿no?”, “¿Los precios del menú incluyen el IVA?”, para escucharse hablar, para no olvidar el sonido de la propia voz. El mesero tendrá que responder y tal vez, en una de ésas, ser sincero al respecto de sus intenciones: ganarse el 15 % o 20 % de propina, el sueño más anhelado. La comesola tiene que aprender a quedarse callada, sólo así podrá ahorrarse unos pesos que, dados los tiempos, no pueden desaprovecharse.

8.

La comesola es una persona que ha aprendido a renunciar al hype, no se deja llevar por las tendencias ni por las aperturas más recientes, cuando sienta el momento, se presentará en la entrada del restaurante en cuestión, lista para repetir todo el proceso al que está acostumbrada. Lo mejor que le puede pasar a la comesola es frecuentar tantas veces un lugar hasta lograr que la conozcan y, entonces sí, tenga un lugar decente designado; un servicio sin lástima ni vergüenza; una plática esperando con cada persona trabajadora que se le acerca para saludar; tal vez una cortesía de la cocina.

9.

Las comesolas son, casi por definición, personas antojadizas. Los síntomas son atroces —llanto, garganta anudada, dolor de nariz, entumecimiento de las articulaciones de las manos— a menos que se satisfaga el antojo en su totalidad, que puede ser tan nimio como un rol de mazapán de El Olvidado, en Coyoacán, o tan extravagante como una tostada de abulón con quelites, mole verde, chile pasado y yema curada de Pujol, en Polanco. Son antojos que varían según el día y la hora; sin embargo, no importa cuándo le suceda, en el momento en que su mente dé rienda suelta, la comesola tendrá que vivir atormentada por el instante en que empiece a salivar pensando en un taquito de pork belly de Voraz.

10.

Una comesola sabe que es mejor permanecer sola y pedir cuantos platillos quiera sin preocuparse por la cuenta. Al fin y al cabo, no hay comida más barata que la que se paga la persona que no tiene que dividir nada. Ella es su mejor aliada y su peor enemiga: puede despojarse de la insufrible cuenta compartida —que es todavía peor cuando hay alguna celebración—. Para una comesola, el límite de la cuenta es el límite de su antojo.

Mariana Ortiz

Ensayista y editora en nexos.