Postal de Nueva York

Saturada la oferta nocturna de sonidos techno, house y jungle, en Nueva York se ha creado un ghetto disco: el Decade. En éste, la selección de la clientela está determinada desde el concepto mismo del lugar —consagrado al espíritu setentero que vestía de poliester y satín—, además de los 20 dólares del cover, el riguroso jacket required y la posibilidad inusual en esta metrópoli de fumar puros y cigarrillos en todo el local. Esos y esas que se iniciaron a la vida al ritmo de los Bee Gees y Donna Summer, regresan a las pistas, veinte años después, luego de pasar por un divorcio, la irrupción del sida, la llegada de los yupis y la generación X, el boom gay, el imperio Microsoft y dos gobiernos republicanos. A diferencia de la mayoría de los antros modernos, en el Decade el baile recupera su carácter festivo y seductor: se enlazan los brazos, chocan las caderas, giran los cuerpos, las miradas sí se encuentran y las parejas se funden en las calmaditas. Son las prerrogativas de la música disco. Aquí los hombres de calva creciente y disimulada barriga reviven el ritual del ligue con las treintaycincoañeras que vuelven a usar tacones de aguja y tops de lentejuelas, y que entran en estado de euforia con “I will survive”, de Gloria Gaynor, esa canción que tanto les recomendó como terapia el Cosmopolitan. Es la música disco el alma de la fiesta. Con la advertencia de Tavares de que el cielo está perdiendo un ángel, él la saca a bailar. Ya en la pista, despliega un puchero sensual, al que ella responde mordiéndose el labio inferior; él mantiene los brazos a los costados con los puños entrecerrados, bambolea los hombros e impulsa su tronco hacia ella, quien lo recibe y arquea la espalda para devolver la insinuación. Palmas y chasquidos se vuelcan en una danza que parece disfrutarse más por la cercanía entre dos que por cuestiones técnicas. Los bailadores se toman de la cintura, yo-para-ti-tú-para-mí, se convierten en objeto del deseo de su par. Se atreven.

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Publicado en: 1997 Octubre