Lo que sigue es un canto de cisne por el periodo que conocemos como “transición democrática”: una etapa de la historia reciente de nuestro país que, según a quién se pregunte, tiene distintas fechas de inicio. Fue obra producto de miles de manos, en la que hubo gradualismo y acumulación de reformas, rupturas y coyunturas críticas; en la que se combatió con ideas, pero también con ataques políticos y movilizaciones; en la que se optó a veces por la clandestinidad, y en otras por el derecho y la creación de instituciones. Una travesía en la que se privilegió, al final, la vía electoral.
En la transición hay protagonistas, nombres y apellidos que se repiten, pero también actores de reparto o incidentales, y unos más que en ocasiones no se nombran pero son claves: las ciudadanas y los ciudadanos.
Aunque es posible atribuirle distintos inicios, para nosotros la transición comenzó de manera efectiva en 1997: después de la reforma electoral de 1996 y con el fin de la mayoría absoluta priista en el Congreso. La transición inicia con el pluralismo y la alternancia en gobiernos locales, y tiene como clímax la elección del 2 de julio del 2000 con el PRI perdiendo por primera vez la Presidencia y con la llegada de un candidato de oposición.
También esbozamos un fin: 2024. La incontestable victoria de Claudia Sheinbaum se dio contraviniendo en muchos ámbitos los principios de una democracia liberal en toda regla: el apego a la legalidad, la defensa de la pluralidad que está en el corazón de la vida pública y la independencia de los poderes.
Con el “Réquiem por la transición democrática”, hemos querido honrar la tradición crítica de nexos, someter a reflexión exigente nuestras omisiones críticas. En particular la siguiente: “Sobre la democracia mexicana pesa una cierta prohibición de hablar mal, cierto consenso bien pensante del elogio. Es parte de la idealización subsistente de la diosa, el hecho de que se saluden rutinariamente sus bendiciones sin mirar sus deformidades”.1 Las deformidades han prevalecido, se han vuelto un réquiem.
Presentamos aquí un conjunto de piezas que intentan encontrar el sentido, criticar, narrar, hacer la crónica de eventos y procesos históricos, pero hemos querido, sobre todo, entender el presente. Sus autoras y autores parten de supuestos distintos, disciplinas diferentes, miran hacia puntos equidistantes que sólo vistos con distancia muestran el mapa completo.
Nuestra generación —la de los editores y la mayoría de las autoras y autores de este número— creció dentro de la mampara electoral, con la boleta en mano y el dedo manchado con tinta indeleble: nos sabíamos parte de una democracia, disfuncional quizá, pero en marcha. Conocíamos las siglas de los partidos, sus historias —con sus exageraciones, héroes, mártires y villanos— y entendíamos la ventaja de haber crecido en un ambiente de pluralismo, medios públicos y privados sin censura, con poderes y organismos autónomos. Todos sin duda criticables y mejorables. Fue un sueño que soñaron las generaciones anteriores después de décadas de partido hegemónico y de luchas constantes. Es un sueño del que nuestra generación ha despertado bajo la nueva sombra del autoritarismo. Nos tocará imaginar otro país, crear otras instituciones, allanar el camino de nuevo para exigir otra democracia. Sirva lo que sigue como una de las primeras piedras de ese edificio en construcción.
Valeria Villalobos y Julio González
1 Aguilar Camín, H. “Nocturno de la democracia mexicana”, nexos, mayo de 2016.
