¿Cómo puede uno llegar tarde al Fin de la Historia? […] He aquí una de las preguntas que deberíamos plantear a quienes […] inflan el pecho con la buena conciencia del capitalismo, el liberalismo y las virtudes de la democracia parlamentaria.
—Jacques Derrida, Espectros de Marx
Un fantasma recorre México: el fantasma de la hegemonía. Centralistas y federalistas, liberales y conservadores: todos la quisieron, pero también vivieron aterrados de verla en manos de sus adversarios. De allí que, hace un cuarto de siglo, los poderes del viejo México dejaran atrás sus diferencias para formar una Alianza sin Adjetivos, cuyo propósito era exorcizar para siempre al espectro que, como el cocoliztli y la derrota, insiste en volver una y otra a este pobre país, tan lejos de Marx y tan cerca de El Chamuco.
Pero, apenas cinco años después, un puñado de políticos del ala derecha de la Alianza cometió un error fatal. Confrontados con un adversario que, a diferencia de ellos, sabía que las elecciones se ganan en la calle, fueron incapaces de ver que, al expulsar a su rival de la Alianza, también le extendían una invitación a ignorar el tabú fundacional de nuestra democracia: no buscarás la hegemonía.
Todos sabemos cómo terminó este drama. Dos décadas después de la intentona del desafuero, Andrés Manuel López Obrador le entregó la banda presidencial a Claudia Sheinbaum. En ese preciso instante pasó a mejor vida un movimiento liberal que cometió el error de creerse el Fin de la Historia: nuestra triste, trágica, traumática Transición.
Ahora que celebramos veinticinco años del fin de la hegemonía del viejo partido de Estado, quisiera sugerir que los cambios que han sacudido a la vida política de nuestro país en los últimos años esconden una continuidad secreta. En los últimos meses hemos atestiguado un proceso más inquietante que el fin de la Transición. La victoria de Sheinbaum, lejos de inaugurar una utopía o una dictadura, fue la consolidación de una hegemonía fantasma.
¿Hegemonía? La palabra es griega y deriva del verbo hgeisthai: ir adelante, mostrar el camino. Después aparece una forma sustantiva, hgemon: líder, dirigente. Finalmente, hgemonia: liderazgo, directorado. Así aparece en Heródoto, quien narra cómo, durante las guerras médicas, las ciudades-Estado del Peloponeso suspendieron sus conflictos y se sometieron al liderazgo de Esparta, “pues si seguían disputando la hegemonía, Hellas sin duda sería destruida”. Nótese cómo, en contraste con la tiranía, la sumisión de los atenienses y demás a la autoridad de los espartanos es voluntaria, incluso si no es entusiasta. Nótese cómo el hegemón es quien va adelante, quien muestra el camino, no quien empuja desde atrás. Nótese cómo nadie da órdenes.
Para cuando el joven Antonio Gramsci dejó la pobreza de su Cerdeña natal para estudiar lingüística en la ciudad industrial de Turín en 1911, la palabra hegemonía se había vuelto de uso común entre pensadores liberales y nacionalistas. Ambos buscaban una solución al problema central del Risorgimento: que la unificación política de la península no había traído consigo una unidad cultural.
Los milaneses se sentían milaneses y desdeñaban a los napolitanos, a quienes consideraban demasiado holgazanes para redimir al mezzogiorno de su merecida pobreza; los napolitanos se sentían napolitanos y resentían que los materialistas sin profundidad de Milán se enriquecieran a sus expensas. Los sardos hablaban un idioma incomprensible para los toscanos. Los genoveses desconfiaban de los venecianos. Y nadie, con excepción de los herederos parlamentarios del Partido de los Moderados decimonono, se sentía especialmente italiano.
Pero ¿cómo inventar a la nación? ¿Cómo “hacer italianos” a los sardos, a los napolitanos, a los tiroleses? Ni siquiera la dictadura más brutal podía forzar a la gente a sentir que eran parte de una comunidad imaginada que ellos no habían imaginado. Todo sería más fácil si la unificación hubiera sido producto de una revuelta popular, de un levantamiento de masas seguido por la fundación de una república. En 1848 eso parecía posible, pero aquel romance había terminado en fracaso.
La proclamación que transformó a Vittorio Emanuele II de Rey de Cerdeña —o del Piamonte: su capital no estaba en la isla de pastores y hambrunas, sino en la próspera Turín— en el monarca inaugural del Reino de Italia fue una componenda entre radicales republicanos y conservadores monárquicos para evitar el estallido de otra revolución. Los radicales aceptaron a regañadientes, diciéndose a sí mismos que la monarquía piamontesa era una mera transición hacia la república. Muchos años después, Gramsci llamaría a este proceso “revolución pasiva”: una revolución sin revolución. Los paralelos con México son obvios.
La componenda transicional resultó duradera. El pacto inaugural entre ideologías contrarias le dio una salida parlamentaria a ese reino cosido de retazos: en cuestión de años, el radicalismo del Partido de Acción de Garibaldi y Mazzini fue desdentado por los Moderados, quienes se las arreglaron para absorber a sus líderes y así sumir al Parlamento italiano en el plácido sopor del transformismo, en el que partidos otrora extremistas se veían atraídos al centro por una fuerza gravitacional que terminó por hacer que fuera imposible distinguir la izquierda de la derecha (de nuevo, los paralelos son obvios). No sería sino hasta después de la Primera Guerra Mundial, con la escisión del Partido Socialista Italiano en el Partido Comunista de Gramsci y, por el otro, el Partido Nacional Fascista de Mussolini, que la vida política italiana volvería a ser apasionante, aunque de manera catastrófica.

Pero todo eso vino más tarde. Confrontados con el reto de dotar de realidad a una nación imaginaria, los intelectuales liberales de la Italia del siglo XIX buscaron respuestas en Maquiavelo:
Digamos que hay dos maneras de combatir: una, con las leyes; otra, con la fuerza. La primera es distintiva del hombre; la segunda, de la bestia. Pero como a menudo la primera no basta, es forzoso recurrir a la segunda. Un príncipe debe saber entonces comportarse como hombre y como bestia. Los antiguos autores enseñaron esta lección a los príncipes con una alegoría, diciéndoles que Aquiles y muchos otros príncipes de la antigüedad fueron confiados al centauro Quirón para que los criara y educara.
Dado que nadie se volvería italiano a la fuerza, razonaban los nacionalistas, habría que echar mano de la primera manera de combatir: convencer, persuadir, liderar y dirigir, en el terreno de la cultura, en lugar de obligar, imponer, demandar y dominar en el campo de la política. Había que educar a los italianos, mostrarles el camino. Había, en fin, que cultivar no una dictadura o una tiranía, sino una hegemonía. Muchos años después, Gramsci haría referencia al “centauro de Maquiavelo —mitad animal, mitad hombre” en uno de los cuadernos que llevaba en la cárcel donde Mussolini lo encarceló. A las partes de la bestia mitológica, escribió, corresponden “los dos niveles de fuerza y consentimiento, autoridad y hegemonía, violencia y civilización”. Por un lado: el Estado y su dictadura. Por el otro: la sociedad y su democracia. La hegemonía sería el centauro que combate primero por las buenas y sólo recurre a las malas cuando no le queda otro recurso.

Pero el concepto gramsciano de la hegemonía tuvo un segundo origen, muy distante de la historia del pensamiento político italiano. En sus años de estudiante en Turín, por influencia de su hermano mayor, quien se movía en círculos radicales, Gramsci entró en contacto con el movimiento sindical que comenzaba en las fábricas de Fiat. En 1913, se afilió al Partido Socialista Italiano y comenzó a escribir para periódicos de izquierda. Participó en los disturbios obreros de 1917 y pronto se convirtió en uno de los líderes socialistas de Turín. Siguió los eventos de la Revolución de Octubre con emoción y apoyó la afiliación del PSI a la Tercera Internacional, ganando la bendición de Lenin para su facción, que insistía en el valor de participar en elecciones parlamentarias en lugar de intentar replicar el modelo leninista en un contexto que en nada se parecía al ruso. En 1922 viajó a Moscú, donde permaneció hasta 1924. Fue allí que encontró textos como éste de Grigori Zinóviev:
Si quisiéramos expresar en una sola frase el carácter esencial del bolchevismo y el papel que éste jugó en la historia de la Revolución rusa, podríamos decir: el bolchevismo busca la hegemonía del proletariado. La fórmula actual es: ¿democracia o dictadura? Pero la pregunta esencial que esta fórmula plantea es, de nuevo, únicamente el problema de la hegemonía del proletariado. La burguesía es aquella clase que oprime al trabajador en todos lados y en todo respecto, no solamente en las fábricas y en los talleres. La clase trabajadora, el proletariado industrial, no es otra cosa que el más avanzado representante de todos los explotados; es decir, debe ejercer la hegemonía en la lucha por la emancipación.
Nada más lejano que el concepto de hegemonía de los liberales italianos. El concepto que en manos de unos era un plan maquiavélico por parte de una élite ilustrada y distante, lectora de Hegel y Dante, que contemplaba a las masas desde lejos, en manos de los otros era un término para distinguir entre los revolucionarios genuinos de otras “expresiones populares”. Más importante: se trataba de la posición ocupada por una clase social. Un movimiento en el que los burgueses dirigen al proletariado no merecía el nombre de comunista. La clase revolucionaria lideraba a las demás clases oprimidas.
La innovación de Gramsci fue sintetizar los conceptos italiano y ruso de la hegemonía. El punto de encuentro entre ambos proviene de lo único que los bolcheviques y los liberales del Risorgimento tenían en común: ambos grupos estaban compuestos de intelectuales. Va uno de los pasajes más famosos de los Cuadernos:
Cada clase social, habiendo nacido en el terreno originario de una función esencial en el mundo de la producción económica, crea junto consigo, de forma orgánica uno o más estratos de intelectuales que la dotan de homogeneidad y de una conciencia de su propia función, no sólo en el campo económico, sino también en el social y el político. El empresario capitalista crea, junto a sí mismo, al técnico industrial, al especialista en economía política, etc.
Éstos son los famosos “intelectuales orgánicos”. Pero a diferencia de lo que López Obrador pensaba, la clase reinante no es la única que los crea. El obrero que deviene en líder sindical por una facilidad con la palabra es un intelectual orgánico, lo mismo que la artesana que lleva las cuentas de su cooperativa. Pero quizá la categoría más importante de intelectuales orgánicos son los profesionales de la política: todos aquellos que, de una u otra forma, buscan construir la hegemonía de una u otra clase. Estos intelectuales no trabajan en el terreno de la “sociedad política” del Estado, que para Gramsci es siempre un aparato de coerción dictatorial, la parte bestial del centauro de Maquiavelo, sino en el terreno de la “sociedad civil”: el “ensamblaje de organismos comúnmente llamados ‘privados’” que, sin embargo, no cumplen una función esencial para la economía: desde las iglesias y las asociaciones gremiales hasta los sindicatos y los partidos políticos.
Todo esto arroja luz sobre nuestra situación. López Obrador es el intelectual orgánico más importante que México ha producido en más de una generación: en su largo peregrinar por el país recogió las reflexiones de los intelectuales orgánicos de un amplio abanico de clases subalternas y las integró en una suerte de “teoría general” sobre la situación del país. Era una teoría simple, pero eso no quiere decir que no haya sido verdadera: para Gramsci, la verdad se prueba en la práctica, en su capacidad de tener un efecto sobre el mundo. Los grandes intelectuales orgánicos, como los filósofos, interpretan al mundo, pero a diferencia de ellos, entienden que el punto es cambiarlo.
Eso hay que reconocerle a López Obrador. Pero el expresidente no inventó esa lectura de la situación, ni tampoco conjuró a un “pueblo” que sólo adquiere existencia concreta en su discurso. Tampoco manipuló a las personas cuyas reflexiones reunía ni les dijo algo que no hubieran escuchado. Eso sería caer en la falaz tentación del populismo de Ernesto Laclau o en la igualmente falaz tentación del populismo de Anne Applebaum, además de colgarle al expresidente méritos intelectuales y creativos que no tiene. Lo que López Obrador logró fue sintetizar una interpretación y expresarla en los términos más claros posibles para los fines que buscaba.
Es por esto que decir que el régimen que hoy gobierna en México es una dictadura es un despropósito, incluso si es menos democrático que el anterior: Morena gobierna con el consentimiento de la mayoría de la población porque, a diferencia de la oposición, sus líderes entendieron que los agravios de la sociedad mexicana eran ecónomicos. Pensar que bastaba con poder votar para deshacer esos entuertos es confundir el fin con los medios: de nada sirve la democracia si no mejora las vidas de las masas.
Volvamos a la pregunta: ¿qué es una hegemonía? Es una alianza entre la clase dirigente que muestra el camino y las clases subalternas que la siguen por voluntad propia, sin seguir órdenes, incluso si a regañadientes, como los atenienses a los espartanos. Estas clases, por definición, tienen intereses encontrados, incompatibles, incluso antagónicos. Pero llegan a una componenda, como Octavio Paz decía que el PRI llegaba con los campesinos y los obreros.
El aglutinante de esta componenda no es económico (no podría serlo: lo económico es lo aglutinado) ni tampoco político (no podía serlo: la política es el medio a través del cual fluye el aglutinante), sino ideológico. Eso quiere decir algo parecido a “discursivo”, pero no precisamente, pues la ideología se expresa en muchos discursos diferentes: cada clase tiene los suyos. Es algo parecido a la “cultura”, aunque no exactamente, pues la cultura es un contexto del texto del discurso. Es algo más cercano a una “cosmovisión”: una interpretación del mundo; un mapa de la situación. Y en Gramsci, las interpretaciones siempre son praxis: interpretar es hacer, actuar.
Un ejemplo clarísimo de cómo se articula todo esto es: por el bien de todos, primero los pobres. Distintas clases sociales entienden este “elemento ideológico” de manera distinta, pero no porque sea un “significante vacío”, sino porque es un significante rebosante de sentido. Para mis amigas fifís del Colmex quiere decir: por el bien de las mujeres obreras y campesinas, tenemos que estar dispuestas a pagar más impuestos. Para los ejidatarios mayas que entrevisté en la selva de Campeche quiere decir: por el bien de nuestras comunidades, tenemos que asumirnos como mexicanos antes que como mayas. Para los obreros de la maquila, de la industria automotriz, de la agroindustria; para las profesoras de la UNAM, los alumnos de las autónomas, los normalistas; para los contadores, enfermeras, artesanos, taqueros, ganaderos; para los intelectuales de éstas y muchas otras clases, quiere decir algo importante. Cursi, quizá, pero esto no es un poema moderno. En todo caso, no tiene nada que ver con “el pueblo”. Por el bien del pueblo, primero el pueblo sería, ése sí, un significante vacío. Porque todo esto, en el fondo, se trata de las diferencias entre clases sociales, de una manera de dirimir sus conflictos distinta a la violencia revolucionaria. Si una clase social conquista la hegemonía, la revolución puede ocurrir sin un solo disparo.
El eslogan de campaña que cité, obviamente, no es el único elemento ideológico en juego. Pero nos da una idea de la “teoría general” que López Obrador —no importa si movido por el rencor o el deseo de venganza o por la inercia o por el miedo al fracaso o por vocación política: su personalidad irrelevante— construyó en el terreno de la sociedad civil luego de que la Transición lo expulsara de la sociedad política con el desafuero. Ante esto, ¿qué ofreció la oposición?
Tenemos, entonces, que la Transición ha muerto. Sus partidos se han degenerado a tal grado que carecen incluso del ápice de prestigio que resultaría necesario para ejercer una oposición testimonial; su ideología de “democracia sin adjetivos” ha demostrado su propia falsedad al ser derrotada democráticamente no una sino dos veces; su aparato de instituciones autónomas, que pretendía tender un puente entre la sociedad civil y la sociedad política para construir un Estado en el que ninguna facción pudiera aspirar a la hegemonía, ha sido desmantelado por una facción que se dio a la tarea de construir una hegemonía en el terreno de la sociedad civil, para luego valerse de ella para capturar el aparato del Estado.

La última esperanza de la Transición —que la hegemonía de Morena era en realidad la hegemonía personal de López Obrador y por lo tanto se desmoronaría en el momento en que el gesticulador se fuera a “La Chingada”— terminó de extinguirse cuando Sheinbaum ganó la Presidencia por un margen tan amplio que resultaba imposible explicarlo como producto de la intervención ilegal del partido-Estado en favor del partido-movimiento. Al cabo, una proporción sorprendente de sus votantes provenía no de las clases obreras y campesinas que habían disfrutado del modestísimo programa redistributivo que la Transición denunciaba con el descalificativo de “clientelismo”, sino de las clases burguesas que los partidos tradicionales alguna vez representaron.
Si logramos sacudirnos la melancolía de aquéllos para quienes la Transición es memoria —aquellos que, en tanto que no somos sino la suma de nuestros recuerdos, la sienten como parte de sí mismos— y contemplamos el pasado inmediato desde la perspectiva de la historia, resulta evidente que el morenismo excedió al obradorismo. Tras un breve interregno caracterizado por lo que Gramsci llamaba cesarismo, en el que el carisma de un formidable intelectual orgánico devenido presentador de televisión matutina restauró el equilibrio de fuerzas entre clases sociales cuyo antagonismo amenazaba con volverse irreconciliable, Morena demostró su carácter social.
El monopolio ideológico y discursivo que el partido-movimiento de Sheinbaum ejerce en la sociedad civil mexicana no es resultado de una revuelta plebeya por parte de un “pueblo” indiferenciado contra una “élite” igualmente indiferenciada, menos aún de un clivaje en la otrora armoniosa sociedad mexicana orquestado a fuerza de mentiras y billetes: es la expresión cultural de una alianza entre clases otrora antagónicas. Lo que Gramsci dice sobre el fracaso del Risorgimento en 1848 bien podría decirse del fracaso de la Transición en 2024:
La responsabilidad debería de atribuirse […] en última instancia, a la inmadurez y la falta de efectividad de las clases gobernantes. [Contra esta observación se alza] un contraargumento trivial y sin sustancia: “pero es que aquellos hombres no eran demagogos” […] Estos hombres, en efecto, fueron incapaces de dirigir a las masas […] ¿Consiguieron, al menos, lo que se proponían? Dijeron que buscaban crear un Estado moderno […] pero en realidad crearon un bastardo. Buscaron estimular el surgimiento de una clase gobernante extensa y enérgica y no lo consiguieron; buscaron integrar a las masas en la estructura del nuevo Estado y no lo consiguieron. La patética vida política […] la rebeldía fundamental y endémica de las clases populares […] la estrecha y anonadada existencia de un estrato gobernante cínico y cobarde: todo esto es una consecuencia de su fracaso.
El obradorismo cometía un pecado más desagradable en términos estéticos pero más efectivo en términos políticos: en lugar de confundir la historia colectiva con el recuerdo individual, insistía en que la gesta individual era el motor de la historia colectiva. Pero la hegemonía que ahora vivimos ya no es personal. Esto es aterrador o esperanzador, dependiendo de a quien se le pregunte. En todo caso, ya no hay espacio para la duda: la Transición a la Democracia fue en realidad una transición, mediada por el cesarismo, entre una dictadura que había perdido su hegemonía y una hegemonía nacida de la democracia. De allí que sea necesario añadir una apostilla: la Transición ha muerto y nosotros la hemos matado.
Los lectores de Marx saben bien que toda sentencia que enuncia una verdad sobre la situación implica la existencia de otra sentencia igual de verdadera pero contraria. La Transición estaba cimentada sobre una premisa que sus arquitectos derivaron de sus recuerdos de los años del autoritarismo: la idea de que la democracia es incompatible con la hegemonía. Al probarse en la práctica, sin embargo, esta noción resultó errónea. ¿Qué hay de su antítesis? ¿Podemos decir que, en la práctica, la hegemonía que vivimos, si bien nacida de la democracia, tiene una vocación democrática? Gramsci ofrece un criterio:
El más realista y concreto de los muchos significados de “democracia” [es el que] puede entenderse en relación al concepto de “hegemonía”. En el sistema hegemónico, existe democracia entre el grupo “dirigente” y los grupos que son “dirigidos” en tanto que el desarrollo de la economía y por lo tanto de la legislación que expresa tal desarrollo favorece el tránsito (molecular) del grupo “dirigido” al grupo “dirigente”.
En otras palabras: una hegemonía es democrática en tanto que favorece la movilidad social a nivel individual, en la escala microscópica de las relaciones interpersonales; en tanto que crea las condiciones para que miembros de las clases subalternas se incorporen a las clases que ejerce la hegemonía en su nombre. ¿Podemos decir tal cosa respecto de Morena?
Sí pero no. Por un lado, es innegable que algunos miembros de Morena que ocupan cargos públicos en la legislatura y en los estados —y, en mucho menor grado, posiciones importantes en la administración federal— fueron alguna vez subalternos. Del mismo modo, es innegable que las políticas públicas implementadas por López Obrador redujeron la pobreza según algunas métricas. Por otro lado, sin embargo, es innegable que buena parte del personal del partido-Estado, incluso si se jacta de sus orígenes humildes, ha perdido toda conexión con la clase social a la que alguna vez buscó representar. Basta con pensar en los hábitos de viaje de algunos de los legisladores morenistas más visibles: si no vuelan a Europa en primera clase, juzgan prudente disponer de los aviones privados del Estado para facilitar excursiones privadas.
Tales escándalos son en última instancia insignificantes —a estas alturas es obvio que para Morena la corrupción no es una práctica sistémica que deba combatirse, sino un arma para golpear a sus adversarios políticos— pero también reveladores: los propagandistas del partido-Estado repiten que los dirigentes de su partido no son iguales a la clase política a la que desplazaron precisamente porque tienen que convencer al público de tomar como verdadera una falsedad evidente. En realidad, la clase de origen de la inmensa mayoría de la nomenclatura morenista no es el proletariado o el campesinado, sino la misma clase política a la que supuestamente reemplazaron. Si Morena adolece de todos los vicios de los partidos de la Transición —corrupción grande y pequeña, nepotismo descarado, tráfico de influencias, prepotencia, arrogancia, soberbia, incapacidad y franca estupidez— es porque sus cuadros no sólo se parecen entre sí; son, literalmente, los mismos.
Entonces, ¿cómo explicar que un partido, en el que basta con haber sido compañero de clase de uno de los hijos del expresidente para ocupar cargos de enorme responsabilidad, se las haya arreglado para conservar su hegemonía, su capacidad de gobernar con el consentimiento de las masas? O, si se prefiere, una pregunta más inquietante: ¿cómo es posible que la muerte de 43 normalistas haya neutralizado al escuálido gobierno de Peña Nieto, pero la muerte de un número similar de migrantes albergados por el Estado no haya dañado en lo absoluto al gobierno de López Obrador?
La respuesta más sencilla es que López Obrador, a diferencia de Peña Nieto, ejercía una hegemonía tanto como líder opositor (de manera que pudo capitalizar la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa para facilitar su llegada al poder) como durante su mandato presidencial (de manera que pudo minimizar la muerte de los migrantes del albergue en Ciudad Juárez para facilitar su permanencia en el poder). Pero en el segundo caso, la hegemonía de Morena ya no se sustentaba sólo en el poder discursivo del partido-movimiento, sino también en el poder redistributivo del partido-Estado. Al fin y al cabo, la gente protesta menos cuando tiene más dinero en la bolsa.

Pero ¿tenía la gente más dinero en la bolsa? Sí, pero no. Por un lado, los programas sociales (o más bien de mercado: ahora como en el salinismo, las transferencias directas son en realidad subsidios indirectos a la iniciativa privada, cuyos beneficiarios son en realidad intermediarios entre las arcas públicas y los bolsillos de los empresarios) y el aumento de cerca de 30 % en el ingreso laboral (o más bien en los ingresos de todos menos los más pobres: ahora, como en el salinismo, los condenados de la tierra son quienes pagan la cuenta del premio de consolación) significan que hoy en día la gente dispone de más dinero que antes.
Por otro lado, la gente gasta mucho más dinero hoy que hace siete años en rubros que antes eran responsabilidad del Estado —en particular la salud— pero que el partido-Estado ha tenido a bien delegar al mercado. La famosa Austeridad Republicana es, en los hechos, indistinguible de aquélla del Partido Republicano de Ronald Reagan, al grado que López Obrador (y ahora, para nuestra desgracia, Sheinbaum) repitió la infausta promesa de George H. W. Bush: no more taxes.
La hegemonía de Morena, entonces, se fundamenta en un movimiento circular: el discurso de izquierda (por el bien de todos, primero los pobres) le permite al régimen hacer pasar al premio de consolación que el neoliberalismo les ofrece a quienes pagan los platos rotos de la austeridad por un programa redistributivo que marca un quiebre con el pasado tan radical como la Independencia o la Revolución. La falsa redistribución dota de un remedo de sustancia a un discurso político (no somos iguales) que de otra suerte sería humo y espejos. López Obrador consiguió lo que Salinas tanto ansiaba: que las masas otorgaran su consentimiento espontáneo al reemplazo del Estado por el mercado.
En una nota al pie de sus apuntes sobre los intelectuales, Gramsci escribe que “la ‘clase política’ de [Gaetano] Mosca no es más que el estrato intelectual de la clase social dominante”. La conexión entre intelectuales y políticos le parece tan cercana que, en el curso de desglosar la tesis según la cual “cada clase social […] crea junto consigo uno o más estratos de intelectuales”, las metáforas que emplea para describir la relación entre estos estratos y el grupo reinante es una inversión de su comentario sobre Mosca: los intelectuales son los “funcionarios” o los “diputados” de la clase que gobierna por medio de ellos, tanto en la sociedad política (donde su papel es administrar “el aparato coercitivo del Estado,”) como en la sociedad civil (donde su papel es “organizar” el “consentimiento ‘espontáneo’” de las masas).
Estos hallazgos de Gramsci nos permiten entender, por ejemplo, por qué el candidato del PAN en la elección de hace veinticinco años fue Vicente Fox: en ese entonces, el partido aún conservaba un vínculo estrecho con la clase empresarial, por lo que tiene mucho sentido que el “intelectual” encargado de defender los intereses de dicha clase haya sido un empresario sin muchas dotes intelectuales —uno de los defectos de la terminología gramsciana es que sus conceptos son tan flexibles que emplearlos de manera correcta a veces produce resultados hilarantes— pero lo suficientemente simpático como para distraer a las masas del hecho de que votar por un subrogado de sus propios patrones sería atentar contra sus intereses. Pero sus implicaciones para nuestra situación actual, me temo, son bastante menos divertidas.
En primer lugar, la casi absoluta identidad en la composición “molecular” de la clase política del viejo régimen y la clase política del nuevo régimen sugiere que, más allá del color de sus chalecos o de la naturaleza particular del electorado a cuyos votos se deben, ambos grupos de “funcionarios” son en realidad los “diputados” de la misma clase social que, a diferencia de los intelectuales, desempeña un papel esencial en la economía, merece el mote de “fundamental”.¿Qué clase social fundamental se ha visto más beneficiada de las gestiones de sus “funcionarios” antes y después de que la clase política de la Transición se transformara tan radicalmente que su conducta, sus vicios y sus nombres y apellidos siguieron siendo exactamente los mismos?
Los lectores de Marx saben que, para descubrir la verdad que se esconde detrás de las frases en apariencia banales con las que una facción destila su ideología, basta con invertir la polaridad de los términos: por el bien de los pobres, primero los ricos. Y es que el mayor logro de la fase cesarista-obradorista de la hegemonía de Morena no fue el aumento al ingreso laboral ni la reducción de la pobreza, sino el aumento de más de 80 % en el valor neto de la fortuna de Carlos Slim.
Queda entonces resuelta la cuestión de si la hegemonía de Morena es democrática en un sentido más sustancial (más adjetivado) que el formalismo sin contenido con el que la Transición reducía a la democracia a un asunto estrictamente electoral. No cabe duda de que el gobierno de López Obrador consiguió que muchos mexicanos tuvieran más dinero en la bolsa. Pero que el incremento del ingreso laboral haya sido de menos de la mitad que el incremento de la fortuna del mexicano más rico sugiere que la hegemonía de Morena, a pesar de haber ganado en las urnas, no merece el mote de democrática, sino de oligárquica.
Lejos de ser una transformación de la vida pública mexicana, el nuevo régimen es, para usar una metáfora musical, una transposición de la partitura del viejo régimen de una tonalidad a otra: las notas cambian, pero la melodía sigue siendo la misma, pues sin importar si uno toca el himno del neoliberal en clave salinista u obradorista, la relación entre el grado tónico y el dominante sigue siendo la misma. La tragedia es que la nueva grabación de la Sinfonía Solidaridadrepresenta un perfeccionamiento del arte del verdadero director de la orquesta: al obtener el consentimiento “espontáneo” de las masas a los designios del capital, Morena ha neutralizado por al menos una generación cualquier posibilidad del surgimiento de un verdadero movimiento de izquierda.
El fantasma de la hegemonía es real e ilusorio a la vez; esta aparición existe y al mismo tiempo no existe: es y no es, está y no está. Morena no es el regreso del PRI autoritario, pero tampoco es el progreso del neoliberalismo a un sistema más justo o más democráctico: es ambos y al mismo tiempo ninguno de los dos. En otras palabras: sí pero no. Si quienes estamos insatisfechos con esta componenda ilusoria —que además es frágil: basta con una crisis económica para que nos encontremos, otra vez, ante una crisis de autoridad— queremos confrontar a este fantasma, tendremos que conjurar el espectro de Marx.
Nicolás Medina Mora
Novelista. Fue editor de la redacción de nexos entre 2019 y 2025. Su primer libro, América del Norte, apareció en inglés el año pasado bajo el sello de Soho Press y será publicado en traducción al español por Anagrama.