Las malas cuentas de la democracia
2000-2024

Raquel Moreno

Para entender el descontento con la democracia y el auge del autoritarismo y del nacionalismo en el mundo y en México debemos contestar una pregunta: ¿para quién ha gobernado la democracia?

Hay mil formas de contestar esta interrogante, pero casi todas arrojan la misma respuesta: en México el gobierno no parecía gobernar para la mayoría durante lo que conocemos como el “régimen de la transición democrática”. En la gráfica 1 puede observarse la modesta ganancia en términos de igualdad ocurrida entre 1988 y 2022. Si nos fijamos sólo en los años entre 1997 y 2018, el periodo más aceptado de dicho régimen, tanto en la brecha de salarios entre trabajadores calificados y no calificados como en el coeficiente de Gini de ingresos, podemos notar que el cambio va de pequeño a marginal. La mayor democratización en el país, en específico la democracia liberal y los valores que representa, positivos a mi parecer, no se tradujeron en ganancias sustanciales en materia económica. Al contrario, parecería que los ganadores casi siempre fueron los mismos, los que se ubican en la parte alta de la distribución del ingreso.

La gráfica 2 ilustra otra historia, la de las élites económicas, las grandes beneficiarias de las últimas décadas. La curva de incidencia del crecimiento muestra que entre 1988 y 2022 los deciles (grupos de 10 % de la población) entre el 2 y el 7, es decir el 60 % de la población, perdió o se quedó estancada por 34 años. El decil 1, el 10 % más pobre, muestra ganancias pero éstas son producto del periodo entre 2018 y 2022. Si calculáramos la misma curva hasta el año 2016 el decil 1 también estaría entre los estancados. Por su parte los deciles 8, 9 y 10 son los ganadores, el 30 % más rico de la población ha experimentado mejoras desde 1989 sin importar en qué año se corte el análisis. El régimen de la transición democrática y su sucesor, el régimen actual, han sido especialmente buenos para la parte superior de la distribución del ingreso.

Por sí solo el análisis distributivo indicaría que la democracia en México ha gobernado para las clases medias altas y los ricos. ¿Es entonces extraño que dicho periodo en nuestra historia enfrente rechazos, desprestigios o incluso una reacción en contra por parte del resto de la población?

En vista del análisis distributivo, quizá para entender el rechazo al régimen de la transición democrática haga falta reconocer en él una falla crítica. La incapacidad de aquellos que lo encabezaron y de sus instituciones para ponerse en los zapatos de los otros, de tener empatía, en especial con el 60 % que perdió o se quedó igual por más de tres décadas. Para los atenienses, los inventores de la democracia, uno de los principios democráticos por excelencia era la capacidad de ponerse en el lugar del otro,1 por eso el teatro y las emociones que despertaba era su principal forma de educación cívica.2 Si el régimen de la transición democrática falló en ponerse en los zapatos de los otros, ¿qué tan democrático era realmente? ¿Por qué ese 60 % vería valor en él?

El descontento en México con el régimen de la transición no es una circunstancia muy diferente a la que se observa en otras partes del mundo. La postura en contra de la globalización o la inmigración en Estados Unidos tiene en su centro un motivo similar: personas que sienten que han perdido dentro del arreglo de la economía global. Si vemos la posición relativa de los países respecto a sí mismos en dos momentos, 2021 vs. 1990 (gráfica 3), es más fácil entender de dónde viene la reacción de Estados Unidos que impulsa su regresión democrática. En términos relativos, Estados Unidos ha perdido terreno frente a buena parte del mundo, sus clases medias han perdido ventajas frente a las clases medias de otros países.

Que la globalización avance con éxito la economía de otros países —por ejemplo, China, Vietnam, Corea del Sur, Polonia y, en menor medida, México y otros países latinoamericanos— es lo que impulsa la reacción contra el liberalismo en Estados Unidos. Por causas diferentes pero conectadas al mismo fenómeno económico en el mundo, México y Estados Unidos comparten el sentimiento de rechazo a la democracia liberal. En México en las últimas tres décadas han ocurrido algunos modestos avances. El país está a la izquierda de la línea de 45 grados en la gráfica 3, lo que significa que se ha movido en su posición relativa al mundo respecto a su posición en 1990, que su economía ha progresado. No obstante, como se observa en las gráficas 1 y 2, en términos distributivos esto ha valido poco. Por su parte, Estados Unidos se encuentra prácticamente sobre la línea de 45 grados, esto significa que su posición relativa es casi la misma. Aunque no ha empeorado, su distancia con los demás es menor. Este estancamiento relativo genera la ilusión de un estancamiento absoluto y alimenta el rechazo a los gobiernos que durante las últimas décadas impulsaron la actual arquitectura de la economía global.

A la luz de la evidencia económica quizá es pertinente hacer un par de preguntas más: ¿qué tan útil ha sido la democracia? ¿Cómo resolver la tensión y, en muchas ocasiones, oposición directa entre los principios de la democracia liberal y los del capitalismo de nuestro tiempo?

La primera cuestión es empírica. Jason Moore, en su libro The Value of Everything? Work, Capital, and Historical Nature in the Capitalist World-Ecology, dice que aquellos que preferimos la democracia liberal como sistema debemos primero responder cuál es su valor. El régimen de la transición democrática en México no logró responder esa pregunta. Quizá peor aún: ni siquiera se la llegó a formular. En una mezcla de hybris, estupidez y falta de empatía, el régimen de la transición no pensó que debía tener algo que ofrecer. Por ello resultó en una democracia liberal de puro nombre, un cascarón que a la luz de hoy se ve vacío. La negligencia del régimen de la transición, las malas prácticas, los abusos, la falta de resultados, le causó un terrible daño al concepto de democracia.

La segunda pregunta es mucho más difícil de contestar. Si algo está claro hoy es que el crecimiento económico o el sistema capitalista en sí mismo no necesita de la democracia para funcionar. Al contrario, en muchas ocasiones los principios democráticos y el capitalismo chocan con fuerza, en especial en sus versiones más patrimonialistas. No obstante sus contradicciones, si deseamos verdadero progreso es necesario reconciliarlos. La democracia y la riqueza son lo que John Rawls3 llama bienes primarios, bienes deseables, útiles y necesarios para cualquier ser humano que desea vivir en sociedad. Al conectar la idea de bienes primarios con la primera pregunta —es obvio para cualquiera por qué la riqueza es útil— no hace falta defender frente a nadie la idea del progreso económico. Proteger la democracia como se le ha entendido en las últimas décadas es una tarea mucho más difícil. No tengo una respuesta concreta a cómo reconciliar la democracia con el desarrollo económico, pero quizá el primer paso es recuperar la pluralidad en la discusión pública y la empatía hacia los perdedores.

Las reacciones en contra de sistemas, regímenes o ideas establecidos por décadas no son algo nuevo. La historia y la historia económica en concreto están llenas de ejemplos. Uno muy obvio e ilustrativo por los tiempos en los que vivimos son las reacciones contra la primera globalización a principios del siglo XX o el rechazo contra la segunda globalización hoy en día. La democracia no es una excepción, las rondas de democratización en México y en otras partes del mundo han sido también reacciones frente a regímenes que ofrecían poco y costaban mucho. Quizá la enseñanza más importante es que cuando el ciclo se repita y el péndulo vuelva a moverse en dirección de una revaloración de los principios de la democracia liberal debemos asegurarnos de que sea valiosa en verdad para la vida material de las personas y no sólo una etiqueta que no le ofrece beneficios concretos a la ciudadanía.

 

Diego Castañeda

Doctor en Historia Económica por la Universidad de Upsala. Es autor de Desiguales: una historia de la desigualdad en México y Pandenómics. Una introducción a la historia económica de las grandes pandemias.

 

1 Cartledge, P. Democracy a Life, Oxford University Press, 2016.

2 Un ejemplo clásico del teatro como educación democrática es Las suplicantes de Esquilo.

3 Rawls, J. Theory of Justice, Belknap Press, 1971.

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Publicado en: 2025 Julio