
Recientemente llegó a librerías Ecos de la revolución. Radicalización, prensa y trayectorias de guerrillas de los setenta en México (Ediciones Ibero, 2024), un libro, coordinado por Ana Lucía Álvarez Gutiérrez y Kevyn Simón Delgado, sobre la historia del movimiento armado socialista en México, que integra nuevas fuentes, enfoques y propuestas de análisis en un contexto de estudio para la historia del presente. Desde las fuentes inéditas, tanto orales como digitales, junto con materiales de archivo, testimonios, cine y prensa, este libro muestra la complejidad del movimiento armado socialista y las diversas agrupaciones que lo conformaron. A continuación presentamos un extracto del libro, un artículo de Ana Luisa Sánchez Hernández.
No debemos olvidar que cualquier debate que se haga aquí y ahora seguirá siendo necesariamente un debate en el campo enemigo, y hará falta tiempo para desplegar el nuevo contenido. Todo lo que digamos ahora nos lo podrán quitar (recuperar); todo menos nuestro silencio. Este silencio, este rechazo al diálogo, a los abrazos, es nuestro “terrorismo”, tan amenazador y siniestro como debe ser.
Slavoj Zizek
Introducción
En 2021, en un café de la ciudad a la que decidió regresar después de su militancia en Nicaragua, le pregunté a un excombatiente de la guerrilla urbana mexicana por qué no había narrado nunca su experiencia. “Nos enfrentamos ahora a la política de la costra”, me contestó, “no se puede remover sin que vuelva a sangrar; yo no quiero hablar de eso”.
Los días que rodearon esta entrevista estuvieron colmados de voces, de testimonios. Entre ellas escuchaba en foros académicos y feministas el caso de Ernestina Ascencio Rosario, una mujer nahua monolingüe de 73 años que fue torturada sexualmente y asesinada en Veracruz por soldados del ejército mexicano en 2007. Escuchaba sobre este “caso emblemático”, sobre la denuncia y la reapertura de su investigación, sobre las declaraciones del entonces presidente Felipe Calderón: “La señora murió de gastritis”, del comunicado oficial de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, acatado luego por la Procuraduría de Veracruz: ¡Falleció por causas naturales! Sin duda, las causas naturales en un Estado como el mexicano se han vuelto la violación, la tortura, el etnocidio y el feminicidio. Golpeteaba en mi cabeza una expresión: “Ernestina Ascencio fue mancillada”. Y resonaba otro enunciado de un estimado historiador: “De los muertos no se puede decir cualquier cosa”. Volví a preguntarme, pues, qué decir, cómo hablar de Ernestina. Pensé que no es posible.
La violencia que han estructurado las transformaciones de los últimos cien años en América Latina –en general– y en México –en particular–, ha provocado el silencio de millares de experiencias individuales y colectivas. Al mismo tiempo, se ha amparado en él. Quizá por ello, las dimensiones no oralizadas de la violencia adquieren especial relevancia en momentos de transición: el silencio se ha convertido en el umbral que debe atravesarse para alcanzar la justicia y la democracia, “romperlo” se ha convertido en una forma de activismo. Más aún cuando se ha acentuado el reconocimiento a los testimonios de las víctimas como una de las formas necesarias para la reparación.2 También, cuando dentro de algunos sectores académicos existe la necesidad de evidenciarlo todo. Ya Beatriz Sarlo afirmaba:
Hoy nadie parece conformarse con una ausencia. Sujetos a la imposición de mostrarlo todo, de decirlo todo, la historia se vuelve pletórica no de sentido sino de detalles. Nadie parece confiar demasiado en la potencia de lo que relata; nadie parece confiar demasiado en la huella que los hechos relatados pueden dejar en los lectores. Debilitada por la abundancia, la historia quizá esté comenzando a ausentarse, para dejar en su lugar el ejercicio de la verosimilitud del detalle.
No es para menos. La proliferación del detalle adquiere relevancia porque fortalece la veracidad del relato; pareciera que de su amontonamiento y repetición dependerá el efecto de verdad. Principalmente cuando el testimonio narra la muerte, la tortura y la humillación; deben llenarse los huecos, porque el testimonio se convierte en “una institución de la sociedad que tiene que ver con lo jurídico”. Cuando no hay instituciones que presten atención, cuando se está en la búsqueda de inserción en el destino del mundo, cuando se insiste en vivir hasta las últimas consecuencias el compromiso con las causas asumidas, el testimonio es la forma de denunciar las atrocidades experimentadas. No sólo eso: el testimonio genera vínculos. Por todo ello es que ha sido reconocido como una táctica de reparación, de duelo, como una reflexión del sujeto sobre su posición en el mundo, como su reclamo, dice Garzón Martínez, al propio derecho de existir. ¿Qué sucede entonces cuando el silencio no se rompe y el testimonio no se habla?
Silencio: guerrilla
Susan Sontang destacaba la elusión de Wittgenstein al preguntarse por qué, cuándo y en qué circunstancias podría alguien querer decirlo todo, “todo lo que se pueda pensar” (en el caso de que pudiera), “¿por qué habría de decir eso? Y: ¿por qué habría de decir algo, fuera lo que fuere?”. En los grupos guerrilleros, el silencio cumple una función elemental: mantener el secreto y la compartimentación. El primero, aplicado frente a las familias y la sociedad en general, impidiendo el conocimiento de sus actividades, vinculaciones, planes, intenciones y documentos. La compartimentación, por su parte, con la intención de que el flujo de información dentro del grupo sea fragmentado, prohibiendo su transferencia entre miembros de diferentes células, y evitando así poner en riesgo a todo el movimiento en caso de que un guerrillero o una célula sea capturada, además de permitir un cierto blindaje frente a los efectos erosivos de la pérdida de una base social por acción del Estado o de grupos paramilitares.
Para algunos excombatientes, hablar del pasado puede tener todavía este cometido, porque la apertura a la legalidad no les ha implicado la aceptación pasiva de su situación histórica: el hostigamiento y las amenazas aún permanecen vigentes. Desde diversos estudios relacionados con el terrorismo de Estado, el secreto y el silencio han sido entendidos tanto como técnicas para adquirir, reproducir y definir el poder a través de la censura, la propaganda y el doble lenguaje como con sinónimos de resistencia, olvido, negación y con una necesaria suspensión de la palabra en los procesos de recuerdo, de duelo y de remembranzas colectivas.
En el caso específico de David Cabañas, exmilitante del Partido de los Pobres, el silencio es manifiesto y franco. No lo cuenta todo. El conjunto de su narrativa no se identifica con un ideal liberal, sino eminentemente comunal que parte de su responsabilidad por los otros. La resistencia no se identifica con la decadencia de un sistema específico, sino con una acción comprometida ante los descalabros que el mismo sistema realiza en su afán por consolidarse de manera única y absoluta. Su silencio se transforma en espera, en atención y escucha a una develación que aguarda. Esa actitud por dominar la realidad del pasado que recuerda todo, se abre a la vitalidad de una memoria que balbucea una relación hermenéutica mediante la atención.
La memoria que habla parece moverse entre la traición y la justicia por un pasado impregnado de dolor y lucha. David no cuenta quiénes fueron sus compañeros; poco habla de cuando era un hombre armado fuera de la sierra de Guerrero; nunca menciona dónde estuvo durante sus más de veinte años en la clandestinidad, en la oscuridad, donde la lucha por la justicia, el sufrimiento y la pobreza corren el peligro de envolverse en la imaginación. La vida clandestina de este hombre se resiste aún a la palabra, a la escritura.
Las memorias no dichas, los silencios, entonces, son más que meros impedimentos u ocultamientos; así lo ponen de manifiesto el lenguaje y el arte. Para Susan Sontang,17 “sin la polaridad del silencio, todo el sistema del lenguaje fracasaría”, y más: allende la oposición dialéctica al habla, el silencio tiene otros usos específicos, “menos inevitables”, dice. En la era [pos]moderna:
así como la actividad del místico debe terminar en una vía negativa, en una teología de la ausencia de Dios, en un anhelo de la nube del desconocimiento más allá del conocimiento y del silencio más allá de la palabra, el arte debe tender al antiarte, a la eliminación del “sujeto” (el “objeto”, la “imagen”), a la sustitución de la intención por el azar y a la búsqueda del silencio.
La estética del silencio, pues, tiene un uso serio como zona de meditación y de preparación para la maduración espiritual, como una prueba que termina con la obtención del derecho a hablar; es también la liberación de la servidumbre al mundo, que aparece como patrón, cliente, público, antagonista, árbitro y distorsionador de la obra; y es el autocastigo, en la locura de los artistas, el que demuestra que la propia cordura puede ser el precio de traspasar las fronteras aceptadas de la conciencia. Existe como decisión, en el “suicidio ejemplar del artista que atestigua que ha ido demasiado lejos”, y como la paradójica certificación de la ausencia o renuncia al pensamiento y de su completitud. Sontang dice aún más:
Y he aquí otra aplicación del silencio: pertrechar o ayudar al lenguaje para que alcance su máxima integridad o seriedad […] El silencio socava el “lenguaje defectuoso”, o sea, el lenguaje disociado –el lenguaje disociado del cuerpo (y, por tanto, del sentimiento), el lenguaje que no se halla orgánicamente influido por la presencia sensual y la particularidad concreta del individuo que habla ni por la circunstancia especial en que este lo emplea. El lenguaje se deteriora cuando está desvinculado del cuerpo. Se convierte en algo falso, endeble, innoble, superficial. El silencio puede inhibir o contrarrestar esta tendencia, el suministrar una especie de lastre, y al controlar e incluso corregir el lenguaje cuando este pierde su autenticidad.
Ahí, aquí, en los tiempos conflictivos, el silencio y el olvido son claves de la memoria. Porque se sabe además que “la memoria tiene texturas opacas, negociaciones complejas con el olvido […] está densamente poblada de silencios estratégicos y de políticas del recuerdo inestablemente conformados por usos del olvido y por luchas de reconocimiento y legitimación”;22 porque ya también se ha advertido que los métodos biográficos son dispositivos de poder y saber, “una tecnología del yo en formas modernas de confesión al narrar la verdad sobre sí mismo”. En los periodos de transición, el silencio de los testigos y víctimas de violencia es menos una ruptura con la verdad y la justicia que un fenómeno complejo, contradictorio y cambiante.
En este sentido, Jay Winter buscaba dar a la metáfora topográfica de Augé una dimensión de verticalidad: el silencio, pues, está en las rocas y los depósitos que se encuentran ocultos bajo el agua y no es la memoria la que se erosiona en la orilla del mar. Identificaba Winter, entonces, en contextos de violencia y guerra, tres principales impulsos para la construcción cultural del silencio: el litúrgico, en el que se centran los temas de la pérdida, el duelo, el sacrificio y la redención; el esencialista, que reivindica el derecho de hablar como privilegio de ciertos grupos; y el político o estratégico, el cual busca suspender el conflicto sobre el significado y la justificación de la violencia y la memoria. La imagen del litoral sigue siendo relevante; quien conoce la costa, sabe dónde se encuentran los depósitos; unos silencios entierran otros.
Los periodos de transición política en México desde la década de 1990 han estado marcados, entre otros elementos, por la reactivación de los discursos de los derechos humanos y la justicia, promovidos en un principio hacia la resolución de los casos de desapariciones y ejecuciones de la Guerra Sucia. Las distintas comisiones y organismos –como la Fiscalía Especial para la Atención de Hechos Probablemente Constitutivos de Delitos Federales Cometidos Directa o Indirectamente por Servidores Públicos en Contra de Personas Vinculadas con Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (Femospp), la Comisión Ejecutiva de Asistencia a Víctimas (Ceav), la Comisión de la Verdad para el Caso de los 43 Normalistas Desaparecidos de Ayotzinapa (Cvaj) y la Comisión por el Acceso a la Verdad y el Esclarecimiento Histórico y Justicia a las Violaciones graves a los Derechos Humanos cometidos entre los años 1965-1990 (Coveh)— han puesto en evidencia lo imperativo en las agendas políticas de la búsqueda de verdad y reparación de los delitos cometidos por anteriores gobiernos. Además de la creación de un aparato para la administración del sufrimiento en el que las distintas organizaciones de derechos humanos han participado durante el giro tecnocrático en México, el régimen de verdad/silencio, instaurado a partir de esos movimientos ha asignado como verdadero aquello que permanece oculto e indecible.
De este modo, las preguntas que generan y atienden los trabajadores humanitarios tienen que ver con la aproximación del “dolor silencioso” de los protagonistas de los conflictos a la esfera pública. ¿Pueden, así, los testimonios sumarse a los ruidos de los helicópteros, las balas y los gritos de los torturados? ¿Pueden los recuerdos ahogarse en la cubeta de la historia negada y derramarse como verdades de los otros?
La costra abierta
“Los que se aventuran en lo no dicho corren el riesgo de ser malinterpretados o peor”. David Cabañas guardará silencio. La reticencia anunciada mueve la historia para contemplarla de lejos ante la imposibilidad de acercar el tiempo. Muchas de las indagatorias sobre las inscripciones biográficas de su experiencia en la guerrilla, su persecución, detención, tortura, cautiverio y liberación quedan sin respuesta. En este marco, la figura del sobreviviente se trastoca. En él se encarna una radicalidad singular donde el marco intelectual se encuentra cristalizado en las circunstancias vividas. La mueca de Cabañas altera toda secuencia de pensamientos, métodos y recursos académicos. Si las vidas que contemplamos de lejos, con mezcla de repulsión, piedad y reverencia, son vidas que nos inquietan y alimentan, que nos llevan a reconocer la presencia del misterio en el mundo, ¿qué fuerza tendrán las vidas silenciadas con las que compartimos la historia? ¿Qué de sus silencios abre las preguntas por la verdad y la justicia? ¿Cómo la violencia, experimentada y ejercida, reitera un esfuerzo por abrirse a las últimas dimensiones de la historia? Entre la espontaneidad y la táctica de su discurso, surgen palabras e imágenes que adquieren un particular relieve, unidas a una independencia de criterio, una inquietud heterodoxa ante la cultura dominante y ante la estructura de poder. David Cabañas es el testigo de su vida y, con ello, de una memoria viva de los planteamientos dirigidos a la transformación de las condiciones materiales de opresión que siempre ha padecido un gran sector de la sociedad. Evitará la pena de Blanchot: “He perdido el silencio, y el pesar que siento por ello es inconmensurable. No puedo describir el dolor que invade a un hombre una vez que ha comenzado a hablar”, porque su lenguaje no aspira a iluminar las sombras, al contrario a mantenerlas suspendidas en el silencio del archivo.
El silencio del exguerrillero deambula en los territorios oscurecidos a la manera de un principio condicionante del acontecimiento antropológico. Habitar el mundo desde ahí, desde las sombras de las historias, de las narrativas, de las racionalidades, surcar los bordes de zonas imprevistas produce fisuras en los discursos oficiales y en los marcos jurídicos que intentan juzgar las vidas humanas. La materialidad del lenguaje silencioso se encuentra en el sentido que irrumpe efímera y repentinamente como una evaporación de las tensiones existentes entre el sufrimiento del recuerdo y la promesa. Los saberes humanos se escriben desde la continuidad del desastre y la barbarie, de la crueldad y la violencia, desde la amenaza del enmudecimiento que se transmite en la vida como castigo por considerar el vacío de la posibilidad y la potencia del límite.
Más aún, las aspiraciones racionales trabajan para encontrar un lenguaje que justifique la obsolescencia y desechabilidad, pero estas experiencias, tan profundas como inconcebibles, son las que impulsan a otras formas de pensamiento y otras maneras de hacer teoría. El silencio une los actos de violencia sufridos, las manifestaciones del poder y el intento de cambio tras ese poder; nos permite pensar más allá del binario discurso-silencio para encontrar los efectos del poder no sólo en lo que se puede y no se puede hablar, sino entre los murmullos y los espectros. “El silencio mantiene las cosas ‘abiertas’”. La historia que se narra entre silencios y omisiones, niega la posibilidad de un origen cerrado de forma radical. La linealidad se cancela por la materialidad y dinámica de la experiencia singular. El hilo se orienta ya no por las continuidades identitarias y las familiaridades contextuales; por el contrario, “es más un conjunto de pliegues, de fisuras, de capas heterogéneas que la hacen inestable y, desde el interior o por debajo, amenazan al frágil heredero”. Esos pliegues de la procedencia se encarnan. El arraigo se constituye en una inscripción de la historia y del devenir azaroso de la resistencia y la lucha. Desde ahí, su aparición tiene lugar no como sentido dado, sino como un contrasentido: una irrupción contingente en el marco de las relaciones de fuerza.
Los silencios de Cabañas no sólo no tienen nada que decir, sin que muestran los sobrantes: las comunidades sobrantes, los contornos del lenguaje, y en sus estrategias narrativas se marca el esfuerzo por callar el silencio y, al mismo tiempo, hacerlo resonar. En esta topografía estigmérgica, “cada acción o actuación delimita posibilidades ausentes, que adquieren forma y potencia”. El silencio del exguerrillero es “trabajo en el terreno”.
Bibliografía
Agamben, Giorgio. Remnants of Auschwitz. The Witness and the Archive. Homo Sacer III. Traducido por Daniel Heller-Roazen. Nueva York: Zone Books, 1999.
Augé, Marc. Las formas del olvido. España: Gedisa, 1998. Ballesteros, Jesús. Postmodernidad: decadencia o resistencia. México: Tirant, 2019.
Ben-Ze’ev, Efrat, Ruth Ginio y Jay Winter. Shadows of War: A Social History of Silence in the Twentieth Century. Reino Unido: Cambridge University Press, 2010.
Blanchot, Maurice. Death Sentence. Nueva York: Station Hill Press, 1978.
Bolívar, Antonio. “Las historias de vida del profesorado. Voces y contextos”. Revista Mexicana de Investigación Educativa 19 (2014): 711-734.
Ana Lucía Álvarez Gutiérrez y Kevyn Simón Delgado. Ecos de la revolución: radicalización, prensa y trayectorias de guerrillas de los setenta en México. Ciudad de México: Universidad Iberoamericana, 2024. 446 p.
© Universidad Iberoamericana, 2024. Reproducido con autorización de la editorial.
Ana Luisa Sánchez Hernández
Doctora en Creación y Teorías de la Cultura. Investigadora asociada del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Puebla.