En la Nueva España hubo algunas celebraciones pesarosas que acabaron en tragedias. En 1566, año especialmente fatídico para la causa criolla, llegó Cédula Real al virrey por la que se mandaba se suspendiera la sucesión de encomiendas de indios a los descendientes de conquistadores en tercera generación. La alegría y el boato propios de la fiesta se preñaron de muerte en los aciagos días en que algunos criollos quisieron alzar por rey al descendiente del conquistador. A partir del 30 de junio, cuando se celebraba el bautizo de los hijos del entonces marqués del Valle, se hicieron grandes fiestas y se transformó la plaza: se fabricó un pasadizo desde las casas del marqués hasta la Puerta del Perdón “cuatro varas de alto del suelo y seis de ancho, todo curiosamente aderezado”, que sirvió de escenario para las fiestas en curso.
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