La distracción no es un método de conocimiento, pero sí representa un lugar común entre las personas que, a menudo, distraen su atención de aquello que resulta ser más importante para el bienestar de sus vidas: se preocupan de asuntos banales en vez de concentrarse en los acontecimientos vitales que las aquejan. Yo no me cuento entre ellas, aunque soy distraído por naturaleza y me encuentro indefenso a la hora de hacer tonterías. “¿Cómo pude ser tan francamente idiota?”, llego a preguntarme. Alguna vez me escribió un amigo que visitaba CDMX y no tenía un lugar donde quedarse por dos semanas. “¿Para qué preguntas? Mi departamento es tu casa y hay una habitación libre”, le respondí. Cuando tocó el timbre de casa y abrí la puerta me di cuenta de que se trataba de otra persona, un periodista de L.A. Times, cuyo nombre era igual al de mi amigo de Torreón y al que apenas si había conocido en un par de ocasiones.
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