“Ser aficionado al baile ya era en cierto sentido un paso hacia el enamoramiento”, consideran la señora Bennet y su esposo en las páginas de Orgullo y prejuicio. Manifestan así la posibilidad de que la práctica de esa afición por el señor Bingley quizás lo convirtiera, si no en un Fred Astaire, al menos en un prospecto deseable como pareja —dancística y, en definitiva, nupcial— para alguna de sus cinco hijas, en alguno de los numerosos bailes en los que avanza, gira y se resuelve buena parte de la novela de Jane Austen.
Al mostrar por la vía de la ficción que bailar, y hacerlo bien, facilita a los miembros de nuestra especie encontrar y elegir con quién reproducirnos, Jane Austen se adelanta más de medio siglo a El origen del hombre y la selección en relación al sexo (publicado en 1871), donde Charles Darwin propone acertadamente que, al igual que en los varios ejemplos de especies aviares que describe en esta obra, la habilidad dancística de un individuo es como un sello de garantía de su calidad biológica.
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