Mario Ojeda Revah. Es colaborador del diario La Crónica. 

El triunfo -largamente aplazado- del Partido Laborista británico, el 1 de mayo pasado, significó el fin cabal de 18 años de thatcherismo. El brutal régimen que combinó confrontación política con fanatismo ideológico e impiedad social, sucumbió finalmente, tras haber agotado su original programa de reforma radical contra el Estado keynesiano que le precedió. Durante ese periodo, el Partido Conservador llevó a cabo un radical experimento de transformación que llevó a Gran Bretaña del colectivismo -heredado de la postguerra- a un violento darwinismo de mercado. Así, las empresas estatales fueron transferidas al sector privado; los servicios sociales recortados y las diferencias regionales exacerbadas, en medio de un efímero boom que premió a pocos, y castigó a más, particularmente en el noroeste, región pionera de la primera revolución industrial. 

El muy particular estilo personal de su líder, Margaret Thatcher, impuso un acre tono ideológico al debate político de un régimen, el parlamentario británico, hasta entonces caracterizado por su moderación y su mesura. Al final, Thatcher caería, víctima de su propia vehemencia, empecinada en imponer un impuesto feudal, el poll tax, sobre quienes después de tres reelecciones consideraba sus súbditos. 

Después de una teatral revuelta de su partido, el más anónimo de sus ministros, John Major, canciller del Tesoro, fue ungido para sucederla. Otro golpe de la misma improbable suerte que lo llevó al poder, lo condujo a obtener una todavía más inesperada reelección. De esos cinco años no queda recuerdo perdurable, excepción hecha de varios fallecimientos de provectos diputados conservadores, y un sordo antagonismo en torno a Europa. Sin adversario que aplastar, ni ánimos con qué hacerlo, el ineficaz gobierno del tímido primer ministro John Major sucumbió ante los juveniles encantos de Anthony Blair, encarnación misma de un laborismo transfigurado, que ha desechado sus viejos ideales de control estatal de los medios de producción y trato preferencial en las negociaciones sectoriales. 

Blair emprendió con energía la reforma de un laborismo que tenía en su haber el recuerdo indeleble para los británicos del desastre económico y social que llevó al invierno del descontento, preludio inmediato al ascenso conservador. Para ello, tuvo que someter a unos sindicatos intratables, que todavía aportan la tercera parte de los fondos de campaña de su propio partido. 

Y, sin embargo, no parece haber vuelta atrás. La de Tony Blair es una apuesta realista, con todo lo que se quiera de descarnada, pero claramente eficaz. A escasas dos semanas de haber iniciado su gestión, el gobierno laborista ha otorgado independencia al Banco de Inglaterra; proclamado su intención de firmar la carta social de la Unión Europea; reintegrado a Gran Bretaña al seno de la UNESCO; fijado un salario mínimo oficial y anunciado su vocación conciliadora sobre el Ulster. 

De todo ello resulta que los polos ideológicos todavía existen a fines de milenio, y que un gobierno de derecha seguirá siendo un gobierno de derecha, tal y como uno de izquierda seguirá representando ideales de izquierda, al margen del supuesto consenso “centrista” de las sociedades occidentales contemporáneas, por más “postindustriales” o “postmodernas” que puedan ser. 

Se puede hacer un gobierno inteligente de izquierda, o socialdemócrata si se quiere, prescindiendo de ciertos maximalismos y dogmas que en el contexto actual resultan pragmáticamente insostenibles. Los excesos de los setentas, cuando los cadáveres quedaban literalmente insepultos, son cosa del pasado; el mensaje es inequívoco: justicia social sin prebendas ni privilegios corporativos. Dentro de una democracia genuina no caben los arreglos subterráneos. 

Los retos que vienen parecen inmensos. Un legado de empobrecimiento social -las tasas de educación y alimentación europeas colocan al Reino Unido en los escalones más bajos en las mediciones anuales de la Unión Europea- que ha generado una polarización regional extrema: mientras que Merseyside, suburbio de la zona de Liverpool, es considerado como una de las regiones más pobres dentro de la UE, con un consumo per cápita de leche inferior al de Singapur, Surrey en el sureste inglés se consolida como una especie de Silicon Valley europeo, del ahora denominado sector cuaternario de la economía occidental. En suma, la brutal marginación de la tercera parte de la población británica total contrasta con el floreciente bienestar de aquellas que resultaron beneficiadas por la siega thatcheriana. 

Las condiciones para enfrentar esos desafíos lucen, empero, inmejorables. La mayoría parlamentaria obtenida por los laboristas el 10 de mayo es la más grande registrada desde los comicios de 1906, cuando los liberales de Asquith se impusieron sobre los tories de Balfour. Ello implica un mandato amplio para llevar adelante las reformas, impostergables, para revertir el daño social legado por el conservadurismo, que tardará años en repararse. Un panorama poblado de sin techo, desempleados, madres solteras, jornaleros de trabajo negro, et al., víctimas de la desolación monetarista. 

El actual gabinete laborista exhibe una composición plural en la que caben varias mujeres, un ministro ciego, y otro de franca vocación homosexual. De entrada, eso habla de una filiación progresista innegable, aunque se disfrace con evidente cautela de centrista y moderada. Es difícil hacer un pronóstico acerca del posterior comportamiento del gobierno de Blair, pero el respiro que ha dado a una sociedad como la británica, agotada tras dieciocho años de insularidad forzosa es, desde ahora, digno de agradecimiento. 

Mucho se ha especulado acerca de una pretendida “ley del péndulo”, en el sentido de las periódicas oscilaciones políticas que azotan a Europa Occidental cada vez que coinciden comicios en dos o tres países importantes de la zona. En ese sentido, las posibles implicaciones de la elección general británica sobre la legislativa francesa han sido sugeridas con monótona frecuencia. Lo único cierto es que de los quince países que componen la UE, ocho son encabezados por gobiernos francamente conservadores. Un eventual contagio de la elección británica sobre Francia y Alemania, país que celebra elecciones generales en 1998, no debe ser desestimado en caso alguno. 

Del mismo modo que las elecciones de 1945, cuando los laboristas establecieron el Estado de bienestar, o en aquellas de 1979, cuando Thatcher lo descabezó en medio de su rabiosa revolución conservadora, los comicios de 1997 aparecerían como un cambio de época en el que un consenso de cualquier signo aparece desterrado por un nuevo arreglo que termina por validar el arreglo mayor de la democracia, que no es otro sino la alternancia.