Hace años vi en un museo de la ciudad de Monterrey una exposición de pinturas novohispanas que ilustraban la variedad de castas. Eran retratos curiosos que seguían una lógica: aparecían padre y madre y su pequeño retoño. Así, de español e india nacía mestizo; de español y negra, mulato; de negro e india, zambo. Luego el asunto se complicaba: de español y mestiza resultaba castizo; de español y mulato, morisco; de mestizo e indígena, coyote. Y después, conforme las mezclas se multiplicaban, aparecían los cambujos, gibaros, saltapatrás o los tente en el aire. Las castas conformaban un sistema rígido pero las pasiones de la vida las subvirtieron. De todas formas, al sistema lo presidía la idea de que existía una marca de nacimiento que determinaba el lugar que cada quien debía ocupar en la sociedad.
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