Ese año las lluvias excesivas del invierno provocaron la floración prematura de los saguaros. Al igual que cada año, miles de murciélagas preñadas volaron desde el bosque seco de las costas de Jalisco hasta el Gran Desierto de Altar, pero se encontraron con que las flores ya se habían marchitado. Parieron a sus crías y el techo de la cueva de maternidad se llenó con sus cabecitas rosadas, pero la desnutrición que causó la escasez de polen les impidió amamantarlas. El condicionamiento evolutivo es implacable, dicen los biólogos; las progenitoras optaron por salvarse a sí mismas. Cuando el doctor Rodrigo Medellín y un equipo de investigadores de la UNAM hicieron su visita anual de monitoreo, se encontraron con que el piso estaba cubierto con los huesitos de lo que estimaron podrían ser hasta diez mil crías.
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