No he conocido a un conversador más formidable que Bernard Manin (1951-2024). Recuerdo el esfuerzo intelectual mayúsculo que significó responder a la pregunta que me lanzó, por casualidad, la penúltima vez que nos vimos en Manhattan después de ordenar una botella de chablis: “¿Cuál es el corazón teórico del populismo? No sus manifestaciones externas, sino su razón de ser”. Me dolió la cabeza a la vez que sentí una profunda alegría. Ése era Bernard, at his best. Ferozmente brillante. Detrás de su cortesía había una mente de hierro, implacable. Sobre todo, disfrutaba de manera inmensa conversar con sus amigos. Teníamos una tradición: por muchos años nos reunimos una vez al año a cenar, la última vez hace dos.
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