La carne es triste

A cierta edad uno prefiere que los libros, como los amigos, sean de largo tiempo. Cada vez más relecturas por hacer y menos novedades por cubrir.

Nunca leí tanto ni de forma tan dispar como hasta antes de la primera pandemia en 2009. Todo lo que llegaba a mis manos era digno de interés: novelas decimonónicamente kilométricas, compendios de artículos y ensayos, los últimos gritos de la moda narrativa, una plaquette artesanal de poemas… Pierre Bayle, autor de un Diccionario histórico y crítico que hizo las delicias de Sainte-Beuve, llegó a admitir que “ningún amante voluble ha cambiado de amante con tanta frecuencia como yo cambio de libro”. En mi caso, yo solía cambiar de ambos con el temor de no abarcar lo suficiente. Desconocidos narradores de la Europa Oriental se mezclaban en mi mochila con jóvenes poetas mexicanos y filósofos franceses; George Eliot se atropellaba con Alejandra Pizarnik y Juan José Arreola. Lo mismo con los amantes: amores efímeros en lugares de riesgo.

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