No recuerdo, cuando era joven, haber pensado que me habitaba una voz ajena. No, esa mala sensación nunca la experimenté. Pero las co-sas se complicaron cuando empecé a escribir. Leía mucho pero lo que me gustaba casi siempre estaba escrito por hombres, no por mujeres. La voz de los hombres salía de las páginas y esa voz me inquietaba; traté de imitarla como fuera. Incluso a mis 13 años —sólo por mencionar un recuerdo claro— aunque mi escritura era buena, sentía que alguien me iba diciendo lo que escribir y cómo. A veces era masculino pero invisible. Ni supe si tenía mi edad o era adulto, tal vez viejo.
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