También el oropel tiene su brillo

Poco puede decirse de una escritura obstinada en fracasar —que no procura la dignidad de los elogios. De Julio Ramón Ribeyro, quizá por su necio afán, tautológico al grado de la plegaria religiosa, se ha explorado hasta la minucia la poética de la frustración: guiones, novelas, cuentos y, sobre todo, su diario. Enrique Vila-Matas ha sido puntual en eso: Ribeyro es un fracasista: “El escritor que anda dando vueltas a la idea de que está fracasando, y sigue siempre escribiendo”. Fracasista en el sentido espiritual de imaginar esa literatura imposible a la que uno aspira y que causa zozobra e insatisfacción personal frente a lo escrito. La imposibilidad, al fin y al cabo, de expresarse con el código cercado de la lengua, pero fracasista también en otro sentido: el del ser humano que sabe de la universalidad de ese fracaso y lo comunica de maneras tales que todos pueden amistarse con sus palabras.

Lo mismo sucede con muchos de sus personajes: gente sin lustro —como la que miraba desde su ventana en Place Falguière— que forja en su anquilosada cotidianidad la mayor de las épicas. El fracaso en la literatura —y en la personalidad de Ribeyro— es una condición, que lo exige y confronta; así lo confirma hacia 1979, cuando Efraín Kristal le pregunta qué define un cuento ribeyrano, y él contesta que su literatura es la que corresponde a “un mundo de personajes ratés, vencidos, a los que les salen mal las cosas. Ilusos que se dan tropezones contra la realidad a cada momento, que realmente son derrotados”. ¿Un relato sin vencedores es un relato del fracaso? Me parece que no. La nimiedad tiene sus bemoles y la derrota requiere cierta disposición.

A treinta años de su muerte me provoca, más que el fracaso, reparar en esa otra parte de Ribeyro que no puede obviarse: la curiosidad y escritura sin concesiones, la obsesión permanente por la palabra —de los mudos— y la observación pausada de las pequeñas gestas, el “;siempre sigue escribiendo” que completa el chasco y da un sentido exacto a las reflexiones del cuaderno ajado de José García que, en El libro vacío de Josefina Vicens¸ ya advertía que la escritura, más que el ser escritor, es una necesidad y una cárcel natural e intransferible.

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