Siendo un adolescente, solía reunirme con mi familia en la sala de la casa a mirar televisión; y cuando, en algún evento deportivo, interpretaban el himno nacional, mi hermano menor no dudaba en ponerse de pie. El pequeño granuja se erguía empujado por una solemnidad teatral y, no bastándole su acto ridículo, nos veía de reojo para cerciorarse de si alguien más seguía su ejemplo. Yo me mantenía despatarrado y burlón en un costado del sofá principal, pero dejaba de mofarme luego de que mi padre también se erguía y abandonaba durante unos minutos su irrebatible trono hogareño. Sólo mi madre y yo permanecíamos alejados del impulso patriótico y esperábamos plenos de estoicismo a que el maldito himno terminara y comenzara la competencia. Resultaban más que suficientes los rituales a la bandera que me obligaban a sufrir en la escuela como para que el sarpullido patriótico llegara también a los rincones de mi casa.
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