Isaiah Berlin reconocía que su famosa conferencia sobre las libertades no era, estrictamente, un trabajo de esclarecimiento conceptual, sino una pieza polémica. Le indignaba que el desprecio marxista de los derechos humanos se escondiera en elogios a la “verdadera libertad”. Hizo entonces su conocida distinción entre la libertad negativa y la libertad positiva. La libertad negativa era la ausencia de interferencias externas; la positiva, autorrealización. Una libertad basada en el poder limitado, otra que, por el contrario, le asignaba tareas al poder para fundar capacidades. Berlin acentuaba la oposición de estas tradiciones, inclinándose, por supuesto, por la libertad negativa. Su “liberalismo de Guerra Fría” denunciaba la libertad positiva como semilla totalitaria. Tiempo después, en una conversación con Steven Lukes, Berlin reconocía que había sido demasiado severo. “Debí haber enfatizado también los horrores de la libertad negativa”.
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