Jean Meyer. Doctor en Historia por la Universidad de París. Es autor del libro infaltable La Cristiada. 

Jean Meyer expone aquí la continuidad histórica entre el movimiento zapatista y la Cristiadaen Morelos. No estamos frente a dos momentos aislados, sino ante un solo hecho armado que duró veintiocho años. Este texto -al igual que el de John Womack (pág. 39)- es la versión editada de la conferencia ofrecida en enero de 1997 en el Instituto Morelense de Cultura.

La participación de los zapatistas en la Cristiada es un pequeño post scriptum al gran movimiento zapatista. Estamos frente a una de las muchas corrientes que llegaron a nutrir el río caudaloso de la Cristiada. Tiene su interés porque, además de recordarnos que la Cristiada no fue un monopolio del occidente de México, y mucho menos de Los Altos de Jalisco, nos permite aclarar con una luz diferente, y de manera retrospectiva, la profunda naturaleza histórica del zapatismo y el problema de su incompatibilidad radical con otras corrientes de la revolución mexicana como, por ejemplo, el carrancismo. 

Permítanme evocar, de manera autobiográfica, mis primeros contactos con la historia de la Cristiada. Cuando llegué a México me encontré con la imposibilidad de consultar los archivos eclesiásticos y oficiales relacionados con la Cristiada. Conocí entonces a la familia del expresidente Plutarco Elías Calles, a Fernando Torreblanca y a su esposa, la muy querida doña Hortensia. Así que hubo un consejo de familia para examinar mi petición asombrosa. Después de una semana me respondieron que era demasiado temprano para dar a conocer esos papeles, pero que además querían orientarme sobre la naturaleza del conflicto: que la Cristiada había sido provocada por intereses extranjeros para desestabilizar al gobierno revolucionario de la república, levantando contra él a una parte del pueblo, sincero en sus convicciones religiosas aunque manipulado por un clero vendido a las compañías petroleras. Ahí estaba el ingeniero Domingo Lavín, un especialista en la historia del petróleo en México, quien me aseguró que la creación de las diócesis de Huejutla y Papantla se debió a la intervención de las compañías petroleras que en la década de los veintes habían descubierto los mantos en la franja de oro de la Huasteca. En el México revolucionario -agregó- no podía separarse el petróleo del agua bendita. Luego otro personaje tomó la palabra y me dijo que la Cristiada había sido la repetición de la tragedia villista y zapatista. Aunque la Cámara de Diputados acababa de votar la inscripción en letras de oro de los nombres de Villa y Zapata, para ellos, los herederos del constitucionalismo, Zapata y Villa no dejarían de ser unos bandidos, agentes al servicio de las compañías petroleras. Tomo ese discurso en serio pues representaba la convicción sincera de esos hombres. 

Poco después el maestro François Chevalier publicó en la revista Les Annales un artículo donde llamaba la atención sobre la cultura católica de los zapatistas. Chevalier me sugirió que visitara a Luis Chávez Orozco y a su señora. Fue precisamente ella quien afirmó que había una fuerte dimensión católica en el zapatismo, lo que podría explicar su ruptura con el carrancismo. Para muestra ahí está el testimonio de José Clemente Orozco dando cuenta en su autobiografía del contraste entre los batallones rojos, con los cuales él se identificó, y los zapatistas, que al entrar a la Ciudad de México lucían la imagen de la Virgen de Guadalupe en sus sombreros y cuya primera tarea fue la de dirigirse a la Basílica para dar las gracias. Eso explica la participación incuestionable de los sobrevivientes zapatistas en la Cristiada. 

Puedo ofrecer una lista enorme de generales zapatistas que llegaron a ser jefes cristeros. El más importante, creo, fue el general Benjamín Mendoza, hermano de un Mendoza que estaba entre los firmantes del Plan de Ayala y que en tiempos de Zapata dirigió la división del Nevado, que operaba en la parte fría, colindante con Toluca y Puebla. Estaban el general Maximiliano Vigueras; el general Victorino Bárcenas -que se peleó con Eufemio Zapata y recibió la amnistía del gobierno carrancista-; el general Manuel Reyes; el general Felipe Barrios; el general Abacuc Román, protestante, no católico; y, casi me atrevería a mencionarlo, el general Genovevo de la O. Digo casi porque no se levantó en armas. En esos momentos era el jefe de la zona militar del estado de Morelos, pero el gobierno lo trasladó a Aguascalientes pues se temía que no pudiera resistirse a la tentación o a la presión de sus antiguos compañeros de armas. Y estaban otros jefes menos importantes, con grado de coronel, teniente coronel o sin grado, como Federico Fábila, Juvenal Palacios, los hermanos Hernández, Angel Jaime. (Por cierto, el papel membretado de la división del Nevado, impreso en los años del zapatismo triunfante, llevaba la divisa completada a mano. En letras de imprenta se leía “Aguas, Tierra y Libertad”. Los zapatista cristeros utilizaron ese papel y agregaron a mano: “¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!”) 

Es difícil contar la historia de la Cristiada en Morelos porque es la historia de una guerrilla “de pica y huye”, como decían quienes participaron en ella. Fue una guerra hecha de emboscadas, de sorpresas, de golpes de mano, donde se alternaban las pequeñas victorias con las grandes derrotas. Lo que sobresale son los rasgos del zapatismo inicial. Ahí estaba un pueblo maltratado pero indomable. Y ésta es la prueba: los zapatistas volvieron a levantarse en 1927 y depusieron las armas en 1929 -a la hora de los arreglos, cuando la Iglesia y el Estado intentaron por primera vez hacer la paz-; regresaron a la guerra en 1932 -cuando Calles obligó al presidente Ortiz Rubio a renunciar y se inició una segunda etapa de conflicto entre la Iglesia y el Estado-. Hasta 1938 dejaron definitivamente las armas. Algunos tercos siguieron unos años más en el monte. Así que hablamos de una resistencia tenaz, indomable. 

¿Dónde operaban? En las zonas templadas y frías de Morelos y de los estados circunvecinos, junto a una franja sur hacia Guerrero, donde se reencontraron con sus antiguos aliados. Lo mismo pasó en el estado de México y en Puebla. Estaban en ese cuerno geográfico de los volcanes, que no sólo les permitía comunicarse con el Distrito Federal sino aun con Oaxaca. Hay que imaginar a un Maximiliano Vigueras desplazándose por el sur de la Ciudad de México igual que si estuviera en su casa, reanimando el viejo camino del parque y las municiones que iba desde La Merced -donde se ocultaba el material- hasta Xochimilco y Milpa Alta, el último punto peligroso antes de entrar a la zona de guerrilla. Esa guerrilla tardó toda la primera mitad del año 27 para tomar fuerza. Pero ya para el verano y el otoño la Secretaría de la Defensa informó que había 1,500 hombres movilizados. 

(Un paréntesis. Hay un hecho que confirma lo dicho por Fernando Torreblanca y sus parientes y amigos. En 1927 los cristeros atacaron un tren cerca de La Barca y Ocotlán. El tren se descarriló y sobrevino un combate que duró varias horas pues uno de los vagones transportaba una gran partida de dinero del Banco de México. La escolta fue aniquilada y murieron casi un centenar de civiles en el asalto. La Secretaría de Gobernación le envió la consigna a la prensa nacional de manejar la noticia -primera plana y fotos estremecedoras- estableciendo un paralelismo entre las barbaridades del fanatismo católico de los cristeros y las barbaridades del Atila del Sur, Emiliano Zapata. El adversario reconocía la continuidad que había entre cristeros y zapatistas.) 

El auge de la rebelión fue tan importante que el general Amaro, secretario de Defensa, no dudó en mandar no sólo a las unidades necesarias para aplastar el movimiento, sino a generales tan sobresalientes como Juan Bautista Domínguez, Cipriano Jaime, Castrejón, Rodrigo Talamantes y el terrible Claudio Fox. En el sur de Morelos y norte de Guerrero, éste último intentó concentrar, a la manera clásica en el siglo XX, a todas las poblaciones civiles en una zona delimitada. Quien no estuviera ahí debía ser un rebelde y, por tanto, fusilado. Esa estrategia, tan vieja como la guerra, fue reactualizada por los españoles en Cuba, por los ingleses en Africa del Sur y por los franceses en Africa del Norte. 

En 1928 Maximiliano Vigueras y Macedonio Cuéllar ya estaban a las puertas de Cuernavaca. Claudio Fox, de manera económica, mandó asesinar a Victorino Bárcenas. A mediados de ese mismo año, Urbalejo y Castrejón -un antiguo zapatista que se incorporó al ejército federal- cayeron en una terrible emboscada que el general Benjamín Mendoza les tendió en el Valle del Conejo, un sitio de recreo para los habitantes actuales de la Ciudad de México. 

A fines de 1928 y principios de 1929, el general Rodrigo Talamantes capturó y fusiló a Maximiliano Vigueras. De modo que el general Benjamín Mendoza se sintió acosado y, para ganar tiempo, aceptó una entrevista con Talamantes, que le ofreció un rancho de 350 hectáreas en Jalisco y tierras y garantías a sus hombres. Benjamín Mendoza presentó una primera partida de 114 hombres en Cuernavaca y de más de 300 en Chalma. Pero en febrero, ya pertrechado, volvió a levantarse en armas y se negó a irse a Jalisco. El y sus hombres siguieron peleando hasta julio de 1929, cuando terminó reconociendo la paz y el grado de general. 

Quiero terminar con la figura de Enrique Rodríguez, El Tallarín, un hombre que en los años sesenta y setenta todavía ocupaba un sitio en la cultura popular de Morelos. El Tallarín se levantó en armas en 1932 y aceptó la paz hasta 1938. Es importante hacer notar que en esa segunda Cristiada -es el historiador quien emplea ese término; los combatientes de aquella época jamás se autonombraron cristeros pues la Iglesia prohibió, incluso bajo pena de excomunión, el recurso a la lucha armada- los rebeldes usaron la palabra zapatista y la divisa de Ejército Libertador. Ahora bien, los cristeros de esa segunda época fueron en verdad muy pocos: seis o siete mil. De todos ellos, doscientos o trescientos operaban en Morelos. Fueron de los más tercos, junto a los de Zacatecas, Durango, la sierra norte de Puebla y a un grupito en la sierra de los agustinos que peleaba entre Querétaro y Michoacán. Fueron los últimos y los más tenaces. Por eso quiero cederle la palabra final a Enrique Rodríguez, El Tallarín, quien lanzó un manifiesto el 16 de enero de 1937: “Los ideales de los pueblos que es el glorioso Plan de Allala (sic), en nosotros los pueblos umildes (sic) sentimos los rigores del gobierno y como en nosotros no se encuentra la sucia política ni menos la ambición, nos llevan los anhelos de rescatar al verdadero derechos (sic) de los pueblos y aunque sea tardecito luchamos tanto por la religión como por todos los derechos de la patria para defender la verdadera rasón (sic) de los pueblos. Agua, tierra, progreso, justicia y libertad. ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!”. 

Esos mismos zapatistas de Guerrero, Puebla y Morelos firmaron ese año un llamado manifiesto común, denunciando “la miseria de los ejidatarios vinculados al líder por señorío y caudillaje, sujetos al despojo de sus tierras o al servicio de las armas en apoyo de las pasiones políticas y demás concupiscencias de sus explotadores, de la destrucción de la religión de Cristo”. Tal como Benjamín Mendoza me aseguró, fue necesaria la política del presidente Cárdenas para apagar los rescoldos de la Cristiada y del zapatismo de Morelos. Enrique Rodríguez, El Tallarín, esperó unos meses más antes de convencerse de que la reapertura de los templos era definitiva y no una mentira. Jamás se consideró vencido o equivocado. Tampoco Benjamín Mendoza. Así terminó un ciclo de guerra y de guerrillas que había durado 28 años.