El populismo podría resumirse como un proyecto contraconstitucional. Convertir a la Constitución en el instrumento niega el constitucionalismo. El camino es claro: desde la oposición denunciar la mecánica constitucional como una coartada de las élites; ignorar, en el gobierno, sus pautas como obstáculos impuestos por el enemigo; perpetuarse fundando un orden que conserve de la Constitución apenas el nombre. Hacer de la primera ley una máscara del poder caprichoso. El constitucionalista weberiano Karl Loewenstein hablaba de “constituciones semánticas” como las leyes que formalizaban el dominio del grupo gobernante. Leyes que sirven para consagrar la arbitrariedad. Más que constituciones semánticas como se tradujo esa categoría al español, Loewenstein habla de constituciones nominales: documentos que tienen nombre de constitución, pero nada conservan del ánimo constitucionalista.
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