El término “zona de sacrificio” se usa para designar áreas geográficas que la industria extractiva devasta y contamina de manera irreversible. Zonas arrasadas por la minería a cielo abierto o la extracción de combustibles fósiles, donde ya no prosperan plantas ni animales y donde los riesgos para la salud humana son demasiado altos. El concepto suele ir asociado con otro igual de terrible: “comunidades de valla” (fenceline communities), que se refiere a los asentamientos humanos que colindan con los cercos de instalaciones industriales o militares altamente contaminantes y que padecen los efectos de sus residuos tóxicos. Al noroeste de México lo está absorbiendo la zona de sacrificio más grande de Norteamérica, la Cuenca Pérmica del suroeste de Texas, donde se extrae casi la mitad del petróleo de Estados Unidos. Las autoridades gubernamentales mexicanas disfrazan este proceso de “transición energética”.
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