A los ochenta años Verdi estrenó Falstaff, su única comedia después del ruidoso fracaso de Rey por un día, cincuenta años atrás. Es otro Verdi no sólo por eso, sino que abre el camino para una nueva ópera. En Falstaff no hay arias, nada que interrumpa la continuidad de la acción, y hay una fusión perfecta de la música, el libreto y la acción dramática, entre la vida de los personajes y su identidad melódica. Un malhumorado Stravinski dijo alguna vez que se podría considerar a Falstaff como la mejor ópera de Wagner. Pero no. La trama es una versión de Las alegres comadres de Windsor en la que Arrigo Boito intercala afortunadamente pasajes de las otras vidas de Falstaff, en el Enrique IV. Inolvidable el monólogo que abre el tercer acto, con los cambios de registro emotivo entre “Mondo ladro”, el conmovedor pasaje “Va, Vecchio John, va”, y el final liberador “Versiamo un po’ di vino”. Es el drama musical perfecto: Verdi, Falstaff.
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