La visión teleológica de la transición a la democracia en México, en la cual la historia llevaba inexorablemente a la democracia liberal plena, nos impidió registrar otra mirada, la de los vencidos. Los herederos del PRI y su régimen político tenían una lectura del pasado muy distinta. Lo que la elección de 2018 le ofreció a Andrés Manuel López Obrador, visionario del pasado, fue una máquina del tiempo. Las preguntas que los liberales, obsesionados con el futuro y el progreso, no se hicieron: ¿tenía que morir el nacionalismo revolucionario en 1983? ¿Fue el advenimiento de la democracia un accidente? ¿Podía continuar el autoritarismo posrevolucionario? La revuelta de López Obrador contra el pasado consistió en responder “No” a la primera pregunta. Otro desenlace era posible: la senda de la continuidad autoritaria. En 1970 inició la deriva del régimen de la Revolución que abrió las puertas a las reformas estructurales de la primera mitad de los ochenta. Sin embargo, Troya no tenía que caer.
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