El 10 de abril de 2010 mi madre, mi hija y yo estábamos sentados en la terraza de un café en Varsovia. Empezamos a ver un torrente de personas que, en pequeños grupos o solas, caminaban llevando veladoras y flores. Eran decenas, centenas, quizá miles e irradiaban una sensación de tristeza y desolación. El ambiente se volvió pesado, lúgubre. Preguntamos al mesero qué estaba sucediendo y de manera lacónica nos informó que un avión en el que viajaba la plana mayor del gobierno polaco se había desplomado.
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