¿Democracia? ¿Qué es eso?

¿Qué cosa defendemos al defender la “democracia”? La respuesta distingue entre la democracia como un método para procesar los conflictos sociales que puedan surgir en una sociedad específica y la democracia como una encarnación de valores, ideales e intereses que distintos grupos de personas quieren que se lleven a cabo. Ésta es una distinción entre la concepción minimalista y la maximalista de la democracia, en donde por “concepción” me refiero a una definición con connotaciones normativas, que toda definición de democracia tiene.

La democracia es un sistema en el que todos los ciudadanos deciden de manera colectiva por quién y, hasta cierto punto, cómo serán gobernados. Esta característica es definitoria: un régimen es democrático si y sólo si las personas son libres de escoger y destituir a sus gobiernos.

En la concepción minimalista eso es todo lo que define a la democracia. Mientras que se cumplan los prerrequisitos para que los ciudadanos escojan en libertad a sus gobiernos y las decisiones políticas se tomen según procedimientos establecidos, lo que sea que los votantes decidan es democrático.

Es cierto que al elegir legislaturas los votantes sólo eligen de manera indirecta: las leyes las adoptan legisladores, no votantes. Pero si la legislatura se elige de manera libre y sigue los procedimientos al promulgar leyes —y si las leyes se ejecutan debidamente— la democracia no es cuestionable.

En esta concepción el valor de la democracia es intrínseco: está en la capacidad de la ciudadanía, como colectivo, para escoger gobiernos. Pero dicha capacidad no está dada de antemano: tiene prerrequisitos. John Stuart Mill pensó que “los dos elementos de la democracia” eran “salarios altos y alfabetización universal”.1 La democracia es un sistema de derechos positivos, pero no crea en automático las condiciones necesarias para ejercer esos derechos. Como observan Tom Ginsburg y Aziz Huq:

Para que la competencia electoral se sostenga… es necesario algo más que los arreglos legales e institucionales mínimos. Además, se necesita que se empleen los derechos civiles y políticos en el proceso democrático, la disponibilidad de una maquinaria electoral neutra, la estabilidad, predictibilidad y publicidad de un régimen legal que habitualmente llamamos “Estado de derecho”.2

En ese sentido, la concepción que reduce la democracia a elecciones libres y justas —a veces criticada como “electoralismo”— no es tan “mínima”.

Aunque el criterio minimalista es conceptualmente claro, hay desacuerdos sobre su operación: basta ver cómo distintos investigadores clasifican a Rusia o Venezuela los últimos treinta años. Son escurridizas en particular aquellas medidas que Ozan Varol califica de “sigilosas”.3 Éstas son acciones, en apariencia democráticas, que sirven para incrementar la ventaja electoral de los mandatarios. Por ejemplo, tanto Silvio Berlusconi en Italia (2006) como Recep Tayyip Erdogan en Turquía (2014) hicieron posible —en el caso turco más fácil— que los ciudadanos residentes en el extranjero votaran en las elecciones nacionales. Cada uno revistió su acción en un lenguaje democrático que buscaba extender los derechos políticos a todos los ciudadanos; pero el motivo obvio era ganar votos. Sólo después fue claro que Berlusconi se disparó a sí mismo en el pie, mientras que los turcos en Alemania fueron fieles votantes de Erdogan y su partido. Ese tipo de medidas son díficiles de evaluar con el criterio minimalista, ya sea antes de los hechos (por sus motivaciones) como después (por sus resultados). Por eso abundan las controversias al medir la democracia: puede verse el número especial de PS: Political Science and Politics sobre “erosión democrática”.

En las concepciones maximalistas, la democracia es un método para llevar a cabo ciertos valores extrínsecos. Como observó Joseph Schumpeter, la mayoría de las personas valoran la democracia no por sí misma sino porque esperan que lleve a cabo algunos valores superiores, ideales o intereses que encuentran deseables. Schumpeter da ejemplos pero no reduce la lista a una serie de características fijas:

Hay ideales e intereses últimos que el más ardiente demócrata pondría por encima de la democracia. Y a lo que se refiere al profesar una lealtad intransigente es que está convencido de la que la democracia garantizará esos ideales e intereses, como la libertad de conciencia y expresión, la justicia, un gobierno decente, etcétera.4

De hecho, en términos normativos, casi todos los aspectos deseables de la vida política, a veces también de la vida social y económica, se atribuyen a la democracia: representación, rendición de cuentas, equidad, participación, justicia, dignidad, racionalidad, seguridad… la lista podría seguir. Escuchamos a menudo que “a menos que la democracia sea X o genere X, entonces…”. La elipsis rara vez se detalla, pero insinúa que un sistema en que los gobiernos son electos no es, sin embargo, una “democracia” a menos que se cumpla con X.

Obviamente, entre más valores uno añada a la democracia será más difícil hallarla. Además, como la lista indica, los valores que la gente atribuye a la democracia pueden diferir: por eso yo me refiero a “maximalismos” en plural. Más importante, cuando las personas difieren en torno a los valores e intereses que desean de la democracia, las concepciones maximalistas crean conflictos. Es verdad que, como enfatizó Lewis Coser, estos conflictos pueden ser “transversales”: no tienen que enfrentar a una clase contra otra o religión contra religión.5  Pueden atenuarse por un “consenso” sobre los temas prácticos que sea compatible con las diferencias sobre valores. Los conflictos también pueden moderarse por medio de la discusión pública tanto en el nivel normativo como el técnico. Pero al final, cuando se hayan creado coaliciones, las líneas generales del consenso tengan forma y los argumentos lleguen a su fin, los conflictos permanecen.

La pregunta entonces es: ¿qué se defiende cuando defendemos los valores extrínsecos de la democracia como la justica o equidad económica? ¿Defendemos a la democracia o los valores que le adjudicamos? ¿Y cuál es la respuesta cuando distintas personas atribuyen valores diferentes a la democracia?

Ilustración: Ricardo Figueroa

La dificultad

La dificultad hoy es que todos son “demócratas”. El fascismo y el comunismo fueron alternativas a la democracia motivadas racionalmente, elaboradas y muy atractivas. Y pese a que el epíteto “fascista” se usa sin cuidado cotidianamente, el fascismo está muerto. A diferencia de la Unión Soviética, la República Popular China no busca propagar su sistema político a otros países. La retórica democrática se usa a lo largo de todo el espectro político.

Por ejemplo, Mijáil Leontiev, propagandista de Putin, declara: “No entiendo qué pueda ser antidemocrático en el hecho de que una fuerza que goza de un amplio apoyo social gane elecciones”. Donald Trump afirma que “nuestro movimiento se trata de reemplazar a una clase política fallida y corrupta —y cuando digo ‘corrupta’, me refiero a que es absolutamente corrupta— con un gobierno controlado por ustedes, el pueblo americano”. Los Demócratas Suecos, un partido con raíces auténticamente fascistas, declara su compromiso con la democracia. También lo hace el Partido de la Libertad en Austria, así como la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, y sus Hermanos del Partido Italiano. José Antonio Kast, el político de derecha que perdió la segunda vuelta en la elección presidencial chilena en diciembre de 2021, felicitó a Gabriel Boric y escribió en Twitter que “merece todo nuestro respeto y colaboración constructiva”.

Ahora bien, Putin adoptó medidas abiertas y encubiertas para que su remoción del poder fuese imposible. Trump lo intentó, pero fue tan incompetente como para hacerlas efectivas. Esos intentos son antidemocráticos según el criterio minimalista. Pero Meloni, los Demócratas Suecos y el Partido de la Libertad en Austria han gobernado sin tomar ninguna medida que viole las normas minimalistas. La “extrema derecha” de Europa occidental apela de manera vaga a “valores tradicionales” y es, en su programa, antiintegración europea, antiinmigración, antiislam y “anticrimen”, pero respeta las precondiciones para la democracia.

Todavía más: la derecha de Europa occidental se ha alejado por lo común de asuntos culturales, mientras que los partidos de derecha varían en sus posiciones en torno a asuntos económicos. En Europa del Este los temas culturales son más prominentes, con la adopción de políticas homofóbicas y contra la equidad de género. En este aspecto, los republicanos en Estados Unidos están más cerca de sus contrapartes de la derecha de Europa del Este, que de la occidental.

¿Las políticas del gobierno polaco (antiaborto, contra la comunidad LGBTQ+, en contra de firmar un tratado para combatir la violencia doméstica), regido por el Partido Ley y Justicia (PiS), son “antidemocráticas”? Esas políticas violan normas de universalismo, equidad o libertad, que muchos ven como esenciales para la democracia. Pero ganaron el apoyo de una mayoría electoral en elecciones razonablemente libres. El Parlamento francés acaba de aprobar una ley sobre “inmigración” que no dice casi nada sobre flujos transfronterizos de personas, pero que restringe con severidad los derechos de los no ciudadanos que ya están en el país, incluyendo a los niños nacidos en Francia. Es una legislación a todas luces racista, pero más del 70 % de los franceses encuestados la apoyan. Yo la encuentro repulsiva, pero ¿es “antidemocrática”?

Cuando los valores que distintas personas atribuyen a la democracia entran en conflicto, ¿quién decide qué es o no “democrático”? Las Cortes desempeñan un papel importante al supervisar las precondiciones para un ejercicio libre de la voluntad colectiva, al observar que las leyes que gobiernan las elecciones se cumplan. Por eso, los jueces son guardianes de la democracia en su sentido minimalista. Pero los maximalistas pueden apelar al constitucionalismo y decir: incluso si se cumplen los prerrequisitos de la concepción mínima, la democracia no está implementando los valores que debería. Las constituciones encarnan el “maximalismo” en el sentido de que especifican ciertos valores que ninguna mayoría pasajera puede violar. El preámbulo a la Constitución de Estados Unidos no sólo menciona la “justicia”, también la “tranquilidad doméstica” y el “bienestar general”. El preámbulo a la Constitución de la India se refiere, con mayúsculas en el original, a la “JUSTICIA, social, económica y política; LIBERTAD de pensamiento, expresión, creencia, y culto; EQUIDAD de estatus y oportunidad; y promover entre todos la FRATERNIDAD asegurando la dignidad del individuo y la unidad e integridad de la Nación”.

Los maximalistas pueden entonces afirmar que la violación de estas normas por mayorías temporales puede ser democrática pero no es constitucional. Los órganos de revisión constitucional existen (dentro y fuera de las legislaturas) para escuchar apelaciones a los valores consagrados en los textos constitucionales. La premisa es que la “voluntad del pueblo” reside en la Constitución y no en una mayoría transitoria.

Pero ¿qué pasa si las Cortes guardan silencio o confirman las decisiones mayoritarias (en muchos casos porque el gobierno en turno ha llenado la Corte de los suyos), y en respuesta algunas personas insisten en que estas decisiones violan los valores que atribuyen a la democracia?

Ilustración: Ricardo Figueroa

¿Crisis de la democracia?

Las últimas tres décadas han atestiguado una insatisfacción creciente con las instituciones representativas tradicionales, una erosión y fragmentación del sistema tradicional de partidos, un alza de los partidos de extrema derecha y el surgimiento de “magos” políticos en la forma de individuos o partidos que ofrecen soluciones milagro. Tales transformaciones han llevado a una preocupación generalizada sobre el futuro de la democracia, encarnada en numerosos libros y artículos que hacen sonar las alarmas sobre la “Crisis de la Democracia”. Yo escribí uno de esos libros.6 Este ensayo es mi segunda reflexión al respecto. ¿Tales transformaciones amenazan la democracia o representan un avance de la misma?

A la intensa y extendida insatisfacción con las instituciones representativas se le suele llamar “populismo”. La validez de las críticas a las instituciones representativas es evidente. Es deshonesto quejarse de este rechazo general a estas instituciones y, al mismo tiempo, deplorar la desigualdad. La desigualdad ofrece evidencia, prima facie, de que las instituciones representativas no funcionan bien. Desde el siglo XVII, personas de ambos lados del espectro político —aquéllas para quienes la igualdad era una promesa y quienes la vieron como amenaza— creyeron que la democracia, en específico el sufragio universal, crearía equidad en lo económico y social. Esta creencia sigue enquistada en el caballo de batalla de la economía política contemporánea: el teorema del votante mediano.7 Sin embargo, en Nueva York hay alrededor de 100 000 niños en edad escolar que no tienen residencia permanente, y en la misma ciudad escuché de casualidad a una persona muy rica preguntarle a otra cuántas casas tenía, a lo que ésta respondió: “Catorce, de las que una es un complejo familiar”. Si nuestras instituciones representativas funcionaran bien esto no sería posible.

El “populismo” viene en al menos dos variables: “participativo” y “delegativo”. El participativo exige gobernarnos a nosotros mismos; el delegativo supone ser bien gobernados por otros. Como fenómeno político, la primera variedad es saludable pero más bien intrascendente; mientras que la segunda es peligrosa para la democracia en su sentido minimalista.

La agenda del populismo participativo consiste en reformas institucionales para expandir “la voz del pueblo”. Algunas propuestas son las mismas que los Antifederalistas estadunidenses expresaron en 1789: periodos cortos para candidatos electos, límites al mandato, capacidad de los votantes para revocar el mandato de los funcionarios antes de que termine su periodo, recortes salariales a los legisladores, y límites para circular entre el servicio público y los empleos privados. Una innovación brasileña que ha recibido atención mundial es el presupuesto participativo. Otras propuestas van de la fútil “democracia de encuesta” del Movimiento Cinco Estrellas italiano, al creciente apoyo en iniciativas populares como referéndums o escoger al azar asambleas de ciudadanos cuyo encargo es reflexionar sobre leyes que no tienen autoridad para aprobar.

Pero son sólo paliativos. Pueden restaurar cierta confianza en las instituciones democráticas, sin embargo, todas estas medidas se enfrentan al hecho ineludible de que cada uno de nosotros debe ser gobernado por alguien más, y ser gobernado implica leyes y políticas que no a todos les gustan. Cada decisión concebible va a desagradar a alguien, incluso si es una decisión tomada con la completa, equitativa y efectiva participación de los ciudadanos. No hay tal cosa como “el pueblo” en singular, y las personas (en plural) tienen distintos intereses, valores y normas. Además, ¿es verdad que las personas quieran gobernarse a sí mismas? Es evidente que algunas sí, de otra forma no tendríamos políticos, ¿pero la mayoría o incluso muchas?

La alternativa es ser gobernados por otros, pero bien. Lo que más desea la gente son gobiernos que lleven a cabo lo que la población quiere: ya sea crecimiento del ingreso, promoción de ciertos valores ideológicos o lo que sea. El populismo “delegativo” ocurre si la gente quiere que el gobierno mande incluso si desmantela los límites a su continuidad en el poder y los frenos a su autoridad discrecional. El resultado es “retroceso democrático” (también llamado “desconsolidación”, “erosión”, o “retrorregresión”). Ginsburg y Huq describen esto como un “proceso de decadencia progresiva (pero sustancial) en tres predicados básicos de la democracia: elecciones competitivas, libertad de expresión y asociación, y Estado de derecho”.

Cuando este proceso avanza, la oposición se vuelve incapaz de ganar elecciones (o de asumir el poder si gana), las instituciones establecidas pierden capacidad de controlar al Ejecutivo y las protestas populares son reprimidas por la fuerza. El peligro del populismo delegativo es que la mayoría apoyará a un gobierno que ofrezca lo que la mayoría quiere, incluso si este gobierno subvierte las instituciones democráticas.

En cambio, la decadencia de viejos partidos y el surgimiento de nuevos no es antidemocrático bajo ningún criterio. Los sistemas tradicionales de partidos se erosionaron y fragmentaron: a lo largo de Europa occidental aumentó el promedio de partidos activos de tres en 1970 a cuatro en 2020. Este número también creció en América Latina. Esto significa que los votantes tienen más opciones y se les presentan alternativas más cercanas a sus preferencias, cosa que la gente valora.8 Al mismo tiempo, el incremento en el número de partidos no parece tener consecuencias negativas.

El incremento de los partidos de extrema derecha no es antidemocrático. El miedo a la extrema derecha se justifica en la preocupación de que estos partidos traten de minar la democracia. Sin embargo, mientras estos partidos se abstengan de socavar la posibilidad de ser destituidos, y mientras respeten las reglas institucionales de la formulación de políticas, su participación en gobiernos no es antidemocrática.

El surgimiento de magos políticos tampoco es antidemocrático. Demuestra que cuando la gente se harta de las alternativas establecidas, está dispuesta a correr el riesgo de adoptar soluciones no probadas. Cuando estudié elecciones que llevaron a un cambio drástico de paradigmas políticos —la llegada al poder de los socialdemocrátas en Suecia en 1932, y del neoliberalismo en el Reino Unido y Estados Unidos en 1979 y 1980, respectivamente: supuse que los votantes sólo apoyarían a un partido que propusiera algo sin precedentes si este partido podía reivindicar un historial de responsabilidad; es decir, que cuando estuvo en el cargo hubiese actuado como cualquier otro partido en el poder.9

Sin embargo, las victorias de Trump, Jair Bolsonaro en Brasil y Javier Miléi en Argentina muestran que cuando la gente está desesperada, está dispuesta a buscar cualquier remedio, incluso los de charlatanes que venden “curas milagro”. Como un conductor de Uber en Río de Janeiro le dijo a un entrevistador: “Mira esta decadencia, esta crisis moral, estos políticos que roban y no hacen nada por nosotros. Yo quiero votar por alguien completamente nuevo”.10 Cuando la gente no tiene nada que perder, se deja llevar por todo tipo de ilusiones, como curar enfermedades aplicando queso cottage o hacer oro a partir de metales comunes en la Alemania de Weimar.11 El eslogan de campaña de Donald Trump, “Hagamos grande a Estados Unidos de nuevo”, era sólo eso. Como lo es el de Bolsonaro: “Gobierno limpio, empleo y armas”. Como lo es el de Miléi: “Viva la libertad, carajo”. Y como también lo es “expulsar migrantes”, el grito de guerra de los partidos de extrema derecha europeos. Es lo que no anticipamos cuando creímos que sus victorias eran impensables.

En suma, el rechazo a las instituciones representativas no es un enigma. No podemos pretender que estas instituciones funcionan bien, pero las soluciones no son obvias y algunas son peligrosas para la democracia. En cambio, ni la proliferación de partidos ni el auge de la extrema derecha ni el surgimiento de magos constituyen amenazas a la democracia en su sentido minimalista. Siempre con la salvedad de que estas democracias se mantengan alejadas de la erosión.

Ilustración: Ricardo Figueroa

Defender la democracia

Al declarar el advenimiento de la democracia en la España posfranquista, el primer ministro Adolfo Suárez proclamó: “El futuro no está escrito porque sólo el pueblo puede escribirlo”. Esperaba un mundo mejor y yo le tomé la palabra.12

Pero el pueblo puede escribir lo que sea que quiera. La democracia no garantiza nada, salvo que es la gente quien escribirá el futuro. Es sólo un terreno en el que personas más o menos iguales y más o menos libres luchan por realizar ideales, valores e intereses en conflicto. El único milagro de la democracia es que estos conflictos pueden gestionarse sin represión y en paz.

Cuando las personas no están de acuerdo sobre qué valores debe defender la democracia frente a la creciente polarización, la democracia sólo puede defenderse como el mejor método para gestionar estos desacuerdos. Sin embargo, es difícil defender un método sin hacer referencia a los propósitos que pretende alcanzar. Como observa Eerik Kagerspetz, “hay algo profundamente inquietante en la idea de que un procedimiento mecánico, sin contenido, pueda determinar lo que debemos hacer”.13 Pero el procedimiento de escoger gobiernos por medio de elecciones tiene sus propios méritos.

Uno de estos méritos es la precaución. Matthew Graham y Milan Svolik han recolectado información que sugiere que las personas están dispuestas a tolerar transgresiones a las normas y procedimientos democráticos a cambio de algunos resultados materiales o simbólicos que valoren.14 Cuando los mandatarios minan la democracia, sus partidarios enfrentan un dilema: pueden mantener en el poder al gobierno actual, competente pero que viola normas (a costa de la capacidad de destituirlo en el futuro), o pueden proteger la democracia ahora al costo de perder los beneficios políticos que reciben.15 La afirmación frecuente de que “la democracia está en juego” es acertada si los gobiernos amenazan con atrincherarse en el poder, sin importar cuál sea la voluntad popular.

El segundo mérito es la pacificación de la vida política. El método democrático de procesar los conflictos por medio de elecciones libres es la única forma de manejarlos sin recurrir a la violencia. En palabras de Norberto Bobbio: “¿Qué cosa es la democracia si no un conjunto de reglas para solucionar los conflictos sin derramamiento de sangre?”.16 Las elecciones no son el único mecanismo para procesar conflictos; también lo son el sistema judicial y de negociación colectiva. Pero las elecciones son únicas en el hecho de que la participación en ellas está abierta a toda la ciudadanía.

Las elecciones pueden producir efectos que las minorías encuentran repulsivos. Pero los demócratas tienen que prepararse para aceptar derrotas, incluso si sus valores están en juego. La virtud del método democrático es que, mientras la democracia se preserve, las derrotas siempre son temporales. Para muchas personas en Estados Unidos la elección del 2000 fue un desastre, pero sabían que habría otra en 2004. Cuando el resultado de 2004 fue peor, todavía tenían esperanza en 2008. Y, quizá de manera sorprendente, el país que eligió y reeligió a George W. Bush y Dick Cheney decidió elegir a Barack Obama en 2008. La democracia sobrevive si los ganadores no abusan de su poder, pero también si los perdedores están dispuestos a esperar. Ésa es la magia del método democrático.

¿Qué pasa si —con conocimiento de causa— la gente apoya gobiernos antidemocráticos? La pregunta sobre si los gobiernos democráticos tienen derecho a reprimir movimientos antidemocráticos no es nueva. La República Federal Alemana prohibió al Partido Comunista por eso. A principios de 1992 en Argelia, la segunda vuelta de las elecciones parlamentarias —los primeros comicios multipartidistas que se celebraron desde la independencia de Francia tres décadas antes— se cancelaron porque los islamistas parecían seguros ganadores. ¿Qué pasa si la gente sigue a líderes que prometen empoderarlos y después usurpan el poder, haciendo imposible que los destituyan? Para ponerlo más simple: ¿Qué pasa si la gente vota contra la democracia? No se supone que la Constitución sea un pacto suicida, ¿pero quién decide que estamos cometiendo suicidio?

El fantasma de que los gobernantes socaven el mecanismo electoral está siempre presente. Por eso la vigilancia en defensa de la democracia en su sentido minimalista es una tarea inagotable. Pero defender la democracia implica más que oponerse a lo que sea que el gobierno haga. La oposición debe ser más que una expresión de ira. Defender la democracia requiere un programa positivo y orientado al futuro para reformarla.

No es una tarea fácil. Estar contra algo une, mientras que estar a favor de algo divide. Cuando distintos grupos opuestos a las violaciones de las normas democráticas atribuyen distintos valores a la democracia, su rechazo a la regresión puede contar con apoyo mayoritario, mientras que cualquier propuesta de reforma atrae sólo a una minoría. La mejor evidencia de esto es que en muchos países la oposición no puede unirse contra un enemigo común. El ejemplo clásico es México bajo el dominio del PRI entre 1934 y 2000. El PRI hegemónico tenía tanto una oposición de izquierda como una de derecha, pero ambas estaban tan distantes en términos ideológicos como para conformar un frente unido.

El minimalismo une; el maximalismo divide. Gobiernos en retroceso democrático a menudo ganan elecciones con una minoría del voto popular: el partido de Erdogan, el AKP, nunca ha ganado una mayoría de votos en la elección parlamentaria, pero ha sido reelecto en repetidas ocasiones. En Polonia el PiS ganó la reelección en 2019 con 43.6 % del voto, pero perdió en 2023 cuando múltiples partidos opositores lograron formar una coalición. De manera crucial, los partidos que formaron la alianza decidieron no tocar el tema que causa mayor división entre ellos: el aborto. Coincidieron en que defender la democracia era más importante que los valores que los dividieran, y que los conflictos sobre el aborto se tratarían una vez que la victoria sobre el PiS fuese segura. De ahí que tanto los opositores como los partidiarios de la libre elección prometieron a sus respectivos electorados que promoverían sus valores una vez que se restaurara la democracia, mientras afirmaban que la tarea urgente era restaurarla.

Pienso que la lección polaca es que las oposiciones a los gobiernos en retroceso democrático pueden unirse si acuerdan confiar en el método democrático para procesar conflictos sobre sus valores maximalistas. Sin embargo, el problema es que, a menos que las instituciones representativas se reformen, la democracia reproducirá las condiciones que permitieron que las fuerzas antidemocráticas fueran exitosas en primer lugar. En esto estoy de acuerdo con Cas Mudde: “[El populismo] es un síntoma de una democracia liberal averiada”.17 El logro de “restaurar” la democracia no es suficiente para que se recupere la confianza en las instituciones representativas.

Para mí, la principal culpable detrás de la insatisfacción generalizada con las instituciones representativas es la desigualdad política, fruto de la influencia del dinero sobre la política. Algunos pueden diferir. Por otra parte, las direcciones en que pueden avanzar las reformas variarán según las circunstancias. Concluyo: para que las fuerzas políticas en conflicto vuelvan a confiar en los métodos democráticos, los defensores de la democracia deben ofrecer una perspectiva de futuro que busque mejorar las instituciones representativas.

 

Adam Przeworski
Politólogo. Es profesor emérito de la Universidad de Nueva York. Su libro más reciente es Crises of Democracy.

La versión original de este ensayo apareció en Journal of Democracy. Reproducido con autorización del autor y los editores.

Traducción de Julio González


1 Stuart Mill, J. The Collected Works of John Stuart Mill, Volume XVIII—Essays on Politics and Society Part I, J. M. Robson (ed.), University of Toronto Press, Toronto, 1977.

2 Huq, A., y Ginsburg, T. “How to Lose a Constitutional Democracy,” UCLA Law Review 65, febrero de 2018.

3 Varol, O. O. “Stealth Authoritarianism”, Iowa Law Review 100, mayo de 2015.

4 Schumpeter, J. Capitalism, Socialism, and Democracy, Harper, Nueva York, 1942.

5 Coser, L. The Functions of Social Conflict, Free Press, Illinois, 1956.

6 Przeworski, A. Las crisis de la democracia, Siglo XXI, Buenos Aires, 2022.

7 El teorema del votante mediano es un modelo teórico que afirma que, dentro de las opciones políticas, los votantes preferirán la opción que se encuentre en la media entre la izquierda y la derecha (es decir, al centro), por ser más cercana a la mayor cantidad de preferencias. Supone que los votantes eligen de manera racional y de forma unidimensional (como si sólo existiese una política definitiva para decidir). (N. del T.)

8 Przeworski, A. “Freedom to Choose and Democracy”, Economics and Philosophy 19, octubre de 2003.

9 Przeworski, A. “Choices and Echoes: Stability and Change of Policy Regimes”, en Hideko Magara (ed.), Economic Crises and Policy Regimes: The Dynamics of Policy Innovation and Paradigmatic Change, Edward Elgar, Cheltenham, Reino Unido, 2014.

10 Winter, B. “System Failure: Behind the Rise of Jair Bolsonaro”, Americas Quarterly, 24 de enero de 2018.

11 Delmer, S. Weimar Germany: Democracy on Trial, Macdonald, Londres, 1972.

12 Przeworski, A. Democracy and the market: Political and Economic Reforms in Eastern Europe and Latin America, Cambridge University Press, Nueva York, 1991.

13 Lagerspetz, E. “Wisdom and Numbers,” Social Science Information 49, marzo de 2010.

14 Graham, M. H., y Svolik, M. W. “Democracy in America? Partisanship, Polarization, and the Robustness of Support for Democracy in the United States”, American Political Science Review 114, mayo de 2020.

15 Luo Z., y Przeworski, A. “Democracy and Its Vulnerabilities: Dynamics of Democratic Backsliding”, Quarterly Journal of Political Science 18, no. 1, 2023.

16 Bobbio, N. El futuro de la democracia, trad. José F. Fernández Santillán, FCE, México, 1986, p. 136.

17 Mudde, C. “Populism in Europe: An Illiberal Democratic Response to Undemocratic Liberalism”, Government and Opposition 56, octubre de 2021.

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Publicado en: 2024 Octubre, Ensayo

2 comentarios en “¿Democracia? ¿Qué es eso?

  1. Difiero en que el «pueblo» no existe, y que si se dice que existe entonces es populismo. Eso suena a las inseguridades de nobles ingleses que quieren asegurar sus privilegios de los intentos de los plebeyos (el populum) de usar la democracia para acotarlos. aunque posteriormente se transformó el privilegio de clase en ventajas económicas.

    Si no existe «el pueblo» ¿cómo podemos hablar de voluntad popular? Deberían existir tantos partidos políticos como personas haya en la población. que haya dos o tres partidos políticos dominantes es ilegítimo, porque no representan a todos los intereses ni siquiera de quienes votan por ellos. No deberían ser posibles los sindicatos ni los organismos no gubernamentales, o por lo menos no tendrían ninguna legitimidad. Decir que los resultados de una elección representan el «sentir» de la población sería un fraude.

    El sentir de la población ¿está en el voto popular o en el voto de los representantes? ¿o en ninguno? ¿no será que una elección de representantes no mide realmente el sentir popular?

    ¿de dónde salió el uso actual de la palabra populismo? Es muy reciente, Obama se declaró populista cuando escuchó a Peña Nieto criticar los populismos. Obviamente no hablaban de lo mismo.

    Habría que decir que las elecciones no son sólo para elegir representantes, sino también para opinar sobre temas importantes. Con frecuencia ningún votante comparte por completo el programa político de un partido, sino que se fija en uno o dos temas que sean valiosos para él/ella; y es que el sistema de partidos que proponen candidatos lo fuerzan a actuar así.

    Los gobiernos tecnocráticos de los últimos 40 años empeoraron la situación, porque gobernantes iban y venían pero las orientaciones generales del gobierno no cambiaban; a lo mucho la lucha política de desplazó a los temas «culturales». Obviamente los votantes se hartan y dejan de acudir a las urnas, pero mientras no ocurran crisis graves no tienden a adoptar medidas desesperadas.

    Habría que distinguir soberanía popular de democracia, no es lo mismo. La soberanía es el derecho de un pueblo a elegir su forma de gobierno, sea una república centralista o federal, una monarquía constitucional o un gobierno de mandarines. La democracia aspira a ser la mejor manera de expresar la voluntad popular, pero no necesariamente es cierto (sobre todo si no existe «el pueblo»)

    Por tanto, si no se respetan los resultados de las elecciones porque no ganaron «los demócratas» en realidad están oprimiendo la voluntad popular, como cuando los hermanos musulmanes ganaron el egipto y los reprimieron con un golpe de estado, o cuando Hamas ganó el Gaza y la respuesta fue inducir una guerra civil de Hamas contra la Autoridad Palestina.

    En EEUU también se dan medidas para disminuir la probabilidad de perder una elección, como modificar los límites de los distritos (ambos partidos lo hacen), o el uso de minería de datos. Cambrige analitica no fue la primera vez que se usó minería de datos en las elecciones; fue Obama en su reelección quien lo hizo por primera vez, pero usando datos de los servicios de cable en lugar de Facebook; incluso Time dedicó un artículo al tema.

    La democracia no es el único sistema para resolver conflictos sin violencia, pero sí es el que podría estar mejor legitimado. El priato se caracterizaba por múltiples pactos y equilibrios que se modificaban para desactivar los conflictos: «más vale un mal acuerdo que un buen pleito». solía decirse. El hecho de que el presidente cambiara cada seis años aseguraba que ningún grupo se enquistara en el poder. Tal pacto falló muchas veces, por ejemplo en 1968.

    Recuerdo hace unos años leer la opinión de un internauta que se declaraba priista, sobre las leyes que tanto el Reino Unido como Francia estaban creando para legitimar la represión de protestas en el espacio público, como el uso de antimotines o tanquetas de agua o armas no letales como balas de goma y armas sónicas; parafraseando su opinión, comentó que «¡Qué primitivos! es mejor atraer a los lideres de los movimientos a cambio de ciertas ventajas personales».

  2. Recuerdo un texto publicado en los periodicos hace unos días, en los que decía que para evitar que el otro me haga daño, le cedo parte de mi libertad al estado para que me proteja. Es decir, el otro no tiene que ser bueno, sólo tiene que ser buen ciudadano y si no lo es, el estado establece incentivos (zanahoria y garrote) para que lo sea.

    Me llama la atención ese miedo a los demás, y la postura profundamente conservadora que defiende el status quo de cualquier cambio. Pareciera que el problema de los sistemas políticos somos nosotros, y que debemos dejar se ser nosotros para convertirnos en parte de una o varias instituciones que regulen nuestro comportamiento.

    Instituciones que con un diseño adecuado de «pesos y contrapesos» funcionen sin importar quienes las manejen. Quizá la solución más sencilla sea cambiar las burocracias y los juzgados por las computadoras, para eliminar todo peligro de que el contacto humano desvirtúe la institución. ¿Realmente queremos vivir en un mundo así?

    suponiendo un estado de derecho eficiente, por mejor diseñadas que estén las leyes, siempre habrá situaciones donde la aplicación estricta de las mismas lleva a tragedias e injusticias ¿no sería conveniente dejar un margen a la arbitrariedad humana?

    Es curioso que las computadoras tienden a imitar el pensamiento humano para lidiar con la ambigëdad, ala flata de datos y la incertidumbre, mientras que nuestros diseños organizacionales aspiran a eliminar el factor humano.

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